EL SANTO ROSARIO

La oración del Santo Rosario tiene una larga historia.
Entre los libros de la Biblia, encontramos el “Salterio” o libro de los salmos, que siempre han sido utilizados para la oración. Este salterio está compuesto por 150 salmos.
En el siglo IX, en los conventos, la oración que hacían los monjes se llamaba “oficio divino”; en él se cantaban los 150 salmos. Tal oración era monopolio de los religiosos, ya que el pueblo cristiano no podía rezarlos, pues la mayoría de la gente no sabía leer, y, además, los libros del salterio o de los salmos eran muy caros por ser copiados a mano.
Una vez, un hermano lego (miembros de una orden religiosa de la Iglesia Católica) se quejó porque no podía orar como los monjes, y un buen monje le dijo: “¡En lugar de los 150 salmos del oficio divino recita 150 Padrenuestros!”. Este método se difundió rápidamente y se le llamó el “salterio de Padrenuestros”.
En el siglo XI la oración del Avemaría fue entrando en los
salterios de Padrenuestros. Y poco después aparecieron los “Salterios de
Avemarías”, de modo que unos rezaban el “salterio de Padrenuestros” y otros el
“salterio de Avemarías”.
En el año de 1400, el monje cartujo Egerio Kalcar, integra los dos salterios en
un solo salterio, y lo divide en decenas de Avemarías separadas por un
Padrenuestro.
La oración del Avemaría en esas fechas constaba del saludo del
ángel y la felicitación de Santa Isabel, lo que es hoy la primera parte del
Avemaría.
Una tradición afirma que la Santísima Virgen reveló a Santo Domingo la composición del Rosario. Creemos más bien, que nuestra Santa Madre quiso darle a este santo una misión especial, dada su lucha contra los herejes de su tiempo. Ciertamente Santo Domingo en su época implantó la devoción al rosario como nadie. Ya siglos más tarde, sus hijos los dominicos fueron iniciadores y promotores de las Cofradías del Rosario, además de que fueron modificando su rezo. Las 150 Avemarías se dividieron en tres bloques de 50; cada bloque con 5 decenas, que, sumándolas daban 15 decenas. En 1521 a cada decena se le llamó misterio porque iba precedido por una meditación corta.
El 15 de mayo de 1569, el papa Pío V añadió al Avemaría lo que hoy llamamos la segunda parte:
“Santa maría, madre de Dios...”.
Así, el Avemaría quedó integrada por tres motivos:
- el saludo del ángel,
- la felicitación de Santa Isabel a María,
- y la súplica de la Iglesia a la Madre de Dios, para que ruegue por nosotros en
la vida y en la muerte.
Pío V le dió al rosario la forma que usamos hasta ahora, contemplando 15
misterios: 5 gozosos, 5 dolorosos, y 5 gloriosos.
En documentos de 1613 se encontró la jaculatoria “Gloria al Padre...” al final de cada decena. Más tarde, en 1700 se empezaba el rezo del rosario con un acto de contrición y se terminaba con la antífona medieval de la Salve y las letanías lauretanas.
A través del tiempo hubo muchas formas para llevar las cuentas del rosario. Al principio se usaba una bolsa de cuero con dos compartimentos para ir pasando piedritas de uno al otro. Se usó también un cordón con nudos, o hilos gruesos en que se engarzaban semillas o cuentas de madera.
En
cuanto al nombre de esta oración, como ya lo vimos, comenzó llamándose “salterio
de María” o “salterio de Avemarías”, como un eco al salterio de los 150 salmos,
y posteriormente fue nombrado “Rosario”, que significa “corona de rosas”. Cada
avemaría es una hermosa flor que ofrendamos a nuestra Reina y Madre, que está
unida a nosotros en oración.
El 16 de octubre de 2002, el papa Juan Pablo II en su carta “Rosarium Virginis Mariae” agregó al rosario tradicional 5 nuevos misterios llamados “misterios de la luz”.
Estamos en el tercer milenio y el Santo Rosario sigue vivo. El papa Juan Pablo II, en su carta RVM, preguntó: “¿Qué es, de hecho, el Rosario?” , y dijo: “Es compendio del evangelio, que nos hace volver a las escenas de la vida de cristo. Es camino privilegiado de contemplación. Es el camino de María. ¿Quién conoce y ama a Cristo mejor que ella? Con María contemplamos a Jesús, para ser como Jesús. María nos enseña a contemplar en el sentido bíblico de “memoria”: No sólo nos quedamos en los acontecimientos del ayer, sino que vivimos el hoy de salvación.