CONSIDERACIONES Y PROPUESTAS PARA EL DISEÑO DE UN SISTEMA DE EVALUACIÓN DEL DESEMPEÑO DOCENTE EN EL MARCO DE UNA REDEFINICIÓN DE LA CARRERA MAGISTERIAL
1. ¿QUÉ ES EVALUACIÓN DEL
DESEMPEÑO DOCENTE?
1.1 ¿Cómo entender la evaluación?
1.2 ¿Cómo sentir la evaluación?
1.3 ¿Qué es desempeño docente?
1.3.1 ¿Qué debe saber el buen docente?
1.3.2 ¿Cómo debe actuar el buen docente?
1.3.3 ¿Qué resultados debe lograr el buen docente en su práctica profesional?
2 LA FINALIDAD DE LA
EVALUACIÓN DEL DESEMPEÑO DOCENTE
2.1 ¿Para qué podría ser útil la evaluación
del desempeño docente?
2.2 ¿Quién podría ganar y qué con un
sistema de evaluación del desempeño docente?
3 LOS OBJETIVOS Y LOS
PROCEDIMIENTOS DE EVALUACIÓN MÁS APROPIADOS SEGÚN FINALIDAD
3.2 Evaluación para seleccionar a quienes
se incorporen a la carrera magisterial
4 DESCRIPCIÓN DE ALGUNOS PROCEDIMIENTOS
E INSTRUMENTOS DE EVALUACIÓN DEL DESEMPEÑO DOCENTE
4.7 Coevaluación o evaluación de los pares
4.8 El rendimiento en el aprendizaje de los
alumnos
La evaluación educativa es un proceso muy
complejo y precisamente por esta razón existen muchas formas de conceptuarla,
definirla y entenderla.
Es posible definirla a partir de lo que se hace
cuando se evalúa y así afirmar que es un proceso de construcción de conocimiento
a partir de la realidad, con el objetivo de provocar cambios positivos en ella.
La evaluación educativa nunca es un hecho aislado y particular es siempre un
proceso que partiendo del recojo de información se orienta a la emisión de
juicios de valor respecto de algún sujeto, objeto o intervención educativos[1].
Pero un proceso evaluativo sería absolutamente limitado y restringido si no
estuviera dirigido, explícitamente, a la toma de decisiones en función de la
optimización de dichos sujetos, objetos o intervenciones evaluadas.
Por ello es que se suele afirmar[2]
que éste es un proceso cognitivo (porque en él se construyen
conocimientos), instrumental (porque
requiere del diseño y aplicación determinados procedimientos, instrumentos y
métodos) y axiológico (porque supone siempre establecer el valor de algo). De
estos tres procesos simultáneos, sin duda, el proceso axiológico es el más
importante y significativo, porque cuando se evalúa no basta con recoger
información, sino que es indispensable interpretarla, ejercer sobre ella una
acción crítica, buscar referentes, analizar alternativas, tomar decisiones,
etc. Todo lo cual tiene como consecuencia fundamental la legitimación del valor
de determinadas actividades, procesos y resultados educativos, es decir la
creación de una “cultura evaluativa”, en la que cada uno de los instrumentos
empleados y los conocimientos generados adquiere sentido y significado. En tal
perspectiva Valdez (2000) afirma que la evaluación del desempeño docente es
“una actividad de análisis, compromiso y formación del profesorado, que valora
y enjuicia la concepción, práctica, proyección y desarrollo de la actividad y
de la profesionalización docente”[3].
La evaluación, quiérase o no, orienta la actividad educativa y determina el
comportamiento de los sujetos, no sólo por los resultados que pueda ofrecer
sino porque ella preestablece qué es lo deseable, qué es lo valioso, qué es lo
que debe ser.
Por otra parte, la evaluación educativa también
se suele definir ateniéndose a aquello que es objeto de evaluación. Si ésta se
centra en los resultados educativos se la define como evaluación sumativa. Si,
de manera diferente, se orienta al estudio y valoración de los procesos
educativos y de las interrelaciones educativas entre los sujetos se la define
como evaluación formativa. En la primera de estas dos comprensiones,
generalmente la evaluación es asociada al uso de determinas tecnologías
educativas, al empleo de ciertos instrumentos y escalas de medición. Mientras
que la segunda de ellas busca comprensiones más globales, muchas veces no
cuantificables.
