Carlos de la Quintana lo tenía todo. Era un triunfador... bueno, bien mirado lo
había sido. Ahora ya no podía ser considerado exactamente como tal. Su
matrimonio fracasó y no porque se cruzase en su camino una muchachita de modales
sofisticados y cuerpo de diosa pagana, quince o veinte años más joven que él,
no. Él fue abandonado por su mujer y, en su circulo social, eso era un fracaso.
Desde entonces, Carlos había huido de cualquier acto social, pero las Bodas de
Plata de Jorge y Miriam era un acto inevitable. Aparcó el potente deportivo
negro en el jardín frontal; entre otros potentes coches, casi todos de un valor
descomunal, perfectamente alineados en amplios espacios con suelo de albero,
delimitados por preciosos setos recién recortados. En el porche de entrada al
chalet, Jorge recibía a los invitados.
Nada más entrar en la casa, Carlos se dirigió a la cocina para saludar a
Miriam que daba la sensación de estar muy atareada dirigiendo las operaciones de
los camareros.
-¡Ummm...! Estás deslumbrante – el piropo lle salió mecánicamente
-¡Qué galante! – exclamó la mujer después dde los besos de rigor - Benditos los
ojos que te ven. Sé que no te vas a sentir muy cómodo, porque también hemos
invitado a Magda. – la mujer le miró fijamente a los ojos e hizo una breve pausa
para estudiar su reacción - Seguimos siendo amigos de los dos – apostilló a modo
de disculpa.
-Me lo dijo Jorge esta mañana. Lo encuentroo lógico, por mucho que me fastidie.
Tenéis una casa enorme que me facilitará jugar al escondite – contestó Carlos.
-Toma este güisquito y pásatelo bien con loos amigos. – le tendió un vaso alto,
lleno de cubitos de hielo y licor ambarino - ¡Ah! Y gracias por tu regalo, es
una maravilla, de un gusto exquisito. Y, sobre todo, gracias por venir; sé que
has hecho un gran esfuerzo.
-Vosotros os lo merecéis.
Se dirigió al salón y se unió a un grupo de viejos amigos que charlaban
desenfadadamente; pero no prestó atención a la conversación, sus ojos estaban
clavados, sin pestañear, en la puerta de entrada.
Oyó la voz de Magda y un sudor helado empezó a recorrer su espalda: temía que
Magda apareciese con el individuo culpable de su fracaso.
-(Con tal de humillarme, es capaz de hacerllo) – pensó Carlos.
Cuando su ex-mujer cruzó la puerta, la cabeza se le llenó de ruidos chirriantes,
que le obligaron a apretar las mandíbulas hasta sentir dolor. Se alivió al ver
que venia sola.
Magda hizo una entrada sonora, saludando desde la puerta a unos y otros, en voz
alta. Miró hacia el grupo donde estaba su ex marido y se dirigió hacia allí,
cruzando despacio el salón, con un contoneo de caderas muy exagerado, casi
grotesco. Una losa de quinientos kilos se posó sobre los hombros de Carlos,
dejándolo inmovilizando. Ella se plantó delante de él y le dijo:
-Toma – mientras le tendía un manojo de carrtas, sujeto con una goma elástica – A
ver si cambias la dirección de correo, que no quiero estar haciendo de cartero
toda mi vida – utilizó un tono a la par distante y socarrón que logró el
propósito de irritar a Carlos que cerró los puños con fuerza, clavándose las
uñas en la palma de la mano
–Por cierto, no olvides cambiar el beneficiario de tu seguro de vida. – Continuó
Magda - Abrí una carta por error y vi que aún soy yo... – lo dijo remarcando la
pronunciación del pronombre personal, al tiempo que se daba la vuelta y soltaba
una carcajada forzada.
La cabeza del financiero semejaba un recipiente de cristal lleno de avispas
enfurecidas. Las ideas se cruzaban unas con otras, a tal velocidad que le
resultaba imposible atrapar a ninguna de ellas; rebotaban en las paredes; el
zumbido era cada vez más agudo. Fue incapaz de protestar y solo consiguió salir
de su estupor cuando noto la humedad de la sangre en las palmas de las manos.
Para entonces, Magda desaparecía por la puerta de la cocina. Carlos observo como
las conversaciones de los demás grupos habían bajado de volumen y le invadió la
sensación de que todos los ojos convergían en él. No le faltaba razón.
Se volvió hacia sus amigos y comprobó que algunos habían desertado, otros
miraban en direcciones erráticas, evitando cruzar la mirada con la suya; menos
Juan que le guiñó un ojo haciendo un gesto de complicidad y Manolo, el bonachón
de Manolo, que le echó un brazo por los hombros, diciéndole en voz baja:
“Tranquilo chaval. Ya la conoces”.
Carlos se separó del grupo y se dirigió a la terraza. No podía seguir en el
salón, parecía como si cada invitado fuese a lanzarle alguno de los objetos que
abigarraban las innumerables mesitas y consolas, igual que en un tiro al blanco
de feria. Entonces, las avispas, que seguían encerradas en su cabeza, volvieron
a poner en marcha su macabra danza ritual de cruzarse a gran velocidad para
luego chocar contra las paredes del frasco de cristal, aumentando el volumen y
frecuencia de los zumbidos a cada pasada. Lo que él necesitaba era respirar
aire puro y un copazo de soledad.
Buscando la oscuridad, bajó las escaleritas de la terraza y se adentró en el
amplio jardín posterior. Desde el fondo de la larga parcela se paró a contemplar
el magnifico edificio. Vio luz en el piso superior. Era una luz tenue y
oscilante, como si fuese de velas. Unas sombras sutiles se movían por la
habitación.
Se le vino a la memoria una ocasión en la que encontró a su ex-mujer en un
estado de gran excitación, haciendo vudú en una habitación de la casa, alumbrada
por unas pocas velas, realizando movimientos mecánicos, casi convulsos, mientras
invocaba a los “orixas” o dioses de la secta. Hacía algún tiempo que ella se
interesaba en temas de magia y brujería. Carlos sabía que asistía a reuniones, y
al principio no le dio ninguna importancia, pero, poco a poco, fue
involucrándose más y más. Después de unos meses, comenzaron las discusiones y
los reproches. La convivencia se hizo insoportable y en medio de una pelea,
Magda le dijo, como escupiéndole a los ojos, que llevaba seis meses acostándose
con el sacerdote de su secta, el chaman o, como ella le llamó: “el padre de
santo”.
Ahora se repetían las imágenes. Se acercó y se paró debajo de la ventana. La voz
inconfundible de su ex-esposa se oyó claramente. Esta vez también estaba
haciendo invocaciones. Oyó una voz grave de hombre que contestaba a la salmodia.
El timbre le resultaba familiar, pero sus frases eran tan cortas y mecánicas que
fue incapaz de distinguir de quien se trataba. Se alejó todo lo que pudo para
tomar perspectiva y poder ver lo que allí sucedía. Apenas distinguía las sombras
oscilantes. Se encaramó a la tapia del jardín. Corría el riesgo de que alguien
lo sorprendiese en aquella comprometida postura, pero su curiosidad se impuso.
Al fin la vio; estaba en medio de la habitación, con algo en las manos que
parecía uno de los muñecos de trapo que usaba para sus conjuros. Al fondo, en la
oscuridad, un hombre, todo vestido de blanco, permanecía sentado en una silla,
con las manos sobre los muslos que levantaba con frecuencia para ponerlas a la
altura de la cabeza.
Esperó en aquella delicada posición hasta que el hombre de la penumbra se
levantó y la tenue luz le permitió ver su rostro. Con estupor ¡comprobó que era
Jorge! ¡Él era el chamán, el padre de santo! ¡Él era el hijo de
puta que había llevado a Magda a tales aberraciones! ¡Su mejor amigo!
Vio como se acercaba al centro de la habitación, cogía el muñeco de las manos de
ella y le arrancaba la cabeza hasta dejarla colgando de un solo hilo.
Sus oídos se llenaron otra vez de fuertes chirridos, como de vidrios frotándose
unos con otros. De las palmas de sus manos volvió a brotar sangre. Lleno de ira,
se bajo de la tapia de un salto. Al contactar con el suelo dio un traspiés y su
cabeza golpeó contra un árbol. Casi perdió el sentido. Se apoyó en el tronco y
se quedó parado un par de minutos, recobrando el aliento.
Tenía que irse, tenía que abandonar aquella casa rápidamente. Su corazón estaba
desbocado, apunto de reventar. La cabeza le dolía, las avispas se enfurecían
cada vez más y la sangre ya empezaba a empapar los puños de su camisa.
Subió al coche y salió a la avenida principal de la urbanización conduciendo muy
despacio, para no golpear los bajos del Porsche en las lomadas, pero en cuanto
estuvo en la autopista, aceleró a fondo, soltando bruscamente toda la caballería
del carísimo deportivo.
La aguja del velocímetro sobrepasaba los doscientos sesenta kilómetros por hora.
De repente, una sombra, muy grande e informe, se cruzó en su camino. Carlos
frenó bruscamente. La humedad del rocío sobre el piso le hizo perder el control
del vehículo que fue a estrellarse contra la base de un puente que cruzaba la
autopista.
-o0o-
Al día siguiente, Jorge leía el periódico mientras su mujer tomaba el sol al
borde de la piscina. Súbitamente exclamó:
-¡No puede ser, no puede ser! ¡Qué horriblee! – y tendió el diario a su mujer,
tapándose la cara con las manos.
Miriam pudo leer: “El financiero Carlos de la Quinta falleció anoche victima de
un accidente de circulación”.
Después de una breve reseña biográfica y de narrar las circunstancias del
accidente, la noticia terminaba diciendo, no sin mala intención, que en el
asiento posterior del coche había aparecido un muñeco de trapo con la cabeza
colgando... “de los que se usan en los rituales de vudú, tan de moda en algunos
sectores de la sociedad”.
FIN