APECA


INDICE


MERCADO
MUNICIPAL


RODRIGO SOBERANIS MARTINEZ
Hijo del matrimonio campesino compuesto por Isidro Soberanis Arango y Hermelinda Mart�nez.

Naci� el 21 de Septiembre de 1926, en la finca San Francisco Pie de la Cuesta, Colomba, C.C.

Escribi� versos para: Saturnino Rustr�an, Al Club Xelaju, Pontaza el ciclista; a don Diego P�rez L�pez, al "Almuerzo Recalentado" (Lencho), a Coatepeque y otros que fueron mal logrados al haberse terminado en el incendio que tuvo lugar el 13 de Noviembre de 1987 aqu� en Coatepeque.


Ha escrito otras obras de teatro como Judas, La Muerte de Rosita, El Lustrador B�rbaro, que tambi�n terminaron en el mismo incendio.

Sus Obras
A LA ESTACION DEL FERROCARRIL
A LA ESTACION DEL FERROCARRIL
Iniciaste tu vida como joven lozana,
ofreciendo sonrisas dulce y atrayente
despertando a la vida en cada ma�ana
con el alegre palpitar de tu gente.

Deseabas ojos por los cuatro costados
cuando la multitud te gritaba feliz,
al acercarse aquel monstruo ahumado
que hac�a temblar tu estructura gris.

Miles de paquetes y m�s encomiendas
han corrido por tus nobles pasillos,
ayudaste a surtir cientos de tiendas,
brindando tu servicio �til y sencillo.

Recordar�s que cobijaste a tantos mendigos
y diste albergue a gente sin techos,
cierto que agonizas y la historia contigo,
pero tranquila por las obras que has hecho.

Tambi�n diste vida a gentes activas
que deleitaban a la grey peregrina,
vinieran de abajo o vinieran de arriba,
ofreciendo en canasto sus mil golosinas.
Hab�a atoles y tortillas calientes,
tamales de carne, hechos con amor.
Tomando y comiendo paseaba la gente
esperando que volviera a pitar el vapor.

Por tus corredores pasearon parejas
�vidas de un futuro fiel.
S�lo ves que se besan y alegres se alejan
buscando un rinc�n para su Luna de Miel.

Testigo fuiste de madre partidas
que han perdido del alma, su fruto,
y miles de esposas de cara afligida,
llorando su suerte y vestidas de luto.


Causa nostalgia tu recuerdo de ahora
ya no se oye el corretear de Troqueles,
que m�s parec�an hijos de la  Locomotora
que traqueteaban tambi�n sobre los rieles.


Est�n en descanso tus viejas romanas,
dejando entre una ciudad pujante se pierde,
aunque pasen los a�os y te cubra la sombra
cari�osamente habr� quien te recuerde.
MADRE DE PIEDRA
Dedicado al Monumento de la Madre, Coatepeque
MADRE DE PIEDRA
Dedicado al Monumento de la Madre, Coatepeque
Madre: No es que quiera dedicarte un verso,ni una canci�n r�tmica o coqueta,
lo que quiero es recordar que el reverso es lo �nico que se lee de tu plaqueta.

Yo s� que la maravillosa iniciativa
que ilumin� a la colonia coatepecana
de nombrare como Madre representativa es plausible por la comunidad humana.

En la mente nuestra, muy pocas veces
se enciende una luz blanca como �sta
de dar el honor que la madre merece
aunque fuese en forma modesta.

Lo que tambi�n vale es ese gesto
que es reflejo de amor y gratitud,
y m�s ahora que has ocupado un puesto junto al monumento de la juventud.

Pero aunque el lugar fuese de honor
si hasta aqu� ha llegado el olvido
no hay nadie que te ofrende una flor,
para demostrar que de una Madre ha nacido.
De homenajes? Ni siquiera me preguntes
nunca vas a escuchar a Mariachis Cantores.

Solo el vaiv�n de algunos transe�ntes
y el eterno rugir de motores.

Sigues siendo una Madre de Piedra
de incansables brazos arrullando un beb�.
Como siempre, amor que nunca se quiebra aunque bajo el sol, est�s muriendo de sed.

S�lo el sol ate brinda caricias
cuando sus rayos te abrazan y besan,
pero al cumplir tambi�n se deslizan,
porque se ocultan y ma�ana regresan.

Tambi�n la lluvia que ba�a tu frente,
es caricia que te manda el Creador,
no porque seas una Madre que siente
sino porque tu pueblo te niega amor.

Nunca ver�s ante ti una sonrisa,
ni un hijo que con respeto "se cuadre".
Pero mientras el tiempo fugaz se desliza
aunque de piedra seguir�s siendo "MADRE".
EL CORONEL DIAZ
(Cuento)
EL CORONEL DIAZ
(Cuento)
Hace muchos a�os cuando Coatepeque todav�a luc�a sus follajes en lo que  es ahora el parque, se ergu�a hermosas matas de corozo y manaques.  El alumbrado el�ctrico proven�a de una finca vecina, pero los focos quedaban muy distantes y tan d�biles que m�s parec�an candiles.   Lo que se conoc�a como cuartel del ej�rcito estaba donde es ahora la Escuela Oficial Urbana San Francisco.

Hab�a en ese entonces un Comandante conocido como el Coronel D�az.  Hombre que manten�a amedrentados a todos sus subalternos por su car�cter prepotente y grit�n.  Cuidadito que un soldado tratara de volver la cara para mirar a una dama, porque inmediatamente lo arrestaba; se ufanaba de ser el �nico hombre valiente en Coatepeque.  En sus conversaciones siempre sal�an a relucir sus jactancias, y a�n m�s cuando se daba cuenta que hab�a damitas que lo escucharan.  Cuando miraban acercarse a una dama, se ergu�a sobaba la visera y hasta se "cuadraba".  Pues el f�sico le ayudaba y adem�s lucia un uniforme impecable, completamente la llamada de atenci�n con una tosecita ronca.

Al principio todos creyeron en su valent�a, pero poco a poco se fueron dando cuenta que estaba exagerando; hasta que ya cansados un grupo de j�venes hombres y mujeres dispusieron jugarle una broma.

En ese tiempo se hablaba mucho de la "Llorona" que vestida de blanco sal�a del cementerio cruzaba el caser�o.  Al o�rla los perros aullaban, los jolotes gorgoreaban, los tecolotes tejaban de pujar y los grillos dejaban de rechinar, el viento soplaba con fuerza acariciando las ramas de manaques que silbaban al comp�s de su hamaqueo.  Era cosa de par�rsele el pelo a los m�s calvos.


El d�a de los Santos, muchos llegaban a cantar sobre las tumbas con violines, guitarras y acordeones, diz que para que la Llorona entrara en tranquilidad.  Esto daba inicio en la madrugada. 

En ese tiempo se corr�a la historia que nadie pod�a entrar al Cementerio despu�s de las seis de la tarde porque se lo ganaba la llorona, o sea que lo reten�a a saber con qu� fines, pero la verdad es que ya no regresaba, por eso en el tiempo del Coronel D�az ya nadie se atrev� a acercarse al cementerio.  Y el grupo de j�venes que se form� le contaban estas historias al Coronel con la intenci�n de impresionarlo, pero �l siempre acotaba que en Coatepeque faltaban "Hombres Valientes".

El camino al cementerio era un poco m�s ancho que una vereda y en lo que es hoy el port�n de entrada, hab�a un arco de bugambilia que dejaba caer algunas ramas con hermosas flores que le daban un matiz muy agradable a la entrada.  Peor esto era de d�a.

De noche el aspecto era diferente, porque la luz no llegaba a iluminar hasta all� y esto pon�a m�s t�trica la mirada.

La muchachada se�alo un d�a para poner a prueba a la hombr�a del Coronel y lo invitaron a tomar unas copas en la cantinita de "T�a Tina"- Una viejita de mucha experiencia en su oficio.  Cuando lo invitaron preciosas patojos, el Coronel acept� encantado y acudi� a la cita, porque tambi�n era adicto a las copas.  (En ese tiempo todav�a el licor se vend�a en copas).   Trat� de llegar lo m�s elegante posible estrenando Kepi y Charpa, y una pistola niquelada en una funda con torniques y bordes dorados, y todo con una fragancia de las m�s finas, y arom�ticas de ese tiempo.  El cintur�n lo mismo con sus iniciales al alto relieve con toques dorados.


No era para menos, hab�a que estar hasta la �ltima porque se trataba de una cita con las muchachas m�s simp�ticas.  La "T�a Tina" tambi�n puso su parte.  Sacudi� su mostrador escondi� los cigarros de "tusa", limpio las botellas, lav� las copas, coloc� en la pared unos peque�os posters con propaganda de cigarrillos "Coyote" que empezaban salir, y hasta coloc� unos flecos de papel de china.  Todo porque las muchachas la hab�an puesto sobre aviso.

El Coronel nunca se hizo acompa�ar por ning�n soldado, porque seg�n el dec�a �l, era lo suficiente valiente y pod�a valerse por s� solo.   Pues hizo su ingreso pasado un poquito de las seis de la tarde, la muchachada lo salud� con mucho respeto, a �l le gustaba que le hicieran el saludo de su rango.  Las muchachas s�lo le dieron la mano.  (En ese tiempo no se acostumbraba el beso que hoy las damas casi siempre lo dan al aire).

Al verlo "T�a Tina" corri� a cortar limones de su matita que ten�a en su patio y pronto estaba atendi�ndoles.  Iniciaron con poquitos.  El primero en invitar fue el Coronel; lo sigui� Melecio un muchacho mulato de car�cter juguet�n.

As� las copas se iban cargando cada vez m�s de licor.   Pasaron las horas y mientras tanto le iban tocando ya los �nimos al Coronel para ver si se atrev�a a internarse en el cementerio al llegar a medianoche.  Claro...que con pocas copas y con muchachas tan chulas hab�a ofrecido demostrar su valent�a.  Pero conforme se acercaba la hora parec�a que se retractaba.  No hab�a para donde las muchachas le recordaban que �l era el quien ten�a qu� demostrar su valor. 

Algunas veces intent� retirarse aduciendo que ten�a otros compromisos, pero las muchachas que eran las carnadas le tiraban los brazos encima y le acariciaban para que no escapara.  En fin que lleg� el momento.  A las doce menos cuarto le dijeron:"Bueno Coronel, ha llegado el momento... nosotros lo admiramos y lo respetamos y deseamos que sea usted el primer valiente que se interne al cementerio y que nada le pasar�".  Mientras lo tomaban de los brazos y encaminaban hacia la puerta: "Bueno,- dijo el Coronel- que todo...hip...sea hip... poe el cari�o ...hip...hip que siento...hip.....por ustedes...hip...les demostrar� ...hip...por qu� traigo....hip...los pantalones". 

Se corrigi� la postura de la gorra, estir� la guerrera con ambas manos para abajo, corri� atr�s la posici�n de la pistola, puso la mano sobre la charpa y empez� a caminar haciendo lo posible por mantenerse erguido.  Desapareci� en la penumbra.  Los muchachos esperaron m�s de media hora , al ver que no volvi� dispusieron todos tomar camino cada uno a su casa, porque nadie se atrevi� a acercarse a la entrada para saber lo que habr�a pasado.  En el trayecto hacia sus casas se iban haciendo especulaciones sobre el resultado de la broma, ahora culp�ndose mutuamente.  Total cada quien para su casa.
Al nom�s aclarar se reg� la noticia que el Coronel D�az estaba sin vida en la entrada al Cementerio. Inmediatamente los que promovieron esta broma corrieron a enterarse, y sin comunicarse m�s que con las miradas.  Hasta ese momento se dieron cuenta que el Coronel al pasar una rama de bugambilia le toc� la cara y �l trato de defenderse con la charpa, pero en la acci�n hal� una buena rama que le introdujo una espina en el cuello.  En el acto el Coronel se sinti� vencido y muri� de sugesti�n.
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