Katy suele
atrasarse mucho. La verdad es que es tan divertida que vale la pena esperarla.
Pero hoy se está pasando un poco. Y tanto tiempo sentado en una mesa aislada,
en el centro del Café del Puerto, provoca un efecto similar al de una buena
dosis de mezcalina.
Cada minuto que
pasa, voy notando como las miradas de los ociosos parroquianos se van
transformando en acerados puñales que silban alrededor de mi pelo, de mis
orejas, de mi nariz, de mi mentón – zum, zummm, ziuuuuuu,,, - Marcando el
territorio, amenazantes. Obligándome a permanecer inmóvil.
El sol se
refleja en los vidrios espejados del edificio de enfrente y sus rayos se
cuelan estrepitosamente por cada una de las ventanas del Café, rebotando por
todas partes, llenando de aristas la atmósfera, para concentrarse finalmente
en su punto medio, justo donde yo estoy sentado. Y aparezco en escena
profusamente iluminado como si fuese uno de esos personajes solitarios de las
obras de teatro. Navegando en un monólogo, estático.
Mis músculos
se van apagando conforme pasa el tiempo. Ya hace cinco minutos que estoy casi
agarrotado, con las manos abiertas y atornilladas a mis muslos, que semejan
dos naves abarloadas, es decir paralelos y apretados. Tal y como se sienta el
pudor femenino. Solo muevo la mirada, que inicia un juego inexplicable,
saltando de la puerta a cada una de las otras mesas. Y viceversa. A veces, en
un crepitar de espejos. Sin mucho orden y concierto. Con la cabeza inmóvil,
como una estatua. Solamente los ojos giran con disimulo y sin descanso.
Y ella sigue
sin entrar por la puerta que todos observamos.
El reloj
clavado en la pared marca el atraso – tic, tac, tic, tac - y unas banderolas
verdes y amarillas se apoderan de mi pecho. Se mueven alocadamente. Juegan con
mi corazón como si fuese un diávolo, lanzándolo arriba y abajo, de un lado
a otro. Continua su avance el mecanismo y las banderolas multiplican los
colores y los juegos perversos.
El
mastodóntico camarero ha hecho presa e mi espalda. Sus cuchillos son como
enormes garfios que penetran profundamente en mi piel y no puedo levantarme
inadvertidamente y cesar la espera sin haber probado el liquido negruzco que
colma el pocillo que tengo delante de mí. Y el café sigue irremediablemente
frío y oscuro.
Todas las
esperas son venenosas. Algunas se pueden soportar unos minutos si se
entretienen con pensamientos que van y vienen, que patinan en una pulida pista
helada. Tejiendo giros y cabriolas. O destejiendo. Pero esta espera no se
distrae. En ella soy un reo al que todos examinan; que no puede hacer ningún
movimiento sin ser juzgado y condenado. Siempre los puñales silbando.
Nadie traspasa
la puerta y centenares de bichejos – quizás miles – empiezan a pulular
alocadamente por mi piel. Mis manos continúan atornilladas a mis muslos y son
inútiles. No pueden ahuyentarlos. De golpe mi boca se llena de tierra húmeda
y pegajosa. Mi nariz se colma de olores descompuestos. De aromas de hojas de
otoño al llegar la primavera.
Y los puñales
vuelan y vuelan: unas veces azules, otras rojos o negros – zum, zummm,
ziuuuuuu...
El Gran
Camarero sigue acechando. Con su chaqueta blanca de botones plateados y cuello
alzado con vivos verdes. Su trapo, también blanco, doblado milimétricamente
y colgado del antebrazo que yace en escuadra. Paralelo al suelo. La bandeja,
redonda y gastada, prendida de forma inexplicable de dos dedos. Comienza a
andar, lo sé porque sus pies planos lo delatan – dura vida la de "pinrel"
de camarero – Se acerca por mi lado izquierdo, recorriendo un angosto
pasillo entre las mesas. Sus puñales – o anzuelos – presos en mi espalda,
le obligan a ir girando la cabeza conforme camina hacia mí. El ángulo se
agranda a cada paso y al llegar a mi altura ya es un ángulo recto. Me
sobrepasa. Tiene que retorcer su pescuezo más allá de lo posible. Y lo hace.
Como si fuese un poseso. O un robot.
Es la hora H+2
– como dicen en las "pelis" de guerra – Y Katy no aparece por la
puerta suspirada.
Un chirrido
comienza a rodar por el ambiente, como si un trozo de hojalata ludiese con
otro metal. Tal vez algún cuchillo exhausto. El sonido es tan estridente que
rompe mis oídos y penetra en el cerebro. Recorre todos sus escondites. Anida
en sus recovecos. Se amplifica en cada lóbulo y se apaga en cada vena.
Se acerca el
límite del tiempo y comienzo a convertirme en fósil: cada célula
sobrevenida a roca caliza. Espero sin esperanza.
Los rayos de
sol se van cayendo. Ya no estoy iluminado. Mis ojos tapizados son de piedra.
Mi piel se ha vuelto blancuzca y de mi pelo cuelgan pegajosas telarañas.
Los
parroquianos se levantan despacio y en silencio. Salen ordenadamente a la
calle. El Gran Camarero cierra puertas y ventanas.
Yo me quedo en
el centro de la sala. Sin esperar a nadie. Ciego. Convertido en estatua
sedente. Como Pessoa, pero solitario y de piedra.