A mi familia
A mi amigo Roberto
estos poemas y silencios
Algo vuelve a tu lado
como cuando voltean
las olas del mar
y regresan las estrellas en la noche.
Nosotros tenemos un regreso
no existe temor por la muerte
cuando creemos todo es vida.
El barco en el silencio llega...
que no digan que los vientos
son tan fuertes
que sostienen gigantescas murallas.
Hay algo que enmudece
y tus ojos encienden
con un calor ausente...
cuando mueve la brisa
el barco se va
hacia el horizonte.
Quiz� podr�amos caminar juntos
y acariciar la palma
de una mano
que busca otros caminos,
hemos llegado
al lugar esperado
y el silencio se nos rompe.
Hay una carga que lleva
y lo hunde, el barco declina,
los ojos de esa ni�a lo salvan
es la mirada del mar en calma
y de tranquilas aves
que abordan sus trazos.
Cuando suba la alborada
algo caer� sobre nuestras miradas.
He llenado la boca
de reserva marchita.
Quiz� la verdad sea
algo que se oculte.
Quiz� los ojos
sean la brisa
que se agita.
Quiz� los sue�os
sean el rumor
del viento que se mueve.
Adentro de m�
hay una casa
de un �mpetu querido, abriga
silencios, tan s�lidos y grandes.
Si pudiera huir al mar
de agitados corazones
y buscar los rumbos necesarios del d�a.
Ni acr�bata de tri�ngulos,
ni rostro maquillado,
los dibujos son punta
juego sobre la alfombra.
El movimiento m�s preciso.
Esta traves�a fue la propia
indecisi�n de tus labios,
esperabas el amanecer,
su sol sumergido.
Ahora bordas otra entrega.
S� que est�s abrazando una noche,
te acompa�a su figura.
Evaporas el hueco de los a�os.
La creaci�n vuelve a la muerte
y dejaste un s�mbolo
de regreso a la forma de los frutos.
A Manuel Ponce
"Que no se confundan jam�s
lo terrenal y lo celeste,
el esp�ritu y el artificio..."
En el templo limpiaban los vitrales.
Penetran luces como dardos,
d�as secos arrastran al hombre
en una hoja.
En el centro del pasillo
un ata�d era el pozo de cadenas
atando manecillas.
Voluntad de eternizar
acaso su ceniza,
las letras de su canto.
Los hombres limpiaban vitrales,
espigas de un fulgor ajeno,
tonos atados del santuario
por una luz eficaz
por una luz rotunda.
Arranca del cristal la espiga
y hace de ella una flauta
que desata un ritmo legendario.
La tarde es una brasa
donde arde desde el comienzo este libreto,
no hay escapatoria,
no puedes bajar del escenario
ni construir un puente
dentro del di�logo.
Te dir� todo
entre tejidos
de palabras.
Te contar�
cada letra
y estas frases
ser�n un logro
en una aguja.
A Roberto
Volc�n de la luminosa
ansia de una forma,
azufre verde,
cr�ter cenizo,
hierve en la tinta vaga
que ti�e el gozo
de intacta flama.
Emboscada que urde
el lazo de secreto esp�a.
Este Iraz� dej� la f�rtil
exortaci�n de agria y dulce
recompensa, amigo rebelde
y basto en la conjetura,
desmoronaste la pared volc�nica.
Erupci�n que confunde
y causa estrago
parece se�orita avergonzada
en su desnudez de cono.
Como la luna tu suelo
enciende la noche
y su camino para coincidir
en un punto del sue�o.
Un d�a est� a la derecha
y otro bajo la izquierda
detr�s de ella, aparentemente nadie,
sin embargo, la gu�a un ej�rcito
que tiene mucha prisa por vencer.
El peque�o roc�o que que levanta,
no es el rugido de temible perfecci�n,
ni ret�rica del mar,
ni batalla para llegar
a la visible orilla de la playa.
No deja ni una orquesta la veleta,
es la manejable veleidosa
de cien voces.
Cae incendiada sobre esta memoria,
tan lejos de s� misma.
El faro la pierde
cuando deja de alumbrarla,
indecisa, naufraga en la vida.
Qui�n pudiera moldear el verdadero rostro,
encaminado con las yemas,
un demonio o un �ngel,
piensa, mientras escribe:
"mi deseo ser�a regresar enseguida"
deveras quisieras volver,
correr al centro,
no hay firmeza,
olvida la llave de la pradera divagante
y de verdad, las fuentes est�n secas,
huelen a viejo, no hay transparencia.
Uno se equivoca de molde, de ense�anza.
Pasa un a�o sobre el a�o,
nadie te aleja de esa criatura nerviosa,
mujer armada de la pregunta suplicante.
Un manicomio puede estar en cualquier sitio
basta seguirlo en los detalles,
delante o detr�s no cambia nada.
Un d�a lo conocemos en la fuga
hacia la enramada venenosa
que del quieto �rbol se desprende
como fruta madura o ya podrida.
Moldea Rodin
sobre la arcilla
tu cuerpo, tu expresi�n,
sus dedos no se borran Camille
son huellas escult�ricas.
No se define nunca,
tiene una sicosis inexplicable,
usa sombrero,
se pinta su rostro, voluble,
quiere todos los aplausos,
sube a una tarima
con una pisada escandalosa
bailotea sin tino,
ataca de nuevo, aprieta el tac�n
hasta sentir que se desmorona
un insecto entre la suela y la madera.
Intocable, voraz,
r�e cuando no puede sisear
se arrastra la serpiente,
mueve del ajedrez las piezas
de una arena inmutable,
cambia su vac�o de �mbar
por un aliento de agua.
Toca sus orejas
un sonoro descubrimiento.
No es f�cil acomodar acentos
duende de pla�ideros desacordes
dice los infortunios que le cuentan,
investiga los detalles,
viajan las historias por su paladar,
saborea cada letra.
Cuando llega a casa
no cuenta nada,
su silueta queda opaca,
entonces piensa
de qui�n hablar� ma�ana.
Los objetos antiguos acumula
el orden se pierde entre la polilla.
No caben en el cuarto,
todo se revuelve, olvido y objetos,
no caben en la casa,
las monedas de fechas remotas,
los cuadros de firma gastada.
Este hombre los contempla,
revisa su existencia,
limpia los bordes
y los guarda en el olvido,
se pierde en ellos,
los hace reliquias,
tiene m�s, se olvida de s� mismo,
existe en la contemplaci�n material
de llenar los espacios.
Rob� el fuego
para los hombres
del secreto de una ca�a
y el hurac�n tembloroso.
Est� encadenado
por desobedecer a los dioses,
dio el fuego a los hombres
crey� que los alumbrar�a
y los volvi� ciegos.
Tiene las extremidades atadas
se mueve entre las rocas.
Astral se eleva entre las llamas
de todo fuego necesario.
Cuando ignoras al tigre
lo llevas en un �palo
que despu�s aparece
entre la distante agua.
Cuando ignoras al tigre
lo miras reflejarse
entre el espejo de ti mismo
y el �mpetu que vuelve.
A Juan y Araceli
Primero
Est�n sentados
en la arena.
plenitud y n�ctar.
Segundo
Caminan de orilla a orilla
entre diminutas fracciones
de corales y arena.
Tercero
Est�n solos,
cerca del mar
con su piel imaginada.
He ido de exploraci�n, Malraux,
y no he conquistado m�s de dos sendas;
una que se edifica y otra que cae en ruinas,
pedazos sin conquistar, algunas trampas.
Dices un nombre
en este hogar de astillas,
te aproximas al patio asombrado,
lo repites con ansia
porque t� eres una ventana,
recorres la puerta
y la abres al mismo sitio,
se asoma tu figura.
El polvo llena los muebles
pasando por el interior
de esos cuartos que te habitan.
Deshojar las habitaciones como una margarita
con una s�bana, los muebles, taparlos
porque entra un rumor extra�o,
el mismo aire en la ventana
apacible en el �rbol de granadas
entregados a los pasos que transitan.
Cierran las puertas de este sombro
donde duermen bajo curva caricia
perfumadas de un bell�simo verde
que busca atesorar sus ramas.
Vuelve a tus ojos,
el frenes� joven,
el color del trazo.
Te recuerdo en la memoria
del espejo amplio.
Es una construcci�n
que alberga la mirada
viajera de quien llega
para quedarse,
qu� ganas de abrazar
con manos largas,
de habitar los labios
y las pesta�as alucinadas,
de grandes espejismos.
Abrazas c�lidamente
realidad de efigie.
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La edici�n virtual est� al aire a partir del 3 de agosto de 2003.