La cofradía del Santísimo Cristo de El Refugio lució a su titular sobre el trono restaurado sembrado por un mar de rosas rojas
M. DE LA VIEJA • MURCIA
El recorrido de la procesión del Santísimo Cristo de El Refugio
revistió anoche las
calles de Murcia de emotiva solemnidad. Las voces cantoras de once corales
jalonaron el paso del gran Crucificado con las notas sacras de sus motetes.
Los
auroros acudieron fieles a la cita para cantar sus salves de Pasión
al Cristo de El
Refugio.
Más de un centenar de manolas escoltaron el paso llevando en sus
manos velas
encendidas. El redoble de los tambores destemplados anunció el paso
del cortejo
imponiendo el rigor cofrade entre el numeroso público que aguardó
paciente el paso
de la procesión. Los cofrades de El Refugio, investidos con sus
severas túnicas
nazarenas de color negro y morado, guardaron el preceptual silencio bajo
el capuz.
Ni una palabra, ni un saludo. Todos marcharon disciplinados marcando el
dolor por
la muerte y pasión de Jesús.
El trono del Cristo de El Refugio desfiló ayer recién restaurado.
Se le han añadido
unos varales de plata, se ha reforzado su estructura, y la plata repujada
de sus
adornos lució bruñida entre el parpadeo de la cera.
Un conmovedor respeto inspiró la lacerada imagen de El Crucificado,
al que se le
atribuye el milagro de confortar a un grupo de refugiados que se encontraban
acogidos en su iglesia durante una gran tormenta. Su trono, realizado por
Vicente
Segura, se puso en marcha al golpe de la campana de bronce, que parecía
alcanzar
el corazón cuando resonaba. El cabo de andas usó para golpear
la campana un
mazo de naranjo que perteneció a Jesús el Rico, y que fue
regalado por la cofradía
malagueña a la murciana.
Las escenas de la Pasión desfilaron pintadas por artistas murcianos
en el cristal de
artísticos faroles. Un grupo de acólitos portó los
símbolos de la Pasión sobre
cojines, mientras otros movían los incensarios sacralizando el aire
con su olor.
El pausado avance de los anderos, que mecían levemente el trono
del Cristo, hizo
que la gente se santiguara a su paso. Algunos fieles, clavando la rodilla
en tierra,
miraban enternecidos la imagen de El Refugio. Muchos murcianos vieron la
procesión en algunas de las calles del itinerario y después
corrieron apresurados
para no perderse la recogida.
Al filo de la media noche, cuando la cabeza del cortejo alcanzó
la puerta de San
Lorenzo, la doble fila de nazarenos penitentes, rodilla en tierra, formó
una vía
dolorosa por la que avanzó majestuoso el Cristo de El Refugio hasta
su iglesia. Las
voces del Orfeón Fernández Caballero pusieron las últimas
notas de música al
silencio.