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(Regresar al índice de relatos) El regreso
IDaniel vivía en Transania, un pequeño estado que desde su independencia no había disfrutado ni un solo año de bienestar, por lo menos él no lo había conocido, ni sus padres, ni tampoco sus abuelos. Se sucedieron dictaduras y dictadores, revueltas populares, hambrunas, más revueltas, sequías, más déspotas, inundaciones, terremotos... Todos los males posibles se habían dado en poco más de cien años; Eran tantos y de tan variada índole, que cualquier persona que no conociese la historia, llamaría mentiroso al narrador. Y ahora, para rematar la tragedia: la guerra. Había que defender un montón de rocas yermas de la ambición del estado vecino. Rocas entre las que no crecían ni los más espartanos hierbajos; pero eran territorio patrio y eso justificaba la muerte de miles de transanos, la ruina absoluta, el caos, además de varios cientos de caballos del Apocalipsis. A todos los enardecidos políticos se les habían puesto las orejas picudas; las narices, pese a no ser de madera, les habían crecido un par de centímetros; y a sus bolsillos les había entrado un mal que les hacía crecer desproporcionadamente, hasta el punto que les impedía levantarse de sus sillones; pero, ni con todo su poder de persuasión, ni con sus encendidas soflamas, habían convencido a Daniel de la necesidad de abandonar a su mujer, preñada de seis meses, y dejar a medio construir la casita en la que tanta ilusión habían puesto. No lo consiguieron, pero daba igual, aquel viejo disfrazado de soldado, con el uniforme remendado aunque pulcro, le traía la fatal noticia envuelta en un sobre de papel amarillo lleno de sellos oficiales de diferentes colores. Daniel lo rasgó apresuradamente. Le comunicaban que tenía que presentarse en el centro de reclutamiento. La ira le obligó a apretar los puños estrujando el escrito. De un bocado, arrancó un buen pedazo del papel, mientras profería un alarido de rabia ¿Por qué tenía que ir y además ahora? Le parecía imposible que hubiese llegado ese temido momento y una especie de velo violeta tamizó la visión de los pocos muebles que había en la habitación donde malvivía con Ava, su joven esposa. Tuvo la sensación de que el techo del cuarto se le venía encima. Fue a dar el último vistazo a su obra antes de tomar el tren que lo llevaría al cuartel. Apoyado en un poste de la luz, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada fija en la cumbre del tejado, recordó todo el proceso de la construcción. La dura tarea de desbrozar y nivelar el terreno, sudando copiosamente bajo un asfixiante calor de agosto; sus extremidades entumecidas de tanto mezclar arena y cemento con la pala; los miles de ladrillos que tuvo que colocar y que Ava, le suministraba uno a uno... Un par de meses de trabajo más y hubiese quedado lista. Un sabor de tierra húmeda atiborró su boca. -¡Maldita guerra!– exclamó a voz en grito aalargando mucho la última vocal sin pensar que podía ser oído por la policía política. Cogió un guijarro del suelo y lo lanzó violentamente contra el cristal de una ventana. Las astillas de vidrio se clavaron en su alma. -o0o- IIEl tiempo era de perros. La lluvia, que caía incesante desde hacía cuatro días, le empapaba las botas y el uniforme, porque el impermeable verde oliva, rasgado ya por mil sitios, no cubría casi nada; los caminos se habían convertido en un lodazal por el que era casi imposible andar; los campos eran una sucesión de enormes charcos; la baja temperatura, atería los pies y las manos. Pero eso no era lo peor. El peligro acechaba por todas partes y había que estar muy atento, vigilando cualquier movimiento sospechoso, porque el pueblo era un avispero de francotiradores: una emboscada inevitable. Los soldados tenían que avanzar sigilosamente, de parapeto en parapeto, saltando como las ranas. Y cuando iniciaban cualquier movimiento, sonaba una serie de disparos secos, cuyo eco silbante, al prolongarse entre las casas, hacía la escena más siniestra. Desde hacía un par de minutos, Daniel estaba escondido en un portal. Sentado en el suelo, con la espalda pegada a la pared y las piernas encogidas. Empezó a recordar a su mujer: su cara, su larga cabellera, sus manos, sus pechos, la prominente barriga que delataba al bebe que llevaba dentro. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que se había ido? Seguramente su hijo ya habría nacido ¿cómo habría sido el parto? ¿Cómo era su hijo?... Las preguntas se atropellaron, arrollándolo como un camión de veinte toneladas. La odiosa voz del sargento, urgiéndole a que cruzase hasta la casa más cercana, le volvió a la realidad. Tenía ante sí un descampado bastante largo. El miedo le hizo dudar unos segundos. Miró de reojo hacia donde sospechaba que estaba su jefe; no lo vio, pero se supo observado. Tragó saliva. Puso sus músculos en tensión. Clavó los ojos en el nuevo parapeto. Cogió con fuerza el fusil y comenzó una rápida carrera, tanto como le permitían las pesadas ropas mojadas. En su camino, el siseo de las balas le recordaba un cubil de víboras. Cuando casi había alcanzado el escondrijo, un chispazo de odio estalló en su cerebro. Se paró de golpe. Erguido, se volvió hacia donde venían los disparos. Alzó los brazos, abriéndolos en forma de uve, sacudió violentamente