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LAS ESCALERAS

Fernando subía las mismas escaleras todos los días. Incluso los domingos. Eran las escaleras del monumento a "A la Concordia Nacional": una cruz de piedra, situada en el centro de un segmento circular, cuyo arco estaba formado por una pared revestida de azulejos pintados, representando escenas de exaltación patria y ciudadana.

Se había convertido en una costumbre. Lo hacía a diario al salir del trabajo. Camino de su casa. Y los días festivos formaba parte de su paseo higiénico. Siempre subía varias veces. Al descender se quedaba parado unos segundos, recordando las escenas pintadas en los azulejos y cada vez tenía la seguridad de que alguna se había quedado sin su trocito de devoción, lo que le obligaba a repetir todo el proceso votivo. Fernando era un buen ciudadano muy agradecido a su país de acogida.

La escalera estaba formada por ochenta y dos peldaños curvos que iban disminuyendo de longitud conforme se ascendía. Eran de piedra, pero tantas veces subió Fernando que la piedra comenzó a desgastarse y, conforme pasaron los años, él tuvo que ir cambiando el lugar por donde subir.

Ya muy anciano - andaba encorvado, apoyándose en un bastón y arrastrando los pies – las escaleras se habían desgastado completamente. Con ellas se terminaban esas placenteras sensaciones que le inundaban cada vez que cumplía con su deber de gratitud. Don Fernando pisó el último peldaño antes de que desapareciera.

Se quedó en pie, frente a la cruz gris. Paseó su mirada por las escenas del paredón de azulejos, deteniéndose en cada una más tiempo del acostumbrado. Después se sentó en la grada donde descansaba la cruz. Mirando al frente. Y comenzó a esperar.

FIN

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