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Actividad dedicada a todos aquellos que sean escritores, poetas, ensayistas, filosofos... Aqui tendran un espacio para publicar su obra y darla a conocer. Para los que quieran participar, solo deben enviar sus aportaciones o textos al Cofrade  Jose Delgado Ruiz

                                                               
TEXTOS DE JOSE DELGADO RUIZ
















                                                         
J.Ortega Gasset  retratado por Giselle Freund, 1938
                                                                                                 Aporte de Jos� Ruiz F.
(www.piedraverde.com/ortega/ )



La realidad como problema.


El aumento de la informaci�n disponible es una constante en nuestros d�as, y el moldeamiento interesado de la exposici�n de los hechos acaecidos una realidad constatable en cualquier medio de comunicaci�n. Los datos inundan nuestra mente de forma incesante, arrolladora, que de forma continua modulan una imagen de la realidad cada vez m�s abarcadora y universalista; una imagen del mundo que se esfuerza en nuestras cabezas por ser el mismo mundo, el mundo real. Kant se esforz� con cre�ble frialdad es mostrarnos (Cr�tica de la Raz�n Pura) la distancia insalvable que media entre la realidad en s� misma y su reflejo, en el caso que nos ocupa la imagen mediatizada que nos llega a trav�s de la televisi�n, el entra�able aparato de radio o el siempre maltratado, por los dominicales parques, peri�dico... Pero nos llega, nos invade todo un mundo de fen�menos: guerras, asesinatos en todas sus variantes, enfermedades y todo un c�mulo de injusticias f�sicas y metaf�sicas que desbordan cualquier capacidad de asimilaci�n.

Gozamos en nuestros d�as una incontestable ventaja con respecto a nuestros antepasados m�s cercanos: gran cantidad de informaci�n. Pero, no obstante, nuestra capacidad de acci�n no ha aumentado en la misma proporci�n en la que lo hace el sinn�mero de cuestiones que constantemente nos salen al paso. Esto no es un problema para aquel que, situado en una perspectiva de dudosa calidad �tica, puede blindar su mente ante la <<injusticia existencial>> o
realidad esencialmente injusta (�acaso no se nos inocula este virus por saturaci�n?); pero, desde una perspectiva moral, resulta casi ofensivo para los dem�s o nos vemos en la obligaci�n de sentirnos culpables cuando una brizna de felicidad logra alcanzar las g�lidas cimas de nuestro maltrecho coraz�n. Porque la realidad es, se nos muestra (nos la muestran), problem�tica -adem�s, los medios de comunicaci�n se ceban a la menor ocasi�n mostrando primeros planos de desmembrados seres inertes y desmembrados para, en nuestra opini�n, satisfacer el dudoso gusto del zafio espectador medio; pues en ello encontramos dudoso valor pedag�gico-, pero con una problematicidad, lo dec�amos antes, que sobrepasa la capacidad de respuesta y asimilaci�n de cualquiera. El enemigo no tiene rostro porque, perm�taseme que utilice t�rminos tan abstractos como rid�culos para la curtida mente del lector, la maldad no tiene rostro m�s que cuando se transforma en un marido que asesina a su mujer porque -literalmente- "estaba harto de ella", de unas adolescentes que asesinan a otra porque le ten�an envidia (la consideraban m�s guapa que ellas), de un grupo de personas que se organizan para asesinar <<extranjeros>>, de un Estado dictatorial que encarcela y asesina a todo aquel que piensa de forma diferente al modelo establecido, o de un pa�s que presume de democr�tico y crea un moderno campo de concentraci�n en un pa�s caribe�o... �Hemos perdido el juicio?

La realidad fenom�nica se nos muestra problem�tica, amenazadora conform�ndose en una bestia demasiado grande, demasiado peligrosa.

Cuando ser vivo capaz de movimiento percibe la presencia de un gran peligro reacciona de forma cobarde pero eficaz: huye. As�, tambi�n el ser humano (animal, muy animal) huye de su problem�tica: mira para otro lado. El problema es que cuando no quedan sitios a donde mirar; entonces los inventa: se emborracha o intoxica de mil formas...