También es posible hacerlo a partir del tipo de
proceso y su finalidad. Así, algunos la conciben como un proceso riguroso de
medición cuantitativa que tiene puesto el interés en realizar comparaciones
precisas y determinar distancias cuantificables entre una situación determinada
y un modelo deseable, claramente establecido. Una evaluación de esta naturaleza
requiere hacer uso de un patrón de medida, lo que supone definir indicadores
objetivamente verificables y cuantificables, determinar desde allí unidades de
medida, construir escalas de medición y diseñar instrumentos válidos y
confiables.
Pero, quienes la entienden, más bien como
construcción y emisión de juicios de valor, o como un proceso de valoración no
cuantitativa en función de ideales, es porque lo único que desean lograr es que
se acorte la brecha entre los desempeños y condiciones actuales y los
deseables. Para poder evaluar el desempeño docente desde esta comprensión, se
requiere tener claridad y haber alcanzado acuerdo respecto al deber ser del
desempeño docente y contar con una conciencia ética y moral suficientemente
desarrollada, especialmente en los docentes, porque la evaluación tendería que
ser sobre todo una auto y coevaluación, desarrollada a través de procesos de
reflexión y análisis de los propios desempeños, en relación con los desempeños
que la sociedad o el sistema educativo
considera deseables.
Finalmente, hay quienes la asumen como
autoverificación de objetivos alcanzados o comparación entre lo conseguido y lo
personal o colectivamente deseado o proyectado, entre el camino recorrido y el
camino previamente diseñado. En esta perspectiva se requeriría que los docentes
y los centros hubieran formulado sus propios objetivos, claros y bien definidos,
así como diseñado estrategias plenamente aceptadas.
Sin embargo, es importante tener en cuenta lo
que muchos han hecho para evitar una evaluación reducida y miope, a saber,
optar por una evaluación definida como la combinación de todas estas comprensiones,
asignándole mayor peso y significatividad a alguno de los polos dentro de las
combinaciones resultantes. De esta opción podríamos concluir que al proponerse
evaluar el desempeño docente es importante tener e cuenta que:
Es indispensable estar seguro de que lo que se
evalúa es lo que se considera efectivamente un desempeño deseable, porque el
efecto “cultural” de lo realmente evaluado será siempre más poderoso y
determinante, sobre los desempeños futuros, que las intenciones declaradas de
la misma.
Se debe prestar más atención a la “cultura
evaluativa” que se originará con la forma en que se evalúe que a los procedimientos
e instrumentos de evaluación. En todo caso, antes de aplicar estos últimos es
indispensable determinar cuáles serán los impactos que podrían producir
(positivos o negativos) en la cultura evaluativa que se requiere construir.
No deben efectuarse reduccionismos o sesgos al
diseñar el sistema evaluativo y tenerse en cuenta que son tan importantes los
resultados como los procesos. Es tan importante la información cuantificable y
“objetiva” como la información imprecisa y los procesos “subjetivos” que pueden
desencadenarse con la evaluación. Es tan importante que quien evalúe se coloque
fuera del proceso evaluado, como que quien está dentro y totalmente involucrado
pueda participar en la evaluación. Es tan importante que se evalúe desde
aquello que se ha asumido como social y universalmente deseable, como que se lo
haga desde lo que es deseable y valioso para cada sujeto particular.
No debe temerse a un proceso evaluativo muy
complejo, porque toda simplificación puede resultar reductiva y empobrecedora.
En conclusión,
concebimos la evaluación del desempeño docente como un proceso,
formativo y sumativo a la vez, de construcción de conocimientos a partir de los
desempeños docentes reales, con el objetivo de provocar cambios en ellos, desde
la consideración axiológica de lo deseable, lo valioso y el deber ser del
desempeño docente.
