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José Francisco era la persona más sucia que uno pueda imaginarse. Sus pies siempre estaban cubiertos de roña, tanta que parecía llevar unos gruesos calcetines de color pardo, ligeramente jaspeados. Si alguna vez los salpicaba una gota de agua, se disolvía la porquería y aparecía un redondelito de piel blanca, casi nívea, dando la sensación de que el calcetín pardo tenía un "tomate". Su barba era tan larga y estaba tan enmarañada que formaba una tupida red con la que atrapaba todo tipo de insectos: posiblemente atraídos por las migajas de pan y restos de otros alimentos que se iban depositando en medio de la espesura pilosa. Tan grande y apiñada era, que, una vez, mientras J.F. dormía la siesta bajo una gran encina, un pajarillo despistado quedó atrapado en la compacta malla. Tardaron varias horas en liberarlo. Su cabello se apelmazaba de forma natural en espesas y larguísimas "rastas", como si fuesen lianas en las que se columpiaban diminutos monos. Solo se cambiaba de ropa cuando los tejidos se descomponían, deshaciéndose en jirones. Es de justicia decir que jamás permitía que se llegase a ver ni un centímetro cuadrado de su piel. Y no por temor a mostrar la suciedad acumulada, si no porque su esmerada educación le imponía un acendrado pudor. Decidió no volver a asearse cuando, a los dieciocho años, heredó una inmensa fortuna. Hasta entonces, su tutor – un viejo indecente, lleno de prejuicios – le obligaba a ducharse todos los días, incluso los domingos, so pena de privarle de su asignación diaria. A partir de ese día, ya era libre y tenía dinero a espuertas. Pero la vida es cruel. Muchas veces nos obliga a elegir entre dos opciones cada cual más dolorosa. Un día, entre la gente que huía de su hedor, divisó a una muchachita de lustrosa melena negra, con unos ojos como platos y un cuerpo de quitar el hipo. Realmente espectacular. La boca de J.F. empezó a generar líquidos de exóticos sabores: mango, mamâo – papaya, guayaba, maracuyá, melón de Villaconejos: tantos y tan apetecibles gustillos que se producía un efecto acumulativo, añadiéndose paulatinamente nuevos y suculentos placeres. En su piel se alojaron diminutas baterías que generaban unas fuertes corrientes eléctricas que abrían y cerraban sus poros rítmicamente, obligando a erizarse al vello que salía de cada uno. Sumamente excitado pensó: " Esa chica tiene que ser para mí". Corrió hacia donde estaba, pero ella fue más rápida. J.F. nunca la alcanzó. Aun así, la oyó gritar repetidas veces: "¡Que asco! ¡Que tío más guarro! ¡Que mal huele! ¡Que asco, que asco!" Desde aquel día, J.F. no pudo dormir. Dos ojos inmensos le perseguían día y noche. Dos ojos como platos. Al cabo de dos semanas sin descanso, las dos opciones estaban muy claras:
Claras pero de difícil elección. La lucha que se inició en sus entrañas le hacía ver las cosas de color azul unas veces y de amarillo otras. ¿Que elegir...? ¿Las extrañas corrientes que le ponían la piel de gallina o la lija áspera del estropajo? ¿Los dulces sabores afrutado o el amargor del jabón? Al final, la aversión al agua fue derrotada y J.F. comenzó a planificar la vasta operación de su "puesta en limpio". Tardó trece días en poder quitarse los calcetines de roña y las escamas de basura que cubrían casi toda su piel. Y en asear y afeitar tan poblada barba. Lo más duro fue deshacerse de los monos que jugaban con las "rastas" de su pelo. Se necesitaron veinte personas, cientos de litros de agua, diez kilos de jabones perfumados y un sinfín de afeites y ungüentos. Cuando salió de sus habitaciones, nadie le reconoció. Incluso su propio servicio de seguridad intento expulsarlo de la casa por intruso. Desde ese día busco desesperadamente a la chica de los ojos como platos. Contrató legiones de detectives que al fin lograron hallarla. Preparó el encuentro con minuciosidad, pensando en los más mínimos detalles. Quería deslumbrarla. Y volvieron los sabores intensos con las corrientes recorriendo su piel. Nada podría fallar. Nunca sabrá el por qué, pero ella fue la única capaz de reconocerlo. En el momento señalado para el encuentro, nada más verlo, la chica salió corriendo mientras gritaba entre risotadas: "La mona aunque se vista de seda, mona se queda." FIN |