Biografia de Angel Ganivet por su buen amigo F.Navarro y Ledesma
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Despues de varias pesquisas hemos dado con la que es a mi juicio una de las mejores biografias cortas de Angel Ganivet, la que publica F.Navarro y Ledesma a modo de prologo del libro "Epistolario", libro que contiene algunas cartas que se cruzaron ambos amigos. F.Navarro y Ledesma fue quiza el mejor amigo de Ganivet (prueba de ello es que fue el depositario de su testamento).

Este texto ha sido extraido de la
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes a la que agradecemos los correspondientes permisos para su reproduccion.
                                                        

                                                       
"Epistolario"

                                                                            �ngel Ganivet




                                                                                  Pr�logo



     Publico en este libro una parte de las cartas que me escribi� mi inmortal y desventurado amigo �ngel Ganivet. Con las restantes que poseo podr�n formarse a�n ocho o diez series como la presente.

     Para formar este libro no se ha hecho selecci�n ninguna; sencillamente se han sacado unas cuantas cartas del legajo en que se contienen todas, y s�lo se ha dejado de imprimir la parte de ellas que, por referirse a sucesos familiares, no ofrece inter�s para el p�blico.

     En realidad, este volumen no es m�s que una muestra de la que ser� el Epistolario completo de Ganivet, obra incomparable, en la cual se contiene lo m�s �ntimo y lo mejor del alma del grande hombre desconocido.

     Bueno ser�a explicar al p�blico algo de la vida de Ganivet. Me creo obligado a hacerlo, pero no en un pr�logo, sino en un libro largo. Para satisfacer la necesidad que hay de pr�logo en toda colecci�n de cartas �ntimas, copio a continuaci�n unas cuartillas le�das por m� en el Ateneo de Madrid al comenzar la velada con que, en el curso actual, se conmemor� el aniversario de la muerte de �ngel Ganivet.

     Esas cuartillas dicen as�:

     �Voy a contaros, en las menos palabras que pueda, una historia rara y maravillosa: la vida de un hombre bueno, de un hombre sabio, de un hombre humano, de un hombre libre. Voces m�s elocuentes que la m�a loar�n sus obras escritas, ensalzar�n la grandeza de su pensamiento, reflejar�n el aleteo de su inspiraci�n y os dir�n c�mo si existe una Espa�a joven, robusta, pensadora, valiente y capaz de redimirse por los hechos y por las obras del esp�ritu, el alma de esa Espa�a debe identificarse con el alma de �ngel Ganivet, el fil�sofo, el poeta, el patriota, el inmortal.

     Yo, se�ores, fui el amigo m�s �ntimo de aquel grande hombre, y lo digo con la orgullosa humildad o con la altiva modestia con que el pobre pegujalero de la Mancha, nuestro sabio amigo Sancho, cuando llegase a viejo y oyera hablar de su amo el caballero de los Leones, dir�a llen�ndosele la boca de amargura y de l�grimas los ojos: -�Yo fui su escudero!...- Obligaci�n de piedad fraternal cumplo hoy habl�ndoos tanto cuanto la emoci�n me lo permita de aqu�l que al llamarme hermano suyo, me concedi� la m�s alta honra que de hombre alguno pienso recibir. Yo vi de cerca nacer su alma grandiosa; la vi ensancharse, crecer, tocar al cielo, perderse en la penumbra de lo desconocido, en aquella sombra de sombras que llamamos... no s� c�mo, locura, insania, amencia, muerte.