Quisiéramos cerrar este acápite con las
siguientes palabras del cubano Héctor Valdés, respecto al sistema de evaluación
del desempeño docente en su país:
“Durante varias décadas se trabajó en el sector
educacional bajo el supuesto de que el peso de las condiciones socioeconómicas
y culturales externas al sistema educativo sobre las posibilidades de éxito de
los escolares es tan fuerte, que muy poco podía hacerse al interior de las
escuelas, para contrarrestarlas [...]
En el último decenio los sistemas educativos
latinoamericanos han privilegiado los esfuerzos encaminados al mejoramiento de
la calidad de la educación y en este empeño se ha identificado a la variable
“desempeño profesional del maestro” como muy influyente, determinante, para el
logro del salto cualitativo de la gestión escolar [....]
Hoy se aprecia un cierto consenso en la idea de
que el fracaso o el éxito de todo sistema educativo depende fundamentalmente de
la calidad del desempeño de sus docentes. [...] Sin docentes eficientes no
podrá tener lugar el perfeccionamiento real de la educación.
La evaluación del maestro juega un papel de
primer orden, pues permite caracterizar su desempeño y por lo tanto propicia su
desarrollo futuro al propio tiempo que constituye una vía fundamental para su
atención y estimulación.
Otros actores educativos, sin embargo,
obstaculizan todo esfuerzo porque se instauren políticas de este tipo en sus
sistemas educativos, a partir de posiciones básicamente gremiales que, tratando
de “proteger al docente”, olvidan el derecho de los alumnos a recibir una
educación cualitativamente superior e incluso no reflexionan en el derecho que
tienen los docentes a recibir acciones de asesoramiento y control que
contribuyan al mejoramiento de su trabajo.
La evaluación profesoral no debe verse como una
estrategia de vigilancia jerárquica que controla las actividades de los
profesores, sino como una forma de fomentar y favorecer el perfeccionamiento
del profesorado, como una manera de identificar las cualidades que conforman a
un buen profesor para, a partir de ahí, generar políticas educativas que
coadyuven a su generalización.
Es inaceptable la desnaturalización de la
evaluación como forma de control externo y de presión desfigurado de la
profesionalización y formación de los docentes.
Los educadores están sometidos constantemente a
una valoración por todos los que reciben directa o indirectamente sus
servicios. Por esa razón se hace necesario un sistema de evaluación que haga
justo y racional ese proceso y que permita valorar su desempeño con
objetividad, profundidad, e imparcialidad.
La evaluación, en sí misma, ha de ser una opción
de reflexión y de mejora de la realidad, pero su oportunidad y sentido de
repercusión tanto en la personalidad del evaluado, como en su entorno y en el
equipo del que forma parte, ha de ser entendida y situada adecuadamente para
posibilitar el avance profesional de los docentes. .”[4]
Un aspecto
importante de las complejidades del proceso evaluativo, en el ámbito educativo
y en el ámbito profesional también, tiene que ver con los sentimientos que respecto
a ella se tienen como parte de la “cultura evaluativa” ya instalada y por los
sentimientos que ella pueda producir una vez anunciado e iniciado su proceso.
En primer lugar,
es importante sacar a la luz los sentimientos que la evaluación produce en
todos, tanto cuando evaluamos a otros como cuando nos sentimos evaluados o
susceptibles de serlo.
En nuestro
medio, la evaluación provoca una multitud de sentimientos desagradables,
especialmente cuando somos objeto de ella: Desconfianza, temor, miedo,
inseguridad y, a veces, pánico. Es que, desgraciadamente, tenemos una imagen
traumática de la evaluación porque ésta, en nuestro medio, es sinónimo de
arbitrariedad, de subjetividad, de irracionalidad y de poder autoritario y
aplastante.
Desde el punto
de vista de quien evalúa, en tanto que el evaluar otorga poder sobre los
evaluados, quien tiene que hacerlo no puede evitar sentir que los destinos
ajenos están en sus manos y que la sensación de producir temor en el otro puede
llegar a producir un enfermizo placer.
Es evidente que
hacer explícito este temor no lo va a evitar ni superar, pero es indispensable
estar concientes de él y de sus posibles manifestaciones, que pueden enturbiar,
distorsionar e irracionalizar la discusión y la implementación de un sistema de
evaluación del desempeño docente.
