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Según datos publicados en
estos días en los periódicos, la cantidad de adolescentes embarazadas en Colombia ha
aumentado en forma preocupante. Esto ha hecho que comentaristas y educadores insistan en
que el problema está en la falta de educación sexual en las escuelas, y concluyan, con
aparente lógica, que hay que reforzar las clases sobre este tema. Sin embargo, existen razones para dudar de la bondad de esta solución. Las clases de educación sexual tienen, en forma inevitable, un contenido abstracto y general. Los profesores repiten lo que saben, organizan discusiones, evalúan lo que los niños aprenden, pero no pueden tener una relación individual con sus alumnos y sus problemas. Con frecuencia, y esto no es fácil de superar, promueven actitudes sesgadas y parciales: puntos de vista machistas o feministas, moralistas o religiosos o liberados. Los niños viven las clases de modo muy diverso: para algunos es cosa de burla, para otros fuente de nuevas preocupaciones o temores. Una afirmación correcta -por ejemplo que la masturbación no es algo malo- puede resultar inapropiada para muchos niños, que la viven con angustia o por el contrario se extrañan de que pueda ser vista como mala. Por otra parte, es dudoso que tener un poco más de información sexual, saber mejor qué procedimientos hay para impedir el embarazo, escuchar algunas recomendaciones y buenos deseos sobre la sexualidad y el amor, cambie realmente la conducta de los adolescentes. Para muchos, criados en familias con problemas emocionales que les dificultan un desarrollo sano, la liberación sexual tan cacareada es ilusoria: actúan con aparente libertad, pero están tan culpabilizados que se castigan por anticipado embarazándose o adquiriendo enfermedades venéreas. La gran mayoría de las parejas que quedan embarazadas sabían lo que iba a pasar, y corrían el riesgo con un tris de aventura masoquista. Por esto, la única educación sexual eficiente es la que dan los padres, que conocen bien a sus hijos, los cuales necesitan que de esta educación sea dada por alguien en quien puedan confiar, y esta persona es ante todo la madre. Cosa no muy fácil: a veces a las mamás les da vergüenza discutir problemas sexuales con sus hijos, temen que estos las subvaloren, no quieren mostrar que han tenido su propia sexualidad. Por ello, porque no siempre quienes deben cumplir esta tarea pueden hacerlo, tiene la escuela un papel importante. Este incluye, por supuesto, la formación científica sobre estos temas, en la clase de biología, sin moralismos ni recomendaciones éticas. Pero lo que valdría la pena promover es ante todo que las escuelas den clases de educación sexual, talleres y discusiones, pero a los padres y a los maestros, para que puedan responder a los problemas personales de cada niño, en forma individual y no con disertaciones abstractas. Hay que educar a los educadores,
enfrentar el problema desde el otro extremo, leerlo de atrás para adelante, como en el
palíndromo: la moral, claro, mal!.
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