     Nueve a�os dur� nuestra estrech�sima convivencia, nuestra �ntima comuni�n, que tengo la dicha de poder renovar a toda hora, pues casi siempre estuvimos separados por centenares de leguas, y nuestra comunicaci�n fue epistolar, siendo las cartas que me escribi� tan extensas, frecuentes y numerosas, que impresas formar�an unos cuantos vol�menes, y reconstituir�an a los ojos de los lectores el panorama de una existencia consagrada al recto pensar y al honrado sentir, de una existencia cuajada de bondad pura y compacta como tabla de m�rmol blanco, sin veta de ego�smo ni de bajeza. La noble biograf�a, mejor dir�, psicograf�a, que en sus p�ginas traz� Ganivet, escribiendo al hilo del pensar, con la libertad de quien habla a una tumba, es deber m�o publicarla, y no esper�is que cometa la profanaci�n de intentar resumir en cuatro desmayadas cuartillas lo que debe ser le�do en toda su integridad y con devoto y silencioso recogimiento. Tampoco ser�a posible, ni oportuno siquiera, querer hacer pasar por este ambiente en pocos minutos nueve a�os de vida fecund�sima a cuya intensidad ning�n otro hombre de estos tiempos �ltimos ha llegado. Acerca de estos grandes esp�ritus, que en sus obras se han entregado y ofrecido por completo a quien los leyere, como sucede con Miguel de Montaigne, con �ngel Ganivet... y creo que con nadie m�s, no es factible escribir menos ni mejor de lo que escribieron ellos mismos, porque hombres de tan alto linaje y de tan gigantesca talla, sin querer comunican su grandeza a�n a los actos vulgares e �ntimos de la vida y dan importancia y dignidad a cuanto palpan. Y as� como, por ejemplo, en el divino poema hom�rico Agamemn�n, el augusto monarca, despedaza una ternera sin perder ni un punto la nobleza mayest�tica de su continente, de igual modo, en ocasi�n memorable, alguien que nos oye y yo vimos a nuestro inmortal amigo, el autor del Idearium espa�ol, cortar, aderezar y guisar con sus propias manos la carne que hab�a comprado para el almuerzo..., y hacer esto, que no hab�a hecho nunca hasta entonces, con la misma nobleza, gracia y aplomo con que ya en aquella �poca adobaba y compon�a la prosa castellana, por �l llevada al extremo de la jugosidad y de la vibraci�n. Es decir, que para �l no hab�a peque�eces y nimiedades..., o el mundo entero era una nimiedad. Era un hombre completo, como el pan bueno y sano: con su harina y su salvado y su acemite; todo era sustancioso en �l, todo interesante.

     Siendo as�, bien se os alcanza lo dif�cil que es hacer en breves t�rminos su biograf�a. Me contentar�, pues, con exponer desali�adamente y sin orden l�gico lo que se me vaya acordando para que teng�is de �l una vaga idea.

     Su figura y semblante... yo no s� c�mo explic�roslo. S�lo dir� que la aventajada estatura, el imperio y prestancia del adem�n, la gravedad benigna del gesto, la autoridad y proporci�n con que la cabeza, peque�a y bien redondeada, descollaba sobre los recios hombros y la absoluta naturalidad de todos sus andares, movimientos y posturas, impon�an desde luego a quien le contemplaba por primera vez, la firme convicci�n de que aquel hombre era un hombre �nico y se�ero, distinto y desligado en todo y por todo de los dem�s seres humanos: un eslab�n roto de esta servil cadena que humanidad se llama; era m�s, mucho m�s que el vulgar homo sapiens, codeado y despreciado aqu� y all� diariamente. Por eso alguien, haci�ndose cargo de la extra�a y profunda impresi�n que el mirar a Ganivet produc�a, y de su calidad de tipo humano o superhumano de transici�n, dijo que parec�a un antropoide gigantesco; y al decir eso daba a entender c�mo era preciso colocarle m�s all� de los habituales linderos zool�gicos: y yo tengo la evidencia de que si se le hubiese medido el cr�neo, aquella caja huesosa tan bellamente modelada hubiera ofrecido un �ndice cef�lico pasmoso, porque la desproporci�n que notaba quien le confundi� con un antropoide era una desproporci�n inversa, determinada por un �ngulo facial del mayor inter�s. No creo desvariar afirmando que era mi amigo un extra�o ser precursor de razas futuras, en las que, por virtud de no s� qu� misteriosas selecciones, llegar�n a condensarse calidades y partes meramente humanas con otras de tipos zool�gicos m�s antiguos y m�s fuertes. As�, bajo la frente unida, alta y serena, apenas combada, brillaban en su cara los ojos, unos ojos de corriente alternativa, que cuando se lanzaban sobre persona o cosa digna de atenci�n la aprehend�an llenos de ansia, como aprehenden los ojos del le�n la codiciada presa; y cuando vagaban distra�dos parec�an los ojos p�os y llenos de ternura sobrehumana que naturaleza dio a los bueyes, fieles amigos del hombre.

     Romp�a la arm�nica serenidad del rostro una mand�bula inferior que avanzaba con insolente prognatismo, destacando hacia fuera los labios carnosos, de reposada comisura. Aquella quijada saliente, que mucho tiempo llev� acusada a�n con mayor energ�a por espesa sotabarba a la marinera, daba al �valo del semblante un aire de testarudez y un aspecto de rebeld�a que resultaban no muy simp�ticos para la gente de poco m�s o menos, pero que preocupaban a los hombres reflexivos y que arrebataban a las mujeres, reflexivas o no. Sobre unos y otras, sin querer y sin darse cuenta y sin hablar palabra, ejerc�a inexplicable e imperioso influjo, tal como debieron ejercerle todos los precursores y todos los Mes�as. Se le escuchaba sin que �l impusiera silencio; se le segu�a ciegamente sin que ni sus palabras ni su gesto convidaran a ello. Cuando viajaba por Espa�a, en el tren le ocurri� muchas veces que le tomaran por viajante de comercio. �l lo contaba ri�ndose de s� mismo, y a�ad�a que no se explicaba por qu� era esto. Y no se lo explicaba por innata modestia; pues lo que pasaba era que, siendo �l un hombre absolutamente natural y enteramente distinto de todos los dem�s de su tiempo y de su pa�s, dondequiera que entrase o estuviera, tren o coche, posada o calle, proced�a con tal desembarazo e independencia, que sus libres, alegres y sueltos modales contrastaban al punto con la hidalga e hip�crita tiesura y la necia afectaci�n de que los espa�oles solemos dar muestras en cuanto nos hallamos unos en presencia de otros. Entraba y estaba en el tren como un viajante, porque entraba y estaba sin preocupaci�n, sin la solemnidad propia de quien ejecuta un acto desusado, pues desusado es en los espa�oles de hoy el viajar, sino con toda sencillez y seguridad. Y as� se hallaba en todas partes como en su casa, porque quiz�s el mundo entero no era demasiado ancho para casa suya; y mostr�ndose en �l una cualidad de que presumo estar� dotado el hombre m�s perfecto del porvenir, se adaptaba sin dificultad alguna a todos los climas y se encontraba tan a sus anchas en Sevilla en el mes de Julio como junto al c�rculo polar �rtico en el mes de Diciembre. Y lo que le acontec�a con los climas le acontec�a con el ambiente f�sico y con la situaci�n moral, es decir, que nada le cog�a de sorpresa; y as� en toda ocasi�n obraba como era prudente, reuniendo la sagacidad y cautela de Ulises al �mpetu y decisi�n de Aquiles, pues como el var�n de �taca peregrin� Ganivet por remotas naciones, y en ellas habl� sin dificultad sus idiomas, acept� sin repugnancia sus costumbres y hasta reflej� en su rostro tan singular adaptabilidad, al punto de que en Amberes, seg�n retrato que poseo, ten�a el aspecto pl�cido y la traza bonachona y pachorruda de un celoso burgomaestre, y al trasladarse desde la pac�fica y semiboba tierra de Flandes hasta la apartada y rebelde Finlandia, pa�s de conjuraci�n y de revuelta, adquiri� su fisonom�a no s� qu� expresi�n misteriosa, vaga y prof�tica, ennobleci�ndose y transfigur�ndose hasta llegar a una de las m�s espirituales bellezas que var�n alguno haya alcanzado. Cuando vino a Madrid de vuelta de Finlandia, en 1897, el cambio, mejor dir�, el crecimiento de su personalidad hab�a sido tan grande, que muchos no le reconocieron. Nada hab�a ya en �l de escoria humana. No andaba, ni hablaba, ni viv�a como hombre. En la manera de responder, de fijarse, de marchar en una direcci�n, en la guisa y forma de re�rse y de insinuarse, advert�ase ya (esto, claro est� que lo notamos a posteriori) una completa disociaci�n de su yo respecto del mundo entero y aun quiz�s respecto de sus propias sensaciones. El hombre hab�a desaparecido; pero su alma prosegu�a lanzando en torno suyo los resplandores m�s vivos, como esos planetas tan lejanos que su luz sigue llegando hasta nosotros y alumbr�ndonos y haci�ndonos exultar de alegr�a muchos a�os despu�s que ellos han muerto. �Oh, s�, muerto estaba ya entonces �l, porque su cerebro, que madrugaba para despertar a su pluma, ya ten�a pensado y hecho el libro incomparable de Los trabajos de P�o Cid, y hasta ten�a trazado su testamento en la tragedia m�stica El escultor de su alma; porque siempre tuvo, y en repetidas ocasiones indic�, sin que yo, �torpe y ciego de m�!, le hiciera caso, el prop�sito de morirse CUANDO QUISIERA, y al personificarse �l mismo en el conquistador P�o Cid, tuvo buen cuidado de tomar el nombre simb�lico de ARIMI el de la muerte misteriosa, porque su pensamiento llevaba a su vida real lo menos tres a�os de ventaja; y ya en los �ltimos d�as de su existencia, cuando su verdadero yo andaba huy�ndole, y la disociaci�n, �caso terrible y cruel!, se convert�a en enajenaci�n completa, aprovechaba los pocos momentos que le quedaran de hallarse en posesi�n de s� mismo para escribir una p�gina que cual dep�sito sagrado conservo, y en la que se ven, como a luz de rel�mpagos, los abismos del porvenir oscuro de la humanidad, en reducido Apocalipsis, a trechos confuso e indescifrable, a ranchos l�gico y claro, con baconiana clareza.

     Pero ya que he hablado de su rostro y figura, mortal, debo deciros algo de su patria y padres, de su vida exterior y de sus hechos.

     Nacido en Granada, o como �l dec�a, "esp�ritu destructor salido de las cuencas diluviales del Dauro", vano fuera que busc�semos antecedentes psicol�gicos ni etnogr�ficos en relaci�n con su nacimiento. El nombre de Ganivet, que en catal�n, provenzal, valenciano y castellano de las Partidas significa cuchillo, nos dice su origen por la l�nea paterna: los ascendientes eran de la fort�sima casta catalana-pirenaica, del lado de all� de los Pirineos.



                                                    Yo soy catal�n candongo,
                                                     injerto en godo silingo...,


me dec�a en unos gracios�simos versos que me escribi� justificando las temporadas de pereza o letargo en que no hac�a nada m�s que dejar crecer su pensamiento. Pero la candonguer�a que �l trataba de disculpar no era sino esa calma reflexiva y meditabunda que es la mejor cualidad de los hombres del Pirineo: el silencioso esperar del cazador de gamuzas, tan contrario al desenfreno y desmandado alboroto que hoy algunos, pocos por fortuna, piensan ser car�cter de aquella gente. De la misma raza proven�a, la naturalidad de Ganivet, su llaneza y simplicidad infantil y una fogosidad interna que raras veces se manifestaba, pero que al romper hacia afuera les parec�a extravagante a los hip�critas y a los novicios en el arte de respirar aire libre.

     Por parte de la madre nos encontramos con un apellido casi puramente granadino y de rancio abolengo, Siles, y con otro que trasciende a castellano ricohombre, Garc�a de Lara. Lo castellano que en Ganivet hab�a era tanto y tan bueno, que lo mejor de Castilla, el alma calenturienta de los m�sticos y el ardiente esp�ritu de los conquistadores, parece haber prolongado las ra�ces vivas de su tronco muerto a trav�s de un terreno tan f�rtil y sustancioso como el suyo, y haber encarnado en aquel verbo, el m�s castizo, sano, oreado y multiforme que se escribi� en el siglo XIX; porque tan espa�ol era, tan castellano de raza y de solar..., que no pudo vivir en Espa�a, en esta Espa�a derrotada, desfigurada y contrahecha, y para mejor hablar y escribir su grandioso idioma, aprendi� con prodigiosa facilidad el griego, el lat�n, el s�nscrito, el �rabe, el franc�s, el ingl�s, el italiano, el alem�n, el sueco y el ruso, como el gran se�or que re�ne piedras preciosas de todos colores y clases para estimar y avalorar en m�s los brillantes que adora, pule y acaricia; y para mejor amar a la patria sin ventura, vivi� lejos de ella, horro de sus miserias y peque�eces cotidianas, comprendiendo que lo grandioso no es amable sino contemplado de lejos, e iniciando con sus viajes y peregrinaciones esa provechosa disciplina que todos los pa�ses siguen, menos el nuestro, de conocer lo de fuera para apreciar mejor lo de casa. Por eso Ganivet, como el ingenioso hidalgo manchego, era optimista en el camino y pesimista en la posada; conceb�a siempre las m�s risue�as esperanzas al marchar, ven�a lleno de venturosas ilusiones al volver, y s�lo al hacer asiento y morar en la casa que ve�a pr�xima a desmoronarse, ca�a alguna vez en triste modorra, de la que muy luego se despabilaba, no vay�is a creer que encontr�ndolo todo bien como Pangloss, el optimista por ego�smo y cobard�a, sino como... como �l solo, por generosidad y anchura de �nimo, por ese contentamiento interior, por esa robusta alegr�a que hered� de su ilustre paisano y maestro Fray Luis de Granada, a quien causaba tan grande regocijo el ver trabajar a una ara�a como el contemplar el concorde movimiento de todos los astros del sistema solar.

     En fin, de la rama granadina, por el apellido Siles declarada, tuvo principalmente dos cosas: la gracia urbana y elegante en el decir, hija de la po�tica decadencia de los �ltimos �rabes espa�oles, con cuyo refinamiento y pulidez apenas si podr�an so�ar los prosaicos decadentistas bulevarderos; y el amor al agua, amor que si en todo granadino es pasi�n desenfrenada, en Ganivet era entusiasmo reflexivo, pind�rico. -Todo esto -sol�a pensar contemplando el panorama que ante los bermejos torreones de la Alhambra se extiende, -todo esto lo ha hecho el agua. El seguir las subterr�neas venas de las escondidas fuentes y los ignorados cursos de los r�os peque�os, era, en su opini�n, una de las ocupaciones m�s juiciosas y dignas en que deb�a emplearse el hombre. El sistema de riegos de Mecina-Bombar�n, en la Alpujarra, le parec�a cosa mucho m�s s�lida e importante que todos los sistemas filos�ficos, y contad que �l los conoc�a todos. Cifraba su felicidad en sentarse junto a una fontana pura, como el otro Fray Luis, ya fuese la famosa fuente del Avellano, cuya sonora linfa cantar� el nombre de Ganivet por los siglos de los siglos, ya fuese la fuente grande de Alfacar, que �l mismo, despu�s de haber recorrido toda Europa, proclamaba sin rival en el mundo. Y para que hasta en sus inclinaciones aconscientes hubiera algo de predestinaci�n misteriosa, �l, que amaba al agua m�s que a ninguna otra cosa del mundo, en el agua muri�, en el agua del caudaloso Duina, triste y helada.

     Referiros interesantes pormenores de su vida, que dur� s�lo treinta y tres a�os, como la de Cristo, como la de Garcilaso de la Vega, ser�a no acabar nunca. Lo menos importante ser� lo que digan los bi�grafos probablemente: que Ganivet fue abogado y doctor en Filosof�a y Letras, habiendo sido calificado como sobresaliente en todos los ex�menes y grados; que fue por oposici�n archivero bibliotecario, y despu�s ingres�, con el n�mero uno, en la carrera consular, desempe�ando cargos primero en Amberes, despu�s en Helsingfors, en Finlandia y, por �ltimo, en Riga, donde muri�. Todo esto no importa gran cosa, ni a �l mismo le interesaba. Algo m�s curioso es el empe�o que tuvo en ser catedr�tico de griego. Memorables fueron aquellas oposiciones en que Ganivet, que hab�a empleado unos cuantos d�as (a veinte no llegaron) en la preparaci�n, tuvo que luchar con un buen hombre que se hab�a aprendido de memoria la Iliada, la Odisea y casi todos los poetas griegos, en Barcelona, dedicando a esta faena ocho o diez a�os, con jornada de m�s de ocho horas y sin descanso dominical. Claro est� que el barcelon�s, persona respetabil�sima por otra parte, fue quien se llev� la c�tedra. Y Ganivet dec�a: -La verdad es que no sabe el favor que me ha hecho; porque �c�mo ser� posible amar a Homero teniendo que analizarle y traducirle a diario en clase? Tanto valdr�a estar casado con la Venus de Milo. -Y luego a�ad�a: -�Qu� cara pondr�a una mujer un poco lista y espiritual que despu�s de haberse enamorado rom�nticamente de un hombre, y en un momento de expansi�n y deliquio, llegase a averiguar que el objeto de sus ansias era un se�or profesor de lengua griega?...

     Porque a �l, del mundo, lo que m�s le preocupaba, sin duda, eran las mujeres. No s� yo c�mo entrar en esta parte, la m�s interesante de su vida �ntima, pero tan recatada y misteriosa que hubo en ella un secreto, el �nico secreto que me cel� a m�, y que fue la principal causa de la tremenda crisis que le llev� a la tumba.

     Pero, en fin, dir� que de la humanidad las mujeres era lo que le parec�a digno de atenci�n. Respecto de los hombres, lo desenga�� por completo el trato con algunos ejemplares escogidos, ya con un famoso abogado y hombre pol�tico, en cuyo bufete estuvo oscurecido algunos meses (�tal perspicacia pose�a y posee ese distinguido exministro y remend�n de fracciones pol�ticas desgarradas!); ya otro pol�tico y fil�sofo m�s afamado a�n, a quien la potente originalidad de Ganivet, manifestada en un trabajo escrito, perturb� y trastorn� de tal manera que, siendo ese ilustre var�n por naturaleza y por oficio templado y tolerante hasta la afectaci�n m�s empalagosa, al confrontarse con mi amigo, vimos surgir en sus ojos llameantes no s� qu� reflejos de las pupilas de Torquemada, cuyo resplandor a�n no se ha apagado y se ve aparecer como fuego fatuo, ora en ojos del p�lpito, ora en ojos del Congreso. Ni los ap�stoles oficiales de la tolerancia, ni los ministriles de la pol�tica de callejuela, pod�an entenderse con un hombre como Ganivet, en quien cada sensaci�n de las que inadvierten o menosprecian esos se�ores provocaba series y mundos de ideas jam�s concebidas y de raciocinios jam�s coordinados. No era posible que hombres zambullidos en fangales viejos de convencionalismos seculares y amarrados de por vida a toda la mentirolog�a politiquera, se aviniesen a conceder la beligerancia a un hombre natural como aqu�l que, despu�s de una larga temporada madrile�a de oficinismo, Ateneo, oposiciones e incumbencias de tejas abajo, total, de lucha est�pida, insalubre y mezquina, al llegar al campo una hermosa ma�ana de Abril, sinti� tan formidable alegr�a repart�rsele por todo el ser, que, lanzando salvajes gritos, se arroj� de bruces contra la tierra madre �y comi� hierba!