Tan sólo de
pensar en este tema los docentes peruanos nos llenamos de ansiedades y temores,
sin embargo es importante tener en cuenta que estos sentimientos es reversible
y que el éxito o el fracaso de un sistema de esta naturaleza depende, en gran medida,
de lograr generar un clima evaluativo positivo. El primer reto a enfrentar debe
ser el lograr que los docentes de puedan llegar a sentir que ser evaluados es
valioso, agradable y hasta deseable.
Estas
consideraciones deben tomarse muy en cuenta al diseñar la estrategia de
implementación del Sistema de Evaluación del Desempeño Docente. Precisamente,
las tendremos muy en cuenta en el Capítulo 3, al realizar nuestras propuestas
estratégicas.
Héctor Valdez
(2000) insiste en la necesidad de tener en cuenta este aspecto y nos advierte
de los peligros de no tenerlo en cuenta:
“Los profesores, en
principio, se resisten a ser evaluados. Un planteamiento apresurado, acompañado
de un estado de desinformación o una información sesgada pueden disparar las
especulaciones, creencias y suposiciones erróneas, interesadas o
malintencionadas y provocar una oleada de protestas y resistencia activa, tanto
de ellos como sus organizaciones sindicales y profesionales, que truncarán toda
posibilidad de procesos útiles para la mejora [...]Si los docentes sienten
peligro, tenderán a comportarse y actuar de forma tal que les garantice quedar
bien ante la evaluación, independientemente de sus convicciones educativas y de
la riqueza de los procesos. Una actuación no comprendida y sin embargo asumida,
por la presión de una evaluación de su desempeño, no supondrá mejoras en la
calidad de la enseñanza, sino trabajo externalista o de fachada, pudiéndose
potenciar acciones indeseadas y distorsionadoras para una educación de alta
calidad [...] Ahora bien, es importante que tengamos presente, que se puede
inhibir el crecimiento como consecuencia de una evaluación que resulte
amenazadora, que esté deficientemente dirigida o sea inadecuadamente comunicada.”[5]
Para muchos el
docente es un trabajador de la educación. Para otros, la mayor parte de los
docentes son esencialmente servidores públicos. Otros lo consideran simplemente
un educador. También puede considerársele como un profesional de la docencia y
aun hay quienes todavía lo consideran una figura beatífica y apostólica. Aunque
establecer la distinción pueda parecer una trivialidad, optar por una u otra
manera de concebir al docente puede tener importantes implicancias al proponer
un sistema de evaluación de su desempeño.
Concebirlo,
simplemente, como un trabajador de la educación o como un servidor público,
estaríamos en una comprensión ambigua, poco específica y desvalorizante del rol
del docente. Por una parte, es evidente que muchos trabajadores o servidores
públicos podrían caer dentro de esa clasificación sin ser docentes, ya que son
muchas las personas que perciben una remuneración por prestar una diversidad de
servicios en dicho ámbito. Por otra, es muy difícil evitar la connotación de no
profesionalidad, de ser ejecutor de las órdenes e instrucciones superiores que
tienen los términos Trabajador y servidor.
Por otra parte,
entenderlo como educador, puede resultarnos además de también genérico y poco
claro, ya que en principio todos educamos y todos somos educados, sino que
puede hacer referencia a la mítica imagen del docente “apóstol de la
educación”, con una misión que al trascender lo mundano pierde una
característica propia de todo servicio profesional, a saber, la rendición
mundana y social de cuentas por la calidad del servicio prestado.
La
profesionalidad de la docencia hace referencia no sólo al tipo de actividad
económica que realiza, al tipo de servicio público que presta, a la relevancia
de este servicio en relación al desarrollo de la sociedad y del género humano,
sino también a la necesaria calificación y calidad profesional con la que se
espera que lo haga.
