Este es un comentario acerca del taller y las obras que estas artistas presentaron durante el XXXI Taller de la Escuela Internacional de Teatro de la América Latina y el Caribe, que ocurrió en la ciudad de Los Ángeles, Estados Unidos, del 1 al 10 de noviembre de 2002.
De lo que era, ¿qué es? De lo que es, ¿qué soy?
Como se sabe, durante los años 80 y 90 escuchamos en el amplio y discontinuo campo de la “teoría del arte”, una extensa discusión acerca de “el cuerpo”, la mayoría de las veces considerándolo desde un punto de vista territorial, ya fuese en un modo histórico, personal o autogenerado-autoconstruido; pero muy frecuentemente girando alrededor de la idea de conformar algún sentido de identidad. Paralelamente se habló, escribió y luchó bastante en el camino de legitimar todas las tradiciones culturales y culturas locales por sí mismas, y no por su cercanía, correspondencia u oposición al mainstream, tanto de la historia como del “arte actual”. Aún antes de encontrar consensos más o menos generales en torno a estas cuestiones, la discusión fue más allá, y se comenzó a poner en tela de juicio la legitimidad de la pretensión misma de que exista tal cosa como una identidad. Ya no se trata de legitimar una tradición local frente al conjunto de “la Historia”, ni siquiera de decidir qué acontecimientos deben ser incluidos dentro de la narración central -la Historia con mayúsculas. Ahora se cuestiona si la historia misma es un parámetro legítimo para estimar/evaluar/comprender algo.
Este es el marco en el que quiero referirme al trabajo de Teresa Hernández y Elia Arce. Aunque su obra e incluso su personalidad pueden parecer muy diferentes –Teresa es explosiva, apasionada, rabiosa; baila, asevera y manotea sin pausa; Elia es callada, habla y se mueve despacio, ralentizando cada idea y cada movimiento hasta un ritmo monótono de sosegada introspección–, ambas realizan una búsqueda obsesiva, con una intensidad casi agónica, de amarraderas o trascabos con los cuales tejer un sentido de identidad. Digo tejer, porque ni Teresa ni Elia parecen interesadas en construir un monumento, sino una tela de araña de la cual sujetarse, no para detener el movimiento de su salto perenne; sólo para moderar el vértigo.
¿Qué tipo de identidad? Un observador superficial podría contestar rápidamente: Teresa busca una identidad nacional o colectiva; Elia una identidad personal. Pero un segundo vistazo permite ver que no hay mejor ejemplo que este doble caso, para percatarse de las fisuras en los cartabones tradicionales con los que hemos querido conocer el arte, la cultura y la sociedad en general. ¿Podrían Teresa Hernández y su compañera-cómplice, Viveca Vázquez, generar un sentido de identidad nacional de Puerto Rico, sin redefinir al mismo tiempo el tipo de ser humano que ellas quieren ser (en todos los sentidos: político, intelectual, artístico, sexual), y proponerlo como legítimo para el siglo que inicia? ¿Podría proponer Elia Arce un sentido de pertenencia para sí misma, un hogar (home, según la poesía que vive y transmite durante su performance La primera Mujer en la Luna), sin cuestionar la legitimidad de cualquier idea de “nacionalidad”, sea de Costa Rica, de Estados Unidos o de cualquier otra parte? Yo creo que no.
Y sin embargo ambas desarrollan su labor artística en los términos más táctiles y asequibles. Las técnicas de Teresa, bailarina-performera, incluyen props de hule-espuma y fieltro; textos memorizados, desarrollo de personajes, etc. Elia, performera, usa –por ejemplo– videoproyecciones, un largo desnudo que se embadurna con tierra y agua; una muñequita y otros objetos íntimos. No big deal lingüístico, digamos. Pero no creo que ellas contemplen la innovación lingüística entre sus objetivos fundamentales.
Aristóteles vade retro
Hay cierta crítica profesional empeñada en descalificar sistemáticamente toda obra artística que incluya atisbos de preocupaciones sociales, históricas o políticas dentro de su discurso artístico. Esta crítica argumenta que tal obra “no distingue la forma del contenido”. Que cae en lo literal, que carece de sofisticación poética. “Panfletaria” es su estigma favorito. Yo creo que, por el contrario, el verdadero riesgo está en la estetización de una obra que fue producida originalmente en torno a una situación política o social específica. Desnaturalizarla es la manera más efectiva de desactivarla. Forma y fondo –alternativa que es tan inaplicable y lejana de este tipo de arte como la división entre ética y estética–, forman un conjunto indivisible con su contexto, sus motivaciones y sus circunstancias específicas de realización. El análisis desde las alternativas griegas clásicas aparece en estos casos desesperadamente anticuado y vergonzosamente reduccionista. Pretender estudiar tales manifestaciones artísticas de manera fragmentada resulta ignorante, o perverso; en cualquier caso, inadecuado.
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