     No eran, no, los hombres quienes hab�an de comprender y amar a un hombre tan hombre. Comprend�anle y am�banle y segu�anle las mujeres, con aquel instinto sublime con que otras mujeres de otros tiempos siguieron al Redentor y le acompa�aron hasta al pie de la cruz. Sobre ellas ejerc�a la seducci�n involuntaria, la extra�a sugesti�n que no se explica ni se define. Y apartando otros muchos casos que el respeto me veda referir, os contar� que una tarde, all� por los calvos desmontes que hay entre la Plaza de Toros y el Este, se encontr� a dos bellas mujeres que estaban solas comiendo naranjas y pan. Acerc�seles, y mirando gravemente a la que representaba m�s autoridad, aunque ambas eran j�venes y de honesto parecer, la dijo: -Usted es de Granada. -La moza le mir� fijamente, y dijo con un poco de asombro y sorpresa: -S�, se�or. -Y �l entonces, r�pido, replic�: -Y de Loja. -Con lo que el pasmo de ambas creci�, porque, en efecto, de Loja eran. Y las dos mujeres qued�ronse largo rato embebecidas y aleladas mir�ndole y oy�ndole, y aun cuando lo que las dijo era cosa enteramente metaf�sica y no menos alquitarada y espiritual que lo que le dijo a Plat�n Di�tima, la forastera de Mantinea, ellas lo comprendieron todo, y cuando acab� de hablar, yo os aseguro que ambas estaban enamoradas de �l. Cuando se despidi�, bien a pesar de ellas, le preguntaron en qu� les hab�a conocido el pueblo, y con sencillez socr�tica respondi�: -Que era usted de Loja lo conoc� en el acento con que me contest�: -S�, se�or... -Y que era de Granada, en la manera de partir el pan.

     Otros casos de sugesti�n en mujeres de m�s alto linaje vienen referidos en la novela de Los trabajos de P�o Cid, en la que lo real se mezcla tanto con lo imaginado, que yo mismo no puedo separar lo uno de lo otro. Y todos ellos se explican por el conocido hecho de que para buscar el fil�n puro e inagotable del amor humano, s�lo sirven mineros y exploradores con faldas.

     Pero si a los dem�s o a las dem�s sugestionaba con tanta frecuencia, claro est� que �l mismo no se ve�a libre de la autosugesti�n, tan propia de los grandes artistas, como Flaubert, por no citar otros ejemplos; y as�, cuando escribi� su fundamental novela filos�fico-pol�tica La conquista del reino de Maya, para la cual se prepar� con largu�simos estudios african�filos, llegando a aprender el dialecto bant� que hablan los negros del Uganda, del Unyamuezi y del Ugogo, dec�a que no s�lo al conocer ese rudimento de lenguaje hab�a logrado estrechar y comprimir sus ideas hasta meterlas en los cauces angostos del cerebro de un negro semisalvaje, sino que pas� m�s de un mes en cama v�ctima de todos los fen�menos que acompa�an a esa enfermedad casi desconocida que los exploradores y los misioneros designan con el vago nombre de fiebre africana.

     Noto que es hora de terminar este desma�ado relato. Mucho siento que mi torpeza y la inexplicable angustia con que he escrito estas cuartillas sean causa de que os hay�is quedado sin saber qui�n era �ngel Ganivet. Por fortuna, yo os aseguro que lo mejor de su vida y de su alma est� en sus obras impresas y en las que prometo solemnemente publicar cuando pase alg�n tiempo.

     Dos d�as antes de morir, el 27 de Noviembre de 1898, cuando ya estaba lleno del prop�sito de la muerte, dej� en casa de su amigo, el bar�n Br�ck, noble sueco residente en Riga, un pliego dirigido a m�, que es un verdadero testamento, pues en �l dice: �Por si esta declaraci�n fuese necesaria, hago aqu� el resumen de mis ideas y de mis deberes.� Lo que a estas solemnes palabras, que me helaron los huesos, sigue, no me atrevo a leerlo en p�blico. Son cosas hondas, arcanos, adivinaciones y presentimientos, en que solamente un cerebro miope ver� s�bito desvar�o y no prosecuci�n l�gica
de una idea que pasa las lindes de lo concebido, de un pensar que supera a los eunucos, inanes y mendicantes pensares ordinarios. Pero si de las seis proposiciones primeras, en que se muestra su cerebro luminoso con la acariciadora luz del sol que se pone, no quiero ni puedo leer nada, os leer�, para concluir, la s�ptima, en que aparece palpitante y sangrando su coraz�n, el m�s honrado y generoso que he conocido. Dice nada m�s que esto: �No recuerdo haber hecho mal a nadie, ni siquiera en pensamiento; si hubiera hecho alg�n mal, pido perd�n.�

     Yo os juro que �sta es la verdad, y a mi vez, os pido que me perdon�is, ya que hab�is tenido la condescendencia de o�rme.�

     F. NAVARRO Y LEDESMA.

     Abril, 1904.
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