Recogiendo
palabras del Presidente del Colegio de Profesores de Chile[6],
el docente es un profesional que debe poseer dominio de un saber especifico y
complejo (el pedagógico), que comprende los procesos en que está inserto, que
decide con niveles de autonomía sobre contenidos, métodos y técnicas, que
elabora estrategias de enseñanza de acuerdo a la heterogeneidad de los alumnos,
organizando contextos de aprendizaje, interviniendo de distintas maneras para
favorecer procesos de construcción de conocimientos desde las necesidades
particulares de cada uno de sus alumnos. Por ello debe superarse el rol de
técnicos y asumirse como profesionales expertos en procesos de enseñanza y
aprendizaje. Esta perspectiva profesional, supone concebir a los docentes como
actores sociales de cambio, como intelectuales transformadores y no sólo como
ejecutores eficaces que conocen su materia y que poseen herramientas
profesionales adecuadas para cumplir con cualquier objetivo que sea sugerido o
impuesto desde el sistema. Esto implica definir el campo de trabajo docente
como una práctica investigativa. Y ello requiere contar con la capacidad de
construir y evaluar sistemáticamente sus prácticas pedagógicas.
Es indispensable
precisar cuál es la misión educativa específica del docente y en ese contexto,
cuáles son los conocimientos, capacidades, habilidades y actitudes que
corresponden a esas tareas. Su misión es contribuir al crecimiento de sus
alumnos y alumnas. Contribuir, desde los espacios estructurados para la
enseñanza sistemática, al desarrollo integral de las personas, incorporando sus
dimensiones biológicas, afectivas, cognitivas, sociales y morales. Su función
es mediar y asistir en el proceso por el cual niños y jóvenes desarrollan sus
conocimientos, sus capacidades, sus destrezas, actitudes y valores, en el marco
de un comportamiento que valora a otros y respeta los derechos individuales y
sociales. Para realizar esta misión los docentes necesitan creer en ella y en
que es posible realizarla bien.[7]
Todo ello hace
pensar en que su rol es un rol profesional y definirlo como tal, es no sólo
indispensable sino un paso trascendental en la profesionalización de la
docencia y en la construcción de una educación de calidad. Graciela Messina[8], reflexionando sobre el carácter profesional
de la tarea docente, no sólo plantea que es una tarea urgente lograr que se
considere que el docente es un profesional, sino que está segura que el
asumirlo como “un no profesional” es un mito tanto para deslegitimar su trabajo
y en consecuencia justificar las injustas condiciones de trabajo y salario,
como para justificar que la “creatividad” le pertenece sólo a unos pocos, al
nivel central de los ministerios de educación, que toman decisiones y hacen
guías de aprendizaje, que definen currículo, dándole muy poco espacio a los
docentes.
Precisando la
reflexión, María Inés Abrile, exministra de Educación de la Provincia de
Mendoza y actual asesora del Ministerio de Cultura y Educación de Argentina
afirma:
“Para responder a los
requerimientos de una educación de calidad para todos es indispensable promover
la profesionalización de los docentes. El proceso de conversión del rol docente
en profesional es una exigencia no sólo de las transformaciones acaecidas en la
organización del trabajo, sino que es una consecuencia de los procesos de
descentralización, de la autonomía en la gestión de las escuelas y de los
cambios que están ocurriendo en los procesos de enseñanza y aprendizaje [...]
En la actualidad la
docencia es una semi-profesión desde el punto de vista sociológico, débilmente
estructurada, en una posición dominada por la burocratización de las
instituciones y por la desvalorización dentro del mercado de empleo. En muchos
países iberoamericanos la actividad docente no ha logrado todavía ser
reconocida como profesión. Existe gran contradicción sobre la trascendental
misión que cumplen maestros y profesores a nivel del discurso político, y la situación
concreta en la que se desenvuelven [... ]
El efecto negativo de
esta situación es la pérdida de jóvenes talentosos que no se sienten atraídos
por la función docente, y la dificultad para remontar los bajos índices en los
resultados del aprendizaje [...]
Establecer una
estructura profesional más progresiva y estrechamente asociada al crecimiento
profesional y al buen desempeño, es una alternativa para superar la situación
actual que otorga mérito al que permanece en el sistema (antigüedad), sin
importar demasiado la calidad de su actuación profesional y los resultados que
obtiene.”[9]
Esta
caracterización, además de describirnos el particular quehacer profesional del
docente, nos interna en esa otra más compleja cuestión: ¿qué es lo que
caracteriza el buen desempeño profesional del docente y cuáles son las
condiciones en las que éste es posible?
