Fabián se
pasaba todo el día sentado a la puerta de su casa. Desde aquel día en que
libró a la humanidad de la peste de los Osasco, su movilidad era nula.
Sobrevivía gracias a los cuidados de su anciana madre. Fue el colofón de
muchos años de enemiga, quizás cientos. Ninguno de los miembros de las dos
familias conocía el origen de tanto odio, pero en las lumbres de los fríos
inviernos se contaban, una y otra vez, las atrocidades cometidas por la sangre
rival, cada historia una y otra vez, cientos de veces. Era la leña que se
echaba al fuego para que las llamas no decayesen.
Como signo de su
valentía, Fabián mostraba indecentemente una larguísima cicatriz en forma
de lagarto que le cruzaba toda la mejilla izquierda y se perdía por el cuello
de la camisa, siempre abierta hasta la mitad del pecho. El lagarto era de
color café con leche y su piel, lejos de ser tersa y brillante como la de
todas las cicatrices, tenía escamas. La herida se la originó su propio
descuido. Fue en el combate con el último de los Osasco. Pensó que su
contendiente estaba totalmente fuera de combate, pero al villano le quedaba un
hilo de vida, y lo aprovechó. Le atizó un hachazo a Fabián justo antes de
caer desparramando como un fardo. Todos creyeron que aquel golpe certero y
brutal había acabado con la vida del último de los Borraja, pero su madre lo
recogió, y le costuró la herida, y estuvo velando día y noche el cuerpo
consumido por la fiebre; dispensándole, durante varias semanas, todos los
cuidados que uno pueda suponer. Hasta que la vida del hijo dejó de peligrar.
Pero algo desconocido, más dañino que el filo del hacha, había dañado la
chola de Fabián. Puede que alguna maldición de la madre de los Osasco
lanzada al ver como se extinguía su estirpe, o alguna de las almas hostiles
que, mal muerto el cuerpo, no encontró fácilmente su acomodo. Pero Fabián
jamás volvió a andar. Y además quedó imbécil.
Así pasaron los
días y los meses, hasta completarse cinco años desde la tragedia: todas las
mañanas, a las ocho y media en punto, Doña Adelina salía empujando el
carrito de madera con cuatro ruedecillas sobre el que estaba la silla en la
que vivía el imbécil. Porque Fabián nunca abandonaba la silla. Era su
concha de caracol. Allí dormía, allí comía, allí orinaba y defecaba,
allí pasaba todos y cada uno de los segundos de su existencia. Doña Adelina
había desarrollado una extraña habilidad para lavarlo y cambiarlo de ropa
todas las mañanas, exactamente a las ocho en punto, sin necesidad de que su
hijo se levantase. Después, sin adelantarse ni atrasarse un minuto daba a su
hijo el desayuno, un tazón de leche lleno de pan migado, cucharada a
cucharada, como si fuese un niño pequeño. A las dos, le daba la comida,
bocado a bocado. Y al anochecer, volvía a empujar penosamente el carrito de
Fabián; lo metía dentro de la casa y cerraba las puertas. Así todos los
días de esos cinco años. No importaba que hiciese frío o calor, que
lloviese o cayese un sol de justicia. Doña Adelina era como un reloj.
Fabián saludaba
a todos los que pasaban por el camino. A pesar de haberse quedado imbécil,
conocía a cada habitante del pueblo por su nombre. Y si alguno no contestaba
a los saludos, una ristra de improperios le seguía hasta desaparecer de la
vista del hombretón babeante. Los niños jugaban a pasar corriendo, sin
contestarle, y así provocar sus insultos. Hacían apuestas a ver quien se
llevaba la retahíla más larga o quien era acreedor de una lindeza nueva, que
celebraban con estruendosas risotadas. Cosme era el único vecino que cada
mañana se paraba y hablaba un poco con él. Era un dialogo sin sentido, pero
en el rostro del tullido siempre aparecía una sonrisa que compensaba a Cosme
de esos minutillos que perdía en su quehacer diario.
Un día la
puerta de la casa de Fabián no se abrió, ni al día siguiente. Así pasaron
cuatro días más. Cosme se imaginó que algo malo estaba sucediendo y avisó
al alguacil del pueblo. Se juntaron varios vecinos y derribaron la puerta. Un
fortísimo hedor los recibió. Doña Adelina estaba tendida en el suelo de la
cocina. Su diminuto cuerpo era poco más que un montón de ropas negras en
medio de una enorme mancha de sangre seca. En el cuello tenía clavado un
pequeño cuchillo. Al lado de ella estaba el carrito de Fabián.
El imbécil
movía la cabeza convulsivamente de un lado para otro, mientras gruñía
continuamente. La espesa baba, que le caía viscosa por las comisuras de la
boca, le empapaba la ropa.
FIN