La llovizna
había terminado de empapar mi ropa que ya estaba húmeda de sudor. Llevaba
andando más de una hora a paso muy rápido. Hacía calor. En ese momento
estaba bajando una pronunciada pendiente, muy propia de Sâo Paulo. De repente
el suelo desapareció. Una misteriosa fuerza tiró de mis pies hacia delante.
Todo sucedió a una velocidad endiablada y fui incapaz de reaccionar. No pude
dar un giro a mi torso para que mis brazos actuasen como amortiguadores del
golpe. Caí de espaldas.
El porrazo no
fue tan violento como esperaba, porque mi cuerpo se deslizó unos metros
cuesta abajo, como esos deportistas que se tumban boca arriba sobre un trineo
y descienden una ladera encauzados en una profunda zanja labrada en la nieve.
Solo que ellos frenan con un artilugio que se clava más o menos en el suelo.
Y yo fui frenando con la cabeza que rebotaba contra la calzada cada veinte o
treinta centímetros, como una pelota.
Hasta que se
abrió como una sandía madura, permitiendo que se alojase en su interior una
bandada de pájaros y una sinfonía de ruidos callejeros. Que quedaron
atrapados en cuento la sandía se cerró sobre sí misma.
Perdí el
reloj.
Durante un buen
rato no conseguí levantarme, quizás por el excesivo peso de tanto pájaro
junto. Quizás por el ruido de tanto piar, de tanto aleteo y de tanto trajín
callejero. Creo que me dormí, porque no recuerdo nada más.
Cuando
desperté totalmente, alguien trataba de explicarme lo sucedido ¡Como si yo
no lo supiese! Es igual, el barullo que montaban los pájaros no me permitía
entenderle.
Me dejaron
solo. Sin mi reloj, En la puerta de un edificio... branco, cheio de vidros e
janelas. Con muito persoal de roupas brancas. Tudo branco.
Agora eu
caminho sozinho pela rua, dando pulinhos. Do xeito que caminhan os paixarinhos.
Mueus braços agitan – se como suas asas.
E o día tudo
me falan: "pío, pío, pío..."