El buen
desempeño profesional de los docentes, así como de cualquier otro profesional,
puede determinarse tanto desde lo que sabe y puede hacer, como desde la manera
como actúa o se desempeña, y desde los resultados de su actuación[10]. Obviamente no es posible calificar al buen
profesional, y menos al docente, sólo desde alguno de estos aspectos.
Hernández afirma
que “el docente debe conocer el contenido de su enseñanza y el modo como ese
contenido puede tener sentido para el estudiante; el docente debe saber hablar
en un lenguaje comprensible y promover el diálogo con los estudiantes (es
decir, debe saber comunicar y generar comunicación); el docente debe ponerse de
manifiesto como quien se pone frente a los alumnos para mostrar y entregar lo
que tiene y quiere y; el docente debe plantear y obedecer unas reglas de juego
claras en su relación con los estudiantes y estar dispuesto a discutir esas
reglas".[11]
Es de sentido
común afirmar que un buen docente debe tener conocimientos sobre las
disciplinas académicas en torno a las que debe lograr que los alumnos
construyan aprendizajes; también sólidos conocimientos pedagógicos que le
permitan lograr dichos aprendizajes, así como respecto de las características
generales e individuales de cada uno de sus estudiantes.
“Hoy día necesitamos
a nuestros docentes apropiándose del mejor conocimiento disponible sobre la
educación, con capacidad autónoma para actualizarlo y recrearlo. Tampoco se
trata de un mero desafío cognitivo. Es deseable una vocación y un compromiso
afectivo con una tarea que es social y que tiene que ver con la formación de
personas. Es, finalmente, un desafío práctico: requiere capacidades. Las
habilidades y los desempeños son imprescindibles tanto como los conocimientos y
las aptitudes.”[12]
La gama de
tareas del docente incluye la planificación de sus actividades de enseñanza,
teniendo presente las características de los destinatarios de la educación, las
del entorno en que viven y las de la sociedad que deberán enfrentar. También
incluye la capacidad para establecer ambientes de aprendizaje que facilitan la
participación e interacción entre alumnos y profesor; la creación de
herramientas de evaluación apropiadas que le permitan, por una parte detectar
las dificultades de sus alumnos y alumnas y, en consecuencia apoyarlos y, por
otra parte, evaluar el efecto de su propia estrategia de trabajo. Finalmente
incluye formar parte constructiva del entorno en el que trabaja, compartir y
aprender de y con sus colegas y relacionarse con los padres de familia y otros
miembros de la comunidad circundante. [13]
Es todo esto lo
que hace que la respuesta a esta pregunta resulte más complejo en tanto que la
actuación profesional del docente se realiza en diversos ámbitos y con diversos
sujetos.
En el ámbito del
aula, su buen desempeño tiene que ver tanto con el diseño cuidadoso, la
conducción responsable y la evaluación profunda de los procesos de aprendizaje;
así como con la relación comunicativa y afectiva que establece con todos y cada
uno de sus estudiantes.
Con relación a
sus colegas, se espera una actuación de colaboración, de apoyo mutuo y
corresponsabilidad tanto respecto a la diversificación del currículo como a la
organización y marcha del centro.
Respecto a los
padres de familia, se espera su conocimiento, apertura, comunicación y
colaboración profesional.
Respecto a la
sociedad que le ha otorgado la responsabilidad de educar, se espera su
comportamiento ético y ejemplar, con relación a las nuevas generaciones y en
función del ideal de sociedad que se espera contribuya a realizar.
Respecto a sí
mismo, se espera que el buen docente esté permanentemente buscando los mejores
medios para crecer profesional y humanamente.
Finalmente el
aspecto que consideramos más importante y que la sociedad entera espera que se
dé en todos los ámbitos señalados anteriormente: se espera un comportamiento
moralmente recto y ejemplar.
“Hay comportamientos
inaceptables por la moral mínima y que tiene una probabilidad mayor de
ocurrencia, facilitados por la asimetría de las posiciones de docente y alumno.
