Seguramente fue
igual: el mismo río, la misma hora, el mismo mes. Y seguramente la gabarra
era muy parecida. Trescientos y pico años más tarde volvía a sonar la
"Música Acuática" en un escenario recreado para la celebración
evocativa. Solo faltaba Haendel. ¡Ah! Y el Rey. Todos los demás personajes
eran sustituibles. Incluso ella y yo, que podríamos haber sido cualquiera de
las decenas de parejas cortesanas que se acomodaba lo largo de las riberas el
río. Los más afortunados iban en barcos y barcazas acompañando a la gabarra
de la orquesta.
La organización
exigía ropa de época para todos los asistentes. Fue difícil encontrarla.
Una ropa terriblemente incomoda, con gran profusión de lazos, botones,
cordoncillos y demás elementos de cierre y ajuste que dificultaba enormemente
la búsqueda de los cuerpos que se urgían a cada acorde con mayor anhelo.
Los dedos se
agarrotaban. Los labios buscaban trozos de piel inexplorados. Los músculos
embutidos en la ropa, se tensaban y relajaban rítmicamente y el concierto
navegante no cesaba de implorar más y más pasión.
La "Música
Acuática" Estaba a punto de finalizar. Lo sabíamos y la urgencia se
hizo notable. El programa rezaba que después se interpretaría la
"Música para los Reales Fuegos Artificiales". Y el protocolo
mandaba que a su finalización, estuviésemos decorosamente recompuestos.
El terminar la
ejecución, todos en pie, ovacionamos a la orquesta. Cumplimos el protocolo y
el decoro. Todos menos el Rey, que jamás apareció.