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| AGUA VIVA. El Cristo de la Fe, a su paso
junto a la fuente de la plaza Circular, a la derecha. JUAN LEAL |
Alzan los ojos al cielo sereno los estantes del Santísimo Cristo
de la Fe, convencidos de que entre las nubes les viene el auxilio, la seguridad
de que no resbalará su pie en la vida ni en el cortejo que, a cada
esquina, sorprende a aquellos vecinos apresurados en sus compras. El eterno
escándalo de la Cruz se refleja en escaparates sombríos.
«¿Volveos a mí los hambrientos!», los sedientos
de una Murcia nazarena y cofrade. Declina entonces la tarde luminosa que
se funde con la emoción de Juan de Dios Rogel, presidente de la
institución Capuchina, entre los cánticos encendidos, presurosa
y templada la voz, de los alumnos del colegio San Buenaventura que se prolongan
por media ciudad. Y alcanzan al Cristo de la Caridad, que parte entonces
de Santa Catalina al encuentro de la Fe en Santo Domingo.
CUANDO EL CIELO SE CALMA
Túnica de color tabaco y cíngulo frailuno visten los hermanos
de la Fe, ocultos sus rostros en dos tercios de alumbrantes o con la cruz
a cuestas cuando atraviesan el paseo Alfonso X por el centro, entre los
plataneros que extienden sus ramas para acariciar la cara del Cristo que
imaginara Dorrego en 1954. Reposa la imagen, que también eleva sus
ojos al universo, aferrada a un madero sencillo, propio de un carpintero,
sobre un trono de Javier Bernal, cuyas andan han sido ampliadas este año,
y que portan 32 estantes bajo el mando de Miguel Martínez Mayo.
DESCIENDE EL TITULAR
El descendimiento de Cristo, desde un ventanal de la parroquia de San
Francisco de Asís, inaugura la segunda tarde de Semana Santa que
hace detenerse a cientos de murcianos en su carrera. No son necesarias
sillas para contemplar, sobre cojines de rico terciopelo, los símbolos
de la Pasión, la corona de espinas y un Inri tallado. Tintinean
al fondo los faroles de plata de la comitiva, copresidida por hermanos
de otro Cristo de la Fe, de Puerto Lumbreras, cuando los últimos
rayos de sol se apagan y bosteza la luna. A pocos metros del cortejo, en
el convento de Las Anas, lamentan las religiosas que este año no
pasara frente a su dintel el Cristo. Hubiera bastado con desmontar el andamio
de la puerta a tiempo.
PALADEAR EL MADERO
Cerca de Las Anas, en cambio, los hermanos de la Caridad abrazan con sus lágrimas y un ramo de flores al Cristo de la Fe. Ninguno se entretiene, todo debe consumarse pronto; pero algunos sienten que ha merecido la pena detener un instante el desfile corinto para degustar un momento de gran nazarenía, para paladear que esta joven cofradía, que este Jesús postrado en el madero, llena cada año de solemnidad y fervor la Redonda.