El desconocimiento del derecho del alumno de formar sus propias concepciones
marca seguramente que se ha traspasado el límite de lo que nos es permitido a
los docentes dentro de la particularidad del proceso de enseñanza.” [14].
“Y mucho más claro,
aunque quizá más frecuente en sus formas sutiles, es el carácter moralmente
reprobable del uso que el docente puede hacer de su poder para experimentar el
placer del control. Muchos algunas veces hemos dudado de si la disciplina o las
tareas que exigimos se justificaban por las necesidades de la enseñanza, o si
en ellas mas bien nos complace la experiencia de nuestro propio poder. “[15]
“La falta de este
particular deber de virtud del docente amenaza con convertir la enseñanza en
un simulacro.” [16]
En cada ámbito de su quehacer profesional se
esperan resultados. El aprendizaje y el crecimiento personal y afectivo de sus
estudiantes, es el principal. Pero también se espera que sus colegas se sientan
apoyados y consideren que su colaboración es responsable y eficaz, respecto a
la tarea colectiva e institucional. Se espera, así mismo, que los padres de
familia se sientan satisfechos con la calidad de su servicio y con su
compromiso profesional. Toda la sociedad espera tener pruebas de la búsqueda de
su excelencia personal y ética y de su crecimiento profesional.
Ha llegado el momento
de pasar de una mirada centrada en los procesos, que empiece a fijarse crecientemente
en los resultados. Nuestros niños tienen que aprender más y mejor. Nuestros
colegios tienen que orientar su quehacer al aprendizaje. Necesitamos promover
una cultura de la excelencia, con más exigencias, con más rigor, con
expectativas más altas sobre nuestros alumnos y sobre sus logros. Por eso
estamos induciendo a todas las comunidades escolares a fijarse metas sobre
asistencia, repitencia, abandono, aprendizajes insuficientes, mejoramiento de
los resultados, especialmente en lenguaje y matemáticas.[17]
Joan Mateo
(2000), sintetizando la propuesta de Scriven[18]
resume lo anterior en el siguiente cuadro:

Es evidente que
es posible realizar muchas otras síntesis de las competencias que deben
caracterizar el buen desempeño del docente. De hecho lo más importante es
avanzar en la definición socialmente aceptada y consensuada de las competencias básicas que deben
caracterizarlo para nosotros.
Las diversas
experiencias de evaluación del desempeño docente nos demuestran que las
finalidades o las razones por las que se puede implementar un sistema de
evaluación del desempeño docente son varias, y estas mismas experiencias nos
demuestran que no se trata de alternativas excluyentes ya que todas ellas
contribuirían, unas más y otras menos, a mejorar la calidad de la docencia y
con ello la calidad de los procesos educativos y de la educación en general.
Para el Colegio de Profesores de Chile:
“El
propósito fundamental del sistema (de evaluación) es el de mejorar la calidad
del desempeño de los profesores y profesoras en todos los niveles, en función
de un mejoramiento de la educación ofrecida en los establecimientos del país.
[...]
[Los objetivos
generales de este sistema de evaluación deben ser:]
Estimular y favorecer el interés por el
desarrollo profesional de Profesores y profesores. En la medida en
que se proponga un sistema que presente metas alcanzadas de mejoramiento
docente y oportunidades de desarrollo profesional, los profesores se sentirán
estimulados a tratar de alcanzadas y alentados cuando lo hagan. El desarrollo
profesional puede ocurrir en varias esferas de la vida del profesor. Mejorar su
conocimiento y capacidades en relación a sí mismo, a sus roles, el contexto de
escuela y educacional y sus aspiraciones de carrera.
Contribuir al
mejoramiento de la gestión Pedagógica de los establecimientos. Esto ocurrirá en la medida que se
cumpla el objetivo anterior. Mejorará su modo de enseñar, sus conocimientos de
contenido, sus funciones como gestor de aprendizaje y como orientador de
jóvenes, sus relaciones con colegas y su contribución a los proyectos de
mejoramiento de su establecimiento educacional.