Una de ellas, la pen�ltima me temo, est�, como no, en la televisi�n. No es ya evasiva (lo cual no ser�a tan malo si la evasi�n posee "las propiedades curativas" de, por ejemplo, una excursi�n al campo) sino que es distorsionaste, aniquiladora de las escasas capacidades intelectuales que a�n puedan quedarnos. Nos referimos a la telebasura en general y a toda una serie de programas televisivos donde se ganan el pan la bahorrina inmunda contando, mostrando, y haciendo en directo si es necesario, sus desverg�enzas. Estos seres anormales distraen y forman la mentalidad de la masa que no le va a la zaga en incultura y estulticia, conformando una sociedad necia e intelectualmente in�til. Aunque parece ser �ste, el m�todo "telebasuril" (perd�n, es que hay que re�rse), muy efectivo en alimentar a la masa o hacerles levitar por inanici�n de cualquier cosa que pudiera llamarse cultura.

Y no se trata aqu� de atacar a la masa en cuanto opuesta a la elite, por intelectual que sea o presuma de ser, ni de defender "el orden y las buenas costumbres", sino de pararle los pies a la bajeza moral all� donde se encuentre y al mal en todas sus manifestaciones, nos referimos, al fin y al cabo, a la injusticia como concepto que posee dos vertientes: �tica y jur�dica. Es injusto impedir voluntariamente el desarrollo intelectual de los seres humanos, porque aquello de "la ignorancia feliz" o el roussoniano "buen salvaje" es una sucia mentira; mantener conservados en la estupidez a millones de personas es un atentado: morir de idiotez o vivir idiotizado es mucho peor que sobrevivir asqueado sintiendo la impotencia de no poder hacer nada ante el Leviat�n que nos hipnotiza..., y nos dejamos porque la realidad es demasiado fuerte.

Seg�n recoge Antonio Espina (Ganivet) en su libro dedicado a uno de nuestros granadinos m�s universales; dec�a Ganivet, nuestro ilustre padre espiritual: <<Cuando la realidad es demasiado grosera no hay m�s recurso que embrutecerse o idealizarse; cuando la realidad tiene apariencias hermosas se toma el t�rmino medio de prostituirse, confundiendo la idealidad pura con ciertos refinamientos materiales>>.

Para Ganivet, licenciado en Filosof�a y Letras, adem�s de en Derecho, conocedor de varios idiomas, la realidad de su �poca deb�a parecerle francamente detestable; el mismo imperio de la vulgaridad al que dedica Ortega y Gasset su obra La rebeli�n de las masas (lectura que recomendamos encarecidamente). De estos hombres no debe escandalizarnos su perplejidad ante el rebajamiento del list�n moral e intelectual de sus coet�neos por la distancia que de ellos ten�an. Pero hoy d�a la zafiedad, ausencia de valores y la soberbia necedad que pululan por nuestras calles y se expande desde los medios de comunicaci�n es tal que le hace perder los nervios y la esperanza a cualquier licenciado del mont�n (hablo de m�, disculpen que crea necesaria la aclaraci�n).

Este peligro no es nuevo, Horkheimer y Adorno tratan de ponernos en guardia contra las nuevas ideolog�as burocratizadas, contra la raz�n instrumental (Dial�ctica de la ilustraci�n) que impide la emancipaci�n intelectual del hombre de ese orden establecido dictado de antemano como "lo que hay que ser" dentro del sistema; demonizando aquello distinto que no puede ser reabsorvido como "moda" o "arte" en su vertiente de negocio.

Volviendo a las palabras de Ganivet, recogidas por Antonio Espina, y aplic�ndolas, por su entristecedor valor absoluto, a la realidad m�s cruda y actual; se est� no s�lo prostituyendo la imagen del hombre/mujer en pos de un mejor encaje en la rueda de molino del sistema y, por tanto, con el �nico objetivo de tener �xito, sino que, al carecer de una raz�n fundamentadora de tal acci�n la masa anda desquiciada imitando actitudes, actuaciones y apariencias sin saber a qu� se debe el cambio, por moda (y estupidez) se tornan los ideales y los fines con una validez tan moment�nea como escasa de contenido.

Tener miedo es humano, incluso comprendemos cabizbajos la cobarde reacci�n de la huida, pero por mucho que nos alejemos de la realidad �sta quedar� y se nos impondr� en el hueco que dejamos: la educaci�n de nuestros hijos, por ejemplo, y nuestra propia y continua formaci�n, si acaso hemos tirado la toalla ante la imposibilidad de una existencia propia medianamente satisfactoria (no escribo "feliz" porque me molesta toda mentira, hasta la piadosa). Pero si decidimos huir, m�s vale que vayamos dici�ndoles a nuestros descendientes que empiecen a correr ya porque desde hace tiempo se oye rugir con fuerza la apisonadora de la intolerancia y no preguntar� si somos inocentes sino, simplemente, de qu� lado estamos. Hay que estar preparado para la contienda que hoy d�a se libra ante nuestros ojos si decidimos asistir a ella sobrios y con todas las preguntas por responder. Tampoco debemos perder la memoria si alcanzamos la individual balsa que nos saque del lodo y si, alg�n d�a, desaparecieran las durezas de nuestras manos nos siga sin dar asco estrechar otras igual de sucias que las nuestras de hoy, igual de solas.

Todo aquel que tenga ante s� la posibilidad de decidir sobre la formaci�n intelectual y moral de seres humanos, debiera tener grabadas a fuego en su mente las inmortales palabras de John Stuart Mill (Sobre la libertad): <<un Estado que empeque�ece a sus hombres, a fin de que puedan ser m�s d�ciles instrumentos en sus manos, aun cuando sea para fines beneficiosos, hallar� que con hombres peque�os ninguna cosa grande puede ser realizada>>.

Como no hemos de extendernos, pasaremos del pataleo y la rabia mal contenida al terreno de las soluciones: contra la estupidez, la mejor receta es la educaci�n (medicina de efecto retardado con resultados sorprendentes). Pero, mientras llegan los efluvios sanadores de la cultura, enarbolo la bandera de la rebeli�n m�s intelectualmente violenta; si no te aporta nada, si no te ayuda a lograr cierta plenitud, si no te hace mejor persona,
no leas sus libros, no escuches su m�sica, no soportes sus programas de televisi�n, no veas su cine ni su teatro y, sobre todo, no le votes.



Los nuevos sofistas.

En el Men�n plat�nico, S�crates dialoga sobre la virtud, sobre si es o no ense�able, y, llegado el momento, define la opini�n como un tipo de conocimiento inferior al saber -�ste �ltimo est� basado en razones- (para un estudio m�s profundo, remito al lector a un sencillo y manejable libro de Tom�s Calvo Mart�nez, De los sofistas a Plat�n: Pol�tica y pensamiento, Madrid, Cincel, 1989). Rumiando al respecto (utilizo "rumiar" en el mismo sentido que Graci�n, que tom� h�bilmente para su propio beneficio Nietzsche..., y con un poco de sorna), deduzco que podr�amos establecer cierto paralelismo entre la situaci�n en la Atenas del siglo V -dominada por la sof�stica- y los tiempos en que sobrevivimos, por varias razones: la deriva moral, la utilizaci�n de la educaci�n no siempre con fines emancipatorios, el relativismo instaurado y el af�n por el �xito y el dinero..., entre otros aspectos relevantes. Hoy d�a cualquiera aparece en los medios de comunicaci�n opinando sobre lo divino y lo humano -�ltimamento demasiado humano, pura carnaza- pretendiendo sentar c�tedra con su opini�n sin aportar razones y la siempre necesaria, a veces pedante (les ruego que me disculpen), alusi�n a alg�n intelectual (s�, los hay) de reconocido prestigio como respaldo a su opini�n. As� no es de extra�ar que se acaben gritando e insultando (si no se pegan es por cobard�a, no por cortes�a o caballerosidad). Porque si todas las afirmaciones son iguales, ninguna se apoya en razones/demostraciones, entonces todas est�n al mismo nivel, esto es, todas son igualmente v�lidas, aunque contrarias. Por tanto, para ser m�s que la contraria, s�lo puede superarla por el volumen de voz de su defensor.

En tales circunstancias, tan v�lida resulta la opini�n del "tertuliano" de turno como la del se�or que le grita al televisor increpando al sofista; igual de v�lida en argumentos. No me extra�a que tant�sima (tont�sima) gente anhele con fervor su cuota de protagonismo en la peque�a pantalla; tienen todo su derecho, igual.

La selecci�n de "tertulianos" en muchos de los programas (no todos, afortunadamente) de radio y televisi�n debiera hacerse por orden alfab�tico, tomando como base el censo electoral, de esta manera todos tendr�amos (yo tambi�n deseo insultar a mi oponente dial�ctico con desorbitado engreimiento sin ocultar mis maneras de arrabalero) nuestro momento de gloria y prender�amos mucho m�s..., al menos ser�a m�s distra�do puesto que ver�amos caras distintas (no se si me apetece re�r o llorar; lo cierto es que estoy muy enfadado).



Utop�a educativa.

En la antigua Grecia (me refiero a personajes filos�ficamente tan dispares como los llamados sofistas o Plat�n) muchos se pusieron en guardia contra la democracia por igualar -con su voto- a los desiguales; refiri�ndose a los desiguales en conocimiento, en saber. En el siglo XX Ortega y Gasset publica su nunca bien ponderada obra La rebeli�n de las masas y en ella nos alerta del <<advenimiento de las masas al pleno poder social>>, lo que nos coloca al mismo filo del precipicio. �Por qu� tal circunstancia podr�a parecernos amenazante y qu� tiene esto que ver con el t�tulo de este art�culo? Lo plantear� de la siguiente manera: Si, parafraseando a Plat�n (Laques), cuando hay que decidir, se debe hacer atendiendo al saber y no atendiendo a la mayor�a (cuando tenemos un problema con las tuber�as de casa llamamos a un fontanero; no realizamos un refer�ndum en la comunidad de propietarios sobre lo m�s conveniente), resulta curioso que cuando se trata de regir los destinos del pa�s se le pregunte a cualquiera...

No s� si desilusionar� a alguien -cada vez menos, afortunadamente- al afirmar que esta argumentaci�n en favor de la oligarqu�a comete un error �tico. Cuando el problema ata�e �nica y exclusivamente a una persona es justo que sea �l/ella quien decida; pero si el problema ata�e a toda una comunidad -aunque sea de vecinos- es justo (bueno) que todos/todas y cada uno/una decidan, puesto que se trata de algo que podr�a condicionar su futuro en mayor o menor medida.

Pero la argumentaci�n expuesta en un principio, el "peligro", tiene un aspecto de verdad: dejar una decisi�n en manos de personas que pueden estar muy poco preparadas para tomarla sabiendo realmente lo que est�n haciendo y sopesando sus consecuencias.

�Qu� hacer entonces para librarnos de ese peligro sin atentar contra una �tica emancipadora y libertaria? La �nica soluci�n as� aceptable es -deber� ser- formar a todos los individuos de tal manera que sean capaces de decidir razonadamente sobre los destinos del Estado en el que son ciudadanos con deberes/derechos. Esto es, educar a la masa.

Alguien podr�a objetarme que esto es lo que se hace en los centros p�blicos y privados, a lo cual yo responder�a con una de mis incontenibles y estruendosas carcajadas.

Lo m�s obvio y cada vez m�s ausente (aunque disculpable porque nadie puede ense�ar lo que no sabe; aunque se intente con demasiada frecuencia y petulancia innecesaria) ser�a empe�ar a ser educados dentro del c�rculo familiar; unas m�nimas normas de convivencia que hicieran posible el trabajos de los profesionales en los centros que, les recuerdo, consiste -o debiera consistir, porque en la mayor�a de los casos bastante tienen con mantener el orden dentro del aula- en impartir conocimientos.

Tampoco debemos perder de vista el valor educativo de los medios de comunicaci�n de masas (todos los partidos que alcanzan el poder lo conocen y algunos los utilizan con profusi�n, naturalmente en provecho propio). Me parece de una profunda bajeza moral -o de una ignorancia supina de la realidad- afirmar que el hecho de suministrar basura no obliga a nadie a su consumo, ignorando que los m�s j�venes o menos preparados preferir�n un programa zafio, directo y vulgar a un documental sobre "la Ilustraci�n espa�ola", verbigracia, simplemente porque el primero s� que lo van a comprender y, seamos sinceros, hay personas que muestran un generoso empecinamiento en no pensar en t�rminos abstractos, no utilizando por lo general conceptos. Pero los peligros de una abandono educativo por parte de los medios de comunicaci�n -tambi�n- son temibles (volver� una y otra vez sobre esto).

Se ha de emprender una tarea de <<formaci�n global>> (que quede claro que no he escrito "deformaci�n", ni tampoco "desorientaci�n"; quede claro) y dejarnos de tanto entretenimiento vacuo, ignorando el chisme y la chusma, sean de la clse social que sean, antes de que a las costas de la democracia arriben los demagogos (si es que la demagogia no es un componente "oficial" de nuestra pol�tica).



Generaci�n dominante.

Diserta Ortega (�luz en esta cueva triste!) en el ap�ndice a La rebeli�n de las masas (Espasa Calpe, Madrid, 1997) sobre
la juventud, entre otros asuntos, pareci�ndole evidente �en 1927� que <<nuestro tiempo se caracteriza por el extremo dominio de los j�venes>> (ob. cit, p. 276.), no se pronuncia sobre la cuesti�n de si tal circunstancia es pasajera o si llegar� a ser el signo de toda una �poca. De hecho, tal predominio social fue truncado por la guerra civil en Espa�a y por la segunda guerra mundial en el resto de Europa. El marco de nuestro an�lisis se ci�e al �mbito europeo.                            

En principio, hemos de decir que no es una mera nota hist�rica afirmar que ese proceso de juvenilizaci�n de la sociedad se trunca dram�ticamente con las distintas guerras citadas. Los tiempos de guerra son �pocas para hombres y mujeres hechos, sin concesiones a la puerilidad ni espacio libre a la infancia; a los ni�os/as, sumidos en la desesperaci�n de la angustia vital, les es sustra�da toda posibilidad de vivir su infancia..., nacen viejos. Pero no viejos como ahora, que todo saben antes de que sus padres se atrevan a cont�rselo, sino viejos por carecer de ilusi�n, de brillo en los ojos, de vida.

Una vez finalizada la traves�a por el desierto del horror, el "proceso" sigue su curso y el cambio (nos es imposible utilizar el t�rmino "evoluci�n") se culmina. Antes ��rase una vez� <<las costumbres, los placeres p�blicos, hab�an sido ajustados al tipo de vida propio de las personas maduras>> (ob. cit., p. 280), en la actualidad resulta casi imposible ver, por ejemplo, una pareja de m�s de cincuenta a�os en el cine (a lo mejor es por la calidad de las pel�culas). Y hablo de cine..., porque en una discoteca no se encuentra a nadie que roce los treinta y cinco (quiz�s por la calidad de la m�sica). Todo esto nos lleva a concluir, con Ortega (aunque m�s de setenta a�os despu�s; cada uno da de s� lo que puede) que efectivamente <<los usos, placeres, costumbres, modales, est�n cortados a la medida de los efebos>> (ob. cit., p.281). La generaci�n dominante es la de los j�venes, pero, y esto es lo que nos preocupa, �de qu� edad son los j�venes a quienes nos referimos? �Qu� consecuencias tiene esto realmente? Porque Ortega constata el predominio de la juventud sobre la madurez, cosa que no le parece mal, s�lo teme que <<la juventud de ahora, tan gloriosa, corre el riesgo de arribar a una madurez inepta>> (ob. cit., p. 283-284). Pero los peligros son muchos; podr�a hablar de los peligros para la salud que tiene sobrevivir a una adolescencia disoluta, no obstante y por desgracia no se trata s�lo de eso. Recuerdo, a duras penas, a quienes fuimos los precursores del hoy llamado "botell�n"; qued�bamos ah�tos de alcohol mal destilado y cerveza escondidos las miradas de los dem�s y habl�bamos de nuestros problemas (porque los ten�amos). Subrayo "escondidos" porque aqu� se encierra algo no poco importante: reconocer entonces que lo que hac�amos estaba mal. Lo cual pone sobre la mesa una escala de valores �morales� que pose�amos. Ahora se re�nen en plazas p�blicas a beber en masa y exigen su derecho (�su derecho!) a hacerlo, o sea que piensan que no es moralmente reprobable..., mal asunto.

Pero esto no es lo peor, la generaci�n dominante no es hoy la del joven sobradamente preparado (esta expresi�n da arcadas) que se abre paso en el mundo con la intenci�n de mejorar las condiciones materiales de la existencia �eso de hacer un mundo mejor�, no. La generaci�n dominante, aqu�lla a la que se dirigen los esfuerzos de mercadotecnia, es la adolescencia: elemental, directa y caprichosa. Una generaci�n desprovista de defensas intelectuales, cuyos elementos constitutivos est�n tan obsesionados por ser �nicos y originales que son constantemente llevados al huerto de "lo �ltimo de lo �ltimo". Y todo el que pasa de los cuarenta a�os (o menos) se siente en la obligaci�n (?) de parecer m�s joven. Vivimos la exaltaci�n de la adolescencia y los hay de todas las edades �desde el punto de vista intelectual�. No es excusa eso de que la televisi�n es una basura, que hay muchos escritores pero poca literatura o que no se educa para la cultura, para la formaci�n de personas..., ya est� bien (!). Cosa de todos es darse cuenta que los padres est�n cambiando la parte importante de socializaci�n que les corresponde por dinero, que el mercado est� orientado, como siempre, hacia quienes pueden comprar y son m�s f�cilmente manejables (�nadie observa que en este punto el c�rculo se ha cerrado?). Bueno ser� que la administraci�n ofrezca actividades alternativas (culturales y deportivas) y son elogiables algunos esfuerzos. Pero mientras todo lo dem�s falle los �nicos resultados positivos ser�n los obtenidos por la v�a coercitiva. Mas as� no se forman ciudadanos y ello es de capital importancia porque los j�venes de hoy deben ser los que modulen la acci�n del Estado y le orienten al horizonte que entre todos formaremos con nuestra acci�n o desidia. Es tiempo de asumir la responsabilidad de buscar un lugar en el �gora porque lo que est� en juego es tambi�n nuestro futuro.

















                                                                     
www.helsinki.fi/~amkauppi/hablinks.html
                                                                  

En torno a la violencia.

No pretendo fundamentar ni justificar, s�lo explicar desde un punto de vista cercano a la filosof�a.

Se trata aqu� de la radicalidad de la juventud, radicalidad que puede degenerar en violencia (irracional por definici�n).

La base de este breve ensayo dimana de la distinci�n entre entendimiento y raz�n, de Hegel, y c�mo ambos intentan orientarse a lo absoluto; nos interesa sobremanera identificar aqu� <<absoluto>> con <<vida>>, pero no entendiendo �sta como secuencia temporal unida a un ser individual desde su nacimiento hasta su muerte, sino como un sistema interrelacionado de personas y cosas no fijado en el tiempo. Ante esta vida, el/la joven es un sujeto objetivado que se esfuerza por entender (en el sentido

de analizar, limitar, delimitar), pero de este esfuerzo resultan un c�mulo de sumandos escindidos y, por tanto, enfrentados entre s� en una especie de conflicto de intereses (entendido esto en el sentido menos material posible). En este orden de cosas, en la mente del sujeto entre en juego el impulso vital inherente a la juventud que le empuja a, en palabras de Fernando Pessoa: "Sentir todo excesivamente". Porque el impulso vital de la juventud resulta inabarcable para un sistema dominado por el entendimiento, anal�tico, positivista, delimitante y limitador, un sistema escindido en el que el/la joven anhela, tiene conciencia de una p�rdida o de no haber encontrado algo esencial (amor/cari�o, libertad, trabajo..., puede que la lista no acabe aqu�). En este estado el individuo es tremendamente vulnerable y d�cil ante cualquier espejismo que aparente ofrecer el objeto de su anhelo.

Los problemas de el/la joven, como ser individual, comienzan cuando la vida (para este caso ser�a mejor utilizar la expresi�n de Hobbes, a la que tanto jugo le ha sacado despu�s Habermas, <<el mundo de la vida>>) le hace pagar la culpa de ese enfrentamiento con el sistema conden�ndole al rechazo (social y/o familiar), es entonces cuando esa radicalidad embrionaria se potencia en progresi�n geom�trica y el individuo se refugia, mejor dicho, se abandona a un grupo en el que se cree segura para, desde all�, volverse con rabia hacia ese mundo de la vida que lo rechaz�. El individuo queda entonces alienado y pose�do por algo que no se puede llamar en propiedad ideolog�a pero dirige su comportamiento, le manipula y domina. Es la radicalidad producida por un exceso de entendimiento y la ausencia de raz�n (como potencia unificadora). Esta �ltima es la �nica capaz de salvar al individuo de este trance, salvarlo para s� y para la sociedad. Porque es necesario hacer esta distinci�n: queda salvado para la sociedad cuando se le integra; queda salvado para s� cuando es capaz de sintetizar ideas y formar una voluntad propia. Este segundo momento me parece fundamental, sin menospreciar en absoluto el primero, porque garantiza el no-renacimiento de la experiencia radical.

La actitud razonada ante la vida, la raz�n propia (equivocada o acertada seg�n opiniones) garantiza que sean cuales sean las barreras que nos imponga la vida, como devenir, y nuestro pasado, como lastre y referencia, nunca dejaremos de ser nosotros mismos (aut�-nomos) y no seremos manipulados mas que por nuestra propia ignorancia.


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