el fusil, gritando con todas sus fuerzas: -¡Hijos de ...! – no pudo terminar la frasee. Un mazazo, fuerte como la coz de una mula, le reventó las tripas. Una bocanada de sangre inundó su boca. Otro golpe a la altura del hombro lo lanzó contra el suelo, cayendo sobre el barro en una postura grotesca. El fuerte dolor le nubló la vista y apenas podía oír el tableteo de los fusiles de su pelotón respondiendo al ataque. Sintió como dos proyectiles golpeaban el suelo, a escasos centímetros de su cara, y como un tercero le atravesaba el muslo de la pierna izquierda, dejándosela insensible. Lo envolvió un extraño olor a azufre. Al cabo de unos segundos cesaron los disparos. Alguien se acercó hasta donde yacía Daniel. Y como si estuviese muy lejano, le oyó gritar: -¡Camilleros, rápido, un herido! – al tiemppo que le cogía la cabeza y le despojaba del pesado casco de acero. Daniel perdió el conocimiento. Cuando volvió en sí, iba en una sucia ambulancia camino del hospital de campaña, a la máxima velocidad que permitía el lamentable estado de la carretera. La morfina le mantenía en un estado aletargado, pero la difusa idea del nacimiento de su hijo se clavó en su cerebro y una angustia, parda como un sapo, se sumó al sordo dolor de las carnes heridas. Recordó a ese dios de cuando era niño y que ahora tenía olvidado. Se aferró a la idea del ser supremo y, enlazando sin sentido trozos de diferentes oraciones, le pidió que le permitiese regresar a su pueblo para conocer a su hijo. -o0o- IIIDe la jefatura del hospital le comunicaron que podía volver a su casa. La alegría le envolvió como si fuese una larguísima sabana de seda. Una lágrima le mojó los labios, induciendo un sabor excesivamente salado. Había perdido totalmente la noción del tiempo y la esperanza de salir de allí. Parecía un milagro de ese dios anónimo. En una oficina desvencijada le facilitaron documentos y le proporcionaron un uniforme tan remendado y desvaído, como el que llevaba el día de la última batalla. Un extravagante enfermero le acompañó por interminables pasillos blancos y llenos de silencio, hasta la puerta de salida que abrió con un gesto solemne. Fuera estaba desierto, ni una casa, ni un árbol, nadie caminando. Daniel no sabía que dirección tenía que tomar para ir a su pueblo, pero un sexto sentido le orientó a caminar hacia donde salía el sol. Anduvo varios días. Hasta que pudo distinguir la familiar silueta del castillo recortándose contra el cielo nubloso, ¡ya estaba es casa! Le quedaba poco más de una hora de camino. El corazón le golpeaba fuertemente el pecho y sus maltrechos pies hicieron un esfuerzo colosal para andar más deprisa. Ya estaba cerca y podía apreciar las primeras construcciones. Pero... esos edificios tan altos nunca habían estado ahí, ni aquellos más lejanos... . No obstante, el castillo era inconfundible. Estaba asentado en el mismo peñasco afilado; la alta torre del homenaje era idéntica; también tenía tres torreones en pie y otro desmochado. Daniel no salía de su asombro ante la incongruencia. Una espesa niebla empezó a invadir el paisaje. Siguió caminando hasta llgegar cerca de las primeras casas y vio un cartel que decía: Cotiumburg. Ese era su pueblo. No veía ningún vestigio de la guerra. No había edificios destruidos. Las calles por las que iba pasando estaban desiertas, pero limpias. Las casas aparecían bien pintadas. Empezaba a anochecer y la niebla era cada vez más espesa. Deambuló por las calles sin cruzarse con nadie. Andaba con paso inseguro, dando tumbos, ofuscado. Al doblar una esquina, entre la niebla, vio la casa que había dejado a medio construir. Por una ventana salía luz. ¡Qué extraño¡ Corrió hacia allí, gastando las pocas energías que le quedaban, hasta que la distinguió con claridad ¡Alguien la había terminado! Entró en el jardín y la bordeó. En la parte trasera también había luz. Miró por una ventana y no vio a nadie. Dio vueltas a su alrededor, despacio, fijándose en cada detalle. No cabía duda, alguien se había aprovechado de su ausencia y se apoderó de la vivienda valiéndose de la fuerza. Súbitamente, una voz sonó fuerte a sus espaldas: -¿Qué hace usted aquí? - Sin responder, Danniel empezó a volverse lentamente. La otra persona continuó - Quieto, le estoy apuntando con una escopeta. Pero Daniel ya se había vuelto. La oscuridad le impedía distinguir el rostro de quien le amenazaba. -Esta casa es mía, la he construido yo – reespondió al fin, lleno de ira roja como la sangre que subía a borbotones a su cabeza – En todo caso, soy yo el que tiene derecho a preguntar. Usted es el intruso. El hombre se acercó a él sin dejar de encañonarle. La luz que salía por la ventana iluminó levemente su rostro; tenía unos treinta años y... ¡un extraño parecido a él! -Usted desvaría. Esta casa la construyó mi padre antes de nacer yo, y mi padre murió en la guerra. En una emboscada de francotiradores. En el frente norte. Váyase inmediatamente o llamo a la policía – dijo con tono enérgico. Daniel cayó de rodillas, con la boca abierta y los ojos de diez centímetros de diámetro mirando fijamente la cara del hombre que seguía apuntándolo con la escopeta de caza. En su rostro se dibujó una expresión de confusión como si acabase de descubrir algo muy secreto. Se llevó las dos manos al pecho y dio de bruces en la húmeda tierra. Fin |