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TARZÁN
Os juro que lo
vi. Era Tarzán. El de las películas. Con sus carnes blancas desnudas. Con su
cabellera al viento, eso sí, perfectamente cortada. Iba de árbol a árbol
con una facilidad pasmosa, tan rápido que nada más se veía su sombra. Pero
era él. Yo lo vi, os lo juro.
Cuando se lo
conté a mi marido, se rió de mí. "¿Y no viste a la mona Chita?"
– me preguntó entre carcajadas. El muy estúpido. No sabe que en
Sudamérica no hay chimpancés. Hay muchísimas especies de macacos, como
dicen en Brasil, pero chimpancés no, ninguno.
No sé como
Tarzán es capaz de hacer esas piruetas sin resbalar por las lianas, porque en
el parque de Iguazú los árboles son lluviosos, están irremediablemente
mojados. Llueve mucho, además, está esa niebla permanente de gruesas gotas,
provocada por las cataratas. Tanta y tanta agua cayendo desde esa altura tan
grande. Es como si a lo largo de su desplome se fuese deshaciendo en pedazos,
que vuelven a romperse al tropezar unos con otros y así hasta llegar al fondo
del barranco. Entonces los trozos de agua ya solo son gotas, gruesas gotas que
rebotan, volviendo a romperse, y después son empujadas por el viento, y lo
mojan todo. Menos a Tarzán que siempre está seco, impecablemente despeinado,
con su taparrabos casi planchado. Tiene que poseer una fuerza enorme para
apretar las lianas húmedas y no resbalar.
Conseguí
encontrar a un guía de turismo, de raza guaraní, del que se rumoreaba que
conocía bien la historia porque era amigo de Tarzán. Me costó mucho
convencerlo para que hablase. Empleé todas mis artes de persuasión (incluido
un botón de mi blusa desabrochado más de lo habitual) y al fin lo logré. Me
hablaba con medias palabras y muchas metáforas, repitiendo muchas veces las
mismas frases. En algunos pasajes bajaba tanto la voz que apenas le entendía
y continuamente tenía que pedirle que repitiese lo que había dicho. Pude
deducir que el "buen salvaje" había llegado bastante tiempo atrás.
La razón de tan largo viaje fue que había oído a muchos turistas, de los
que van a África a cazar hermosos animales, que hablaban con pasión de unas
cataratas como no había otras en el mundo. Estaban lejos, en otro continente.
Tarzán no podía creer que hubiese otras cataratas más hermosas que las del
Lago Victoria. Pero tanto hablaban de ellas que le provocaron una curiosidad
casi enfermiza.
El indio me
siguió contando que Tarzán pasó muchas noches sin dormir porque no
encontraba la manera de burlar a los mercenarios franceses (en África casi
todos los mercenarios son franceses) que lo custodiaban por orden de la
productora de sus películas que querían evitar que el mundo moderno lo
deslumbrase y se arruinase el negocio. Fue en una de sus visitas a Hollywood
cuando consiguió escabullirse. Nadie sabe como lo hizo. Que importa, el caso
es que consiguió coger un avión directo desde Los Ángeles hasta Foz de
Iguazú (Imagino que posiblemente iría disfrazado de turista, ataviado con
una camiseta larguísima, sin mangas, de esas ribeteadas en rojo o azul, que
tienen un número muy grande en la espalda, y unos calzones de deporte muy
amplios, todo lleno de propaganda del fabricante, tocado con una ridícula
gorra con la visera hacia atrás) Llegó vio y... se quedó, como una réplica
de Julio Cesar. Desde entonces se le puede ver fugazmente de árbol en árbol,
siempre agarrado a una liana, vagando por la selva que rodea las cataratas.
Después de
verlo por primera vez entre tanto verde, agucé mis sentidos intentando
sorprender sus rapidísimos movimientos de nuevo. Desde muy pequeña, era mi
ídolo y, ahora, en mi interior, lo llamaba con todas mis fuerzas. Me apoyé
un una barandilla, de las que delimitan los caminos del parque, los que
debemos recorrer las personas ignorantes, los que solo sabemos cosas inútiles
para la supervivencia en la selva. Permanecí inmóvil unos largos segundos.
