La pasión según Salzillo
La ciudad se tornó barroca al paso de las sobrecogedoras tallas que procesiona la cofradía de Nuestro Padre Jesús
TEXTO: M. DE LA VIEJA • FOTOS: JUAN LEAL
La luz barroca de los salzillos iluminó el Viernes Santo el corazón
de Murcia. La
Real y Muy Ilustre Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno
sacó su tradicional
procesión ante la admiración y devoción de miles de
fieles. Los estantes de todos
los pasos han hecho ricas aportaciones a las tallas para complementar su
belleza
con motivo del 400 aniversario de la cofradía. Han renovado las
potencias de plata
de las tallas de Jesús y también las lanzas de los soldados.
Entre los miles de
murcianos que acudieron a ver la procesión se encontraba el pintor
Pedro Cano, que
quiso ver a La Verónica con el paño de lino que él
le ha regalado. El paso de La
Santa Cena se echó a la calle con sus trece figuras de madera policromada
plenas
de vida. Los apóstoles parecían conversar entre sí,
mientras San Juan, el discípulo
preferido, simula dormitar sobre el regazo de Jesús.
Preciosa salió La Verónica, símbolo de la mujer murciana
del siglo XVIII, en quien
Salzillo se inspiró. El paño, con el rostro de Jesús
pintado por Pedro Cano, se
estremeció con la brisa infundiendo vida a los maravillosos rasgos.
El conjunto
escultórico de La Caída fue otro de los que mayor fervor
despertó. El rostro de
Jesús expresa toda la angustia de la Pasión. Sus ojos, vueltos
al cielo, claman
misericordia. Mientras, el sayón, con gesto zafio, le tira del pelo
para izarlo. Y el
corazón de quien lo mira se estremece. El titular, Nuestro Padre
Jesús, lució una
antigua túnica del siglo XVIII restaurada. La lacerada figura, tiernamente
quebrada
por el peso de la Cruz, retomó el perfume de otros siglos. Portado
por sus estantes,
que con los pies descalzos marcan la ruta pasional de la ciudad, marchó
el
Nazareno en la primaveral mañana.
Salió San Juan pleno de juventud. La imagen del apóstol es
una de las más
logradas del imaginero murciano. Todo es gallardía y movimiento
en la talla. Las
miradas se cuajaron en La Dolorosa. Nadie pudo parpadear al verla recortarse
en el
dintel de su iglesia más hermosa que nunca. Sus lagrimas brillaron
ante el primer
sol de la mañana. Las níveas orquídeas de su trono
contrastaban con el rotundo
burdeos de su nuevo traje y el azul cobalto de su antiguo manto restaurado.
Los
angelicos que juegan a sus plantas lucieron tiernamente los pucheros de
sus
rostros.
El tiempo parecía detenido mientras los salzillos se perfilaban
ante la fachada
barroca de la Catedral. Ni un revoloteo de palomas logró romper
el encanto de otros
siglos del pasado y del futuro, los que se abrazaban ante la belleza sobrenatural
y
viva de las imágenes.