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El nombre con el que ella me llamaba, cubri�,como el jazm�n florido, los diecisiete a�os que dur� nuestro amor. A su son se mezclaba el estremecimiento de la luz entre las hojas, el olor de la yerba en la noche de lluvia, el triste silencio de las �ltimas horas de tantos d�as ociosos.

No era solamente obra de Dios el que responde d�a a ese nombre; ella lo cre� de nuevo para s� misma, durante esos diecisiete a�os fugases .

Otros a�os hab�an de seguir; pero sus d�as vagabundos, no recojidos ya en el redil de ese nombre dicho con la voz de ella, se estrav�an y se pierden.

Me preguntan: "�Quien nos entrar� en el redil?"

No s� qu� responderles, y sigo sentado en silencio; y ellos, dispers�ndose, me llaman: "�Buscamos un pastor!"

�A quien buscar�n? No lo saben. Y como nubes abandonadas del anochecer, se van por la oscuridad sin sendas, y se hunden en el olvido.
EL NOMBRE
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