Don Melchor

Don Melchor era un moreno alto que en alguna época debió estar más cercano a la imagen de un futbolista que a la del practicante de una profesión en decadencia. Con su cabello gris y sus gruesos lentes, Don Melchor se ganaba la vida manteniendo y reparando máquinas de escribir.

Mi padre había sido su cliente por largos años. Yo en mi niñez solía pasar parte de las vacaciones en su entonces pequeño estudio de joven abogado ya de moda. Allí llegaba Melchor (el Don vino despues) y comenzaba siempre con la Remington de acero verde que presidía el escritorio de Tere, la secretaria de papá. Melchor casi siempre aprovechaba la hora del almuerzo (en los días en que se almorzaba en casa y en familia) para ejecutar su ritual. Primero tipeaba, con dos dedos, un texto extraido de algún manual. El texto estaba en inglés pero para Melchor podría haber estado en húngaro: lo único que importaba era el estado de los tipos, el sonido de las teclas y la alineada y ordenada acumulación de caracteres en la página.

Hoy que reina la aséptica computadora resulta dificil imaginar lo cercano que estaba el oficio de Don Melchor al del cirujano medieval. Sus instrumentos de trabajo incluían un pequeño mechero, un martillito, alicates, limas, desarmadores y un calibrador. Otras herramientas eran ingeniosas improvisaciones, específicas a un modelo de máquina o a una marca.

Con el tiempo el estudio creció. Mi padre incorporó como socios a un compañero de universidad y a un par de ex-alumnos suyos, el número de secretarias se multiplicó, apareció una oficina de administración y la población de máquinas de escribir creció considerablemente. Fue en esos años que Melchor adquirió el Don, un departamento en Arnaldo Márquez y un auto de segunda mano con el que movilizaba a un escuadrón de aprendices que él supervisaba cuidadosamente.

La llegada de las primeras máquinas eléctricas no pareció alarmarle. Las estudió, aprendió algunas cosas y subcontrató a un electricista. No ocurrió lo mismo con las máquinas electrónicas, que eran costosas y estabán cubiertas por la garantía del fabricante bajo condición expresa de ser reparadas sólo por técnicos autorizados. Pero entonces sólo se podia comprar una o dos de esas máquinas: una pequeña merma en el mercado de Don Melchor, mas de ningún modo una amenaza a su supervivencia.

La llegada de la computadora pasó desapercibida para casi todos en el estudio. Fue un día de verano de 1980 (lo recuerdo bien porque fue en ese tiempo que me colegié como abogado y pasé a ser socio del estudio). De mi viaje de vacaciones en Estados Unidos regresé con una pequeña "Commodore 64" y la estuve enseñando por ahí. Más un juguete que otra cosa para la mayoría, sólo en el departamento de administración le hicieron algún caso: la destacaron a llevar la caja chica y en un par de meses todos se olvidaron de ella.

Para fines de 1982 había en el estudio una computadora para cada uno de los cuatro socios principales, más una para administración y otra de uso común. La oficina se dividía entre aquellos que nos preguntábamos cómo habíamos podido vivir sin la computadora, y los cada vez menos que se resistían siquiera a tocarla. Un día me encontré con Don Melchor que llegaba, a pie. "¿Y qué pasó con el carrito, Don Melchor?", le pregunté, juro que con la mejor de las intenciones. Con un leve gesto de amargura me dijo que el mayor de sus hijos lo usaba para hacer taxi. "¿Y sus ayudantes?" añadí, y me arrepentí en el acto. "Ya no tengo pues ayudantes, Don Carlitos: Yo mismo soy nomás".

Las visitas de Don Melchor se hicieron cada vez más espaciadas. Llegó el momento en el que él, al que ya nadie llamaba, se aparecía espontaneamente. Preguntaba siempre por Doña Teresita, la secretaria de mi papá, y ella siempre lo recibía y lo ponía a trabajar en la vieja Remington verde y alguna otra máquina que alguien conservaba por ahí por si venía un apagón o para hacer sufrir a los practicantes. Don Melchor se abocaba a sus labores como siempre, o quizás aún más concentrado que de costumbre, observando cada pieza desde detrás de sus gruesos anteojos y sus setentaitantos años.

Un buen día mi padre, a la sazón una figura ceremonial en el estudio, tuvo que decirle adios a la fiel Teresa y recibir a su segunda secretaria: Karencita, la hija de la tia Clemencia. Sin más doñas ni dones, Karencita en su primer día vio la vetusta Remington y le preguntó a su flamante jefe: "¿Y qué hacemos con esto, tio Beto?". Yo estaba a punto de explicar que esa máquina era parte de la historia del estudio, la que había servido para grandes contratos tanto como para mis tareas escolares, pero mi padre, sin darme tiempo, respondió con extraño entusiasmo "ya sé, se la regalamos a Don Melchor".

Y así fue como, la siguiente vez que Don Melchor apareció a ofrecer sus servicios, el guachimán lo hizo subir a donde Karencita. Ella llamó a mi padre y éste salió de la oficina en la que dormitaba para, despues de decir unas breves palabras que sonaron sospechosamente similares a las de la despedida de Doña Teresita, hacer entrega de la Remington verde y luego marcharse contento al Phoenix Club para su almuerzo y timba de los jueves.

Don Melchor se quedó a solas conmigo, con la mirada yendo de la máquina al techo y viceversa, sin decir palabra. Saqué del bolsillo un billete de cincuenta soles: "Sírvase, maestro, para su taxi". "Muchas gracias don Carlitos, muy amable de su parte" me respondio él, casi diría que con sorna.

Al regresar del almuerzo la Remington estaba al lado de la puerta de entrada, junto al guachimán. "¿Y qué pasó con Don Melchor?" pregunté al vigilante. "Se fué hace rato, doctor. Me dijo que me regalaba esta máquina, para mis hijos dijo, no sé de qué me estaba hablando". No puedo decir que estaba sorprendido. Seguí mi camino hacia las escaleras. "¿Doctor?" me interrumpió el guachimán. "¿Sí?". "Si no es indiscreción, doctor: ¿de verdad me puedo llevar esta máquina?".

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