Para no hacer ruido. Entonces, una mariposa enorme, de varios centímetros de
envergadura, se posó en mi mano. Era espléndida. Seguí sin moverme para que
no se espantase y poder contemplar los infinitos colores que se mezclaban
desordenadamente en sus alas, formando líneas y manchas extraordinariamente
vistosas, fascinantes: rojo, amarillo, violeta, negro y blanco, marrón y
ocre. Noté como con su boca, en forma de trompeta, rozaba mi piel y un dulce
sopor se apoderó de mí. Por unos instantes no conseguí ver los árboles con
nitidez, todo era nebuloso, todo daba vueltas, los colores se intercambiaban
en un caótico arco iris. Creo que esa emoción duró solo unos instantes.
Cuando recobré la percepción normal de las cosas, vi que todo era
gigantesco... o mejor dicho, yo era una enana ínfima. A mi lado estaba la
mariposa, alta como un caballo. Me señaló su grupa, me dijo que me montase,
que ella me llevaría a donde se escondía el hombre mono.
Al fin puede
ver a Tarzán. Vivía en una cabaña, debajo de uno de los saltos de agua más
bellos que se pueda imaginar: La Garganta del Diablo. La casita de madera
estaba justamente detrás de la ruidosa cortina, bien anclada en una roca, y
él esperándome en la puerta. Alto, musculoso, casi desnudo. Afortunadamente
no me besó, porque me hubiese desmayado; ni me tendió la mano; pero con su
sonrisa, azul como el cielo, me decía que era bien recibida en aquel
territorio.
Entramos y nos
sentamos en unos troncos de árbol dispuestos como taburetes alrededor de una
mesa. Empezó a hablar, pero no como en las películas: "Yo Tarzán, tú
Jane. Yo buscar bebida para ti..." No, él hablaba un castellano
perfecto.
-He oído tu
llamada, llorando como los árboles de esta hermosa Mata Atlántica que rodea
a las cataratas. Y le pedí a mi amiga la mariposa que fuese a buscarte.
¿Qué es lo que quieres de mí? – me dijo en un tono muy sereno.
-Solo
conocerte, siempre tuve ganas de conocerte. El otro día te vi entre los
húmedos árboles y presentí que era mi oportunidad – le contesté,
sintiéndome envuelta en una nube extrañamente verde, como si en ella se
reflejase toda la selva. Después de un pequeño titubeo añadí – Desde que
vi tu primera película, soy una fiel seguidora tuya – no me atreví a
confesarle la verdad de mi amor.
La cabaña
apenas tenía mobiliario, solo esa especie de taburetes donde nos sentábamos
y un tronco mayor que oficiaba de mesa. En una esquina estaba colgada una
hamaca de red, como las que usan los indios. En la esquina opuesta había una
losa, sobre la que quedaban restos de cenizas. Las ventanas no tenían
cristales ni cierre alguno, solo eran huecos que dejaban pasar la luz y el
rugido de las aguas.
Accedió a
contarme su versión de la leyenda. A grandes rasgos coincidía con la del
guía guaraní: como había llegado a saber de unas cataratas fabulosas, como
se había ido obsesionando con ellas, como trazó el plan para llegar hasta
allí. Me dijo que al principio del rodaje de la película "Greystroke"
se había escapado para realizar su sueño (si habéis visto esa película,
observaríais que el protagonista ya no es Tarzán, tuvieron que poner a otro,
con un aspecto mucho más sucio, un tipo con greñas, con el pelo inútilmente
alborotado) Pasó por mil peripecias, para él de extrema dificultad, pero
consiguió llegar. Ahora estaba allí, él, Trazan.
Al ver las
cataratas se había prendado de sus aguas, de su bronco canto mientras se
deslizan a lo largo de tantos metros de altura; de sus espumas; de cada una de
sus gotas. Entonces decidió quedarse y hacerse una cabaña detrás de la
cortina de agua. Ya nunca más volvería a África. Las cataratas del lago
Victoria eran una paparruchada al lado de estas.
Con el paso del
tiempo dejó de añorar los lugares donde había vivido desde niño. Además,
encontró que la selva de aquí era mucho más amable que la africana, más
propia para un salvaje mayor, como él. En esta selva no había animales tan
fieros como en la de África, y él ya estaba cansado de tener que luchar con
enormes leones y con fieros leopardos todos los días, o con elefantes
enfurecidos por culpa de estúpidos turistas que, con su torpeza, provocaban
su ira, su inmensa ira.
Ahora su vida
era más tranquila. En América los felinos son mucho menores, más
manejables, y menos numerosos. No hay hipopótamos, ni rinocerontes. Las
serpientes, en su mayoría, no son de fiar, como en todas partes. Las frutas
son más sabrosas. No obstante, sus desplazamientos no corrían peligro, pues
las lianas eran de la misma calidad y los árboles tan altos en un lugar como
en otro; y entrelazan sus ramas de la misma manera y se dejan abrazar por los
bejucos con la misma lujuria, produciendo las mismas marcas profundas, casi
heridas; igual que en África.
Me comentó que
hora no tenía animales de compañía, ni estaba viviendo con mujer alguna (En
ese momento por mi cabeza pasó una vana ilusión y mi corazón se puso a
latir desenfrenadamente Afortunadamente él no lo notó). Tampoco gritaba ni
aullaba, como en sus películas. En esta magnifica selva seguía yendo de
árbol mojado en árbol mojado. Deslizándose por medio de lianas, como una
sombra fugaz. Además, aquí, en Iguazú, había pajarracos que se hacían
amigos de las personas, como los tuyuyúes o los tucanes. Él hablaba y jugaba
con todos, no necesitaba tener un "bichinho de estima" privado.
-A veces,
llegan a comportarse como perrillos falderos – me dijo con un brillo
nacarado en sus ojos - El único problema es que los vistosos tucanes son
enormemente coquetos, les encanta que los fotografíen y se acercan demasiado
a todo el mundo (sobre todo sí se les da algo de comida). Por culpa de este
exceso de confianza, más de una vez, tuve que salvar a alguno de las manazas
de energúmenos que no saben tratar con animales frágiles.
Confesó que lo
que le mantenía unido a aquella tierra era el agua, aquella masa liquida que
arriba parecía tan mansa y que sin previo aviso se desplomaba violentamente.
Tantas y tantas toneladas de agua cayendo infinitamente, con colores, con
formas diferentes, con melodías que solo él podía apreciar, unas como
canciones de cuna, otras como un réquiem. A veces imitando el rugir de
animales, otras el canto de aves. La neblina que llegaba a envolverlo todo, le
proporcionaba cobijo y erotismo, pues cuando comía algunas raíces era capaz
de ver figuras en medio de las gotas de agua, figuras femeninas, cuerpos
desnudos de hermosos senos que llegaban a escapar de su encierro acuoso y se
tendían junto a él, en su lecho de red.
Durante toda la
conversación me recorrieron corrientes de todos los colores e intensidades. Y
tuve que esforzarme para que mis ojos se mantuviesen libres de nubes, de gotas
de agua, de lágrimas, que me hubiesen delatado e impedido contemplar con
deleite cada centímetro de su brillante piel, cada chispa que salía de sus
ojos, cada movimiento suyo. Todo el tiempo, procuré respirar despacio y
profundamente para meter hasta el último rincón de mis pulmones el aire que
salía de su boca. Repetí mis preguntas, estiré los silencios para que se
detuviese el tiempo. No oí la palabra que más deseaba: quédate. Y llegado
el momento tuve que irme. Pero no lloré.
Me pidió que
contara a todo el mundo la maravilla que se encerraba entre tanto árbol
húmedo, pero sin revelar su presencia allí. Este milagro tenia que
pertenecer a toda la humanidad y nadie debería morirse sin disfrutarlo.
Y así os lo
narro.
En el avión de
regreso a mi casa recordé lo que cuentan los guías de la mujer de Roosvelt,
cuando visito Iguazú. Exclamó: "Poor Niagara falls".