Favorecer la
formación integral de los educandos. En
la medida en que se cuente con profesionales que están alertas respecto a su
rol, tarea y funciones y saben cómo ejecutarlas y mejoradas, su atención se
centrará con más precisión en las tareas y requerimientos de aprendizaje de los
alumnos y alumnas, como también en sus necesidades de desarrollo personal.
[...] Subyace a esta
propuesta, que se reconozca que el éxito o fracaso de un sistema como el
propuesto depende de los esfuerzos realizados por manejar bien los factores que
afectan el desempeño docente y, sobre todo, reconocer que los resultados de
aprendizaje de los alumnos y alumnas del sistema no dependen enteramente de la
acción de los docentes. Los factores que requieren atención son los siguientes:
(a) La comprensión de
los docentes del sistema que se les propone y su compromiso a asumirlo como
sistema válido para asegurar la calidad del ejercicio de su profesión. Ello
implicará un tiempo dedicado a la socialización y discusión del esquema con
docentes a través de todo el país.
(b) El que existan
condiciones básicas de trabajo pedagógico y profesional que permitan ejercer y
desarrollar los estándares[19] de desempeño que dicho sistema de
evaluación impulsará.
(c) Un sistema de
desarrollo profesional y formación permanente articulado y financiado, que
ofrezca inducción para nuevos profesores, reconozca y facilite el desarrollo
profesional en el contexto escolar, apoye el auto perfeccionamiento y
perfeccionamiento entre pares, regule eficientemente la calidad de la oferta de
formación inicial y cursos de actualización, y que sea coordinado efectivamente
a niveles central, regional y comunal.
(d) El
fortalecimiento, en tiempo asignado y oportunidades al interior de escuelas y
liceos, del trabajo colaborativo entre profesores.”
1. Consideramos
que la más importante utilidad que esta evaluación debería tener es el posibilitar
el diseño de estrategias y medidas de refuerzo y crecimiento profesional
pertinentes y ajustadas a las condiciones y necesidades reales de cada docente.
Es evidente que las necesidades de formación y capacitación de los docentes son
diversas y que las propuestas uniformes y monocordes terminan siendo útiles
sólo para un grupo pequeño a cuyas necesidades responde.
2. Por
otra parte, un sistema de evaluación participativo, con criterios concordados y
procedimientos auto y coevaluativos, permitiría lograr un mayor nivel de
compromiso de cada docente con las metas, los objetivos y las personas
involucradas en el proceso educativo.
3. Así
mismo, un sistema de evaluación, con participación de todos los actores
involucrados en el proceso educativo permitiría el empoderamiento y la
responsabilización individual y colectiva de todos los ciudadanos respecto a
las grandes metas y objetivos educativos nacionales, regionales, locales o
institucionales, y a sus resultados.
4. La
evaluación del desempeño docente permitiría también la formulación de metas y
objetivos institucionales, regionales o nacionales pertinentes que se definirían
sobre bases y condiciones reales.
5. Esta
evaluación sería un insumo fundamental para el enriquecimiento de las
propuestas y el currículo de las instituciones formadoras de docentes.
6. A
cada docente le permitiría el delineamiento de metas y objetivos personales de
crecimiento profesional.
7. Podría
ser empleada para seleccionar y escoger a quienes hayan logrado una mayor
desarrollo de las competencias necesarias, entre quienes quieren incorporarse a la carrera
magisterial o a un centro educativo determinado.
8. Finalmente,
podría ser útil para calificar y clasificar a los docentes en un escalafón o en
los niveles de la carrera magisterial, para determinar si cuentan con las
condiciones adecuadas para asumir una función o un cargo determinados, o para
sancionar, positiva o negativamente a los docentes, aplicando incentivos y
estímulos o medidas punitivas a docentes individuales o a colectivos docentes.
Estas posibles
finalidades también podrían ser analizadas preguntándonos
La respuesta es
que si diseñamos un sistema adecuado podrían ganar todos los sujetos
involucrados en la tarea educativa y la sociedad en su conjunto, porque
estimularía el crecimiento personal y profesional de cada docente, al
plantearle metas claras de desempeño esperado, al garantizarle un proceso
racional de ascenso y movilidad dