El último silencio
El obispo no pudo presidir la procesión porque la enfermedad de su madre le obligó a viajar a Valencia
M. de la Vieja • Murcia
La campana del hermano muñidor quebró ayer la primaveral
tarde para anunciar que
se echaba a la calle el cortejo del Santísimo Cristo Yacente y Nuestra
Señora de la
Luz en su Soledad. La última procesión de dolor y silencio,
el último parpadeo de
Pasión en la ciudad.
La cruz guía que sacaron ayer los de El Yacente es una joya del
siglo XVIII que
pertenece al grupo de la Virgen de Las Angustias. Estaba previsto que el
obispo de
la Diócesis presidiera la procesión. Sin embargo, Manuel
Ureña tuvo que trasladarse
a Valencia porque su madre se puso enferma.
Los penitentes de El Yacente lucieron sus túnicas blancas, símbolo
del luto judío,
con todo rigor y solemnidad y las bocas selladas por el preceptivo silencio
bajo el
blanco capuz. El escapulario metálico de los nazarenos lucía
sobre el pecho de los
cofrades la corona de espinas con el sudario y la curaz inscrita en su
interior, que
es el símbolo de El Yacente. Sobre un mar de claveles blancos desfiló,
portada por
26 nazarenos, la solemne imagen del Cristo dormido ya en la muerte. El
rostro,
relajado, ajeno a la Pasión, es de singular belleza. La talla es
obra de Diego de
Ayala (1570) y es una de las imágenes más antiguas de la
Semana Santa de
Murcia.
Cerraba el cortejo, en el que participaron dos centenares de nazarenos,
el trono de
Nuestra Señora de la Luz en su Soledad. Preciosa Virgen anónima
del siglo XVII de
la escuela granadina.
Al paso de la procesión por la plaza de Belluga, ante la puerta
de la Catedral
cerrada, se detuvo el cortejo, y volviendo los pasos hacía la puerta
de El Perdón se
rezó una estación penitencial. La cofradía del Yacente
ha reclamado en diversas
ocasiones permiso para poder entrar a la Catedral y realizar allí
una estación
penitencial como se hacía siglos atrás, pero hasta el momento
no lo ha conseguido.