DIARIO "LA VERDAD", DE MURCIA.
13 DE ABRIL DE 2001
 
Silencio conmovedor

La cofradía del Santísimo Cristo de El Refugio lució a su titular sobre el trono restaurado sembrado por un mar de rosas rojas

              M. DE LA VIEJA • MURCIA

              El recorrido de la procesión del Santísimo Cristo de El Refugio revistió anoche las
              calles de Murcia de emotiva solemnidad. Las voces cantoras de once corales
              jalonaron el paso del gran Crucificado con las notas sacras de sus motetes. Los
              auroros acudieron fieles a la cita para cantar sus salves de Pasión al Cristo de El
              Refugio.

              Más de un centenar de manolas escoltaron el paso llevando en sus manos velas
              encendidas. El redoble de los tambores destemplados anunció el paso del cortejo
              imponiendo el rigor cofrade entre el numeroso público que aguardó paciente el paso
              de la procesión. Los cofrades de El Refugio, investidos con sus severas túnicas
              nazarenas de color negro y morado, guardaron el preceptual silencio bajo el capuz.
              Ni una palabra, ni un saludo. Todos marcharon disciplinados marcando el dolor por
              la muerte y pasión de Jesús.

              El trono del Cristo de El Refugio desfiló ayer recién restaurado. Se le han añadido
              unos varales de plata, se ha reforzado su estructura, y la plata repujada de sus
              adornos lució bruñida entre el parpadeo de la cera.

              Un conmovedor respeto inspiró la lacerada imagen de El Crucificado, al que se le
              atribuye el milagro de confortar a un grupo de refugiados que se encontraban
              acogidos en su iglesia durante una gran tormenta. Su trono, realizado por Vicente
              Segura, se puso en marcha al golpe de la campana de bronce, que parecía alcanzar
              el corazón cuando resonaba. El cabo de andas usó para golpear la campana un
              mazo de naranjo que perteneció a Jesús el Rico, y que fue regalado por la cofradía
              malagueña a la murciana.

              Las escenas de la Pasión desfilaron pintadas por artistas murcianos en el cristal de
              artísticos faroles. Un grupo de acólitos portó los símbolos de la Pasión sobre
              cojines, mientras otros movían los incensarios sacralizando el aire con su olor.

              El pausado avance de los anderos, que mecían levemente el trono del Cristo, hizo
              que la gente se santiguara a su paso. Algunos fieles, clavando la rodilla en tierra,
              miraban enternecidos la imagen de El Refugio. Muchos murcianos vieron la
              procesión en algunas de las calles del itinerario y después corrieron apresurados
              para no perderse la recogida.

              Al filo de la media noche, cuando la cabeza del cortejo alcanzó la puerta de San
              Lorenzo, la doble fila de nazarenos penitentes, rodilla en tierra, formó una vía
              dolorosa por la que avanzó majestuoso el Cristo de El Refugio hasta su iglesia. Las
              voces del Orfeón Fernández Caballero pusieron las últimas notas de música al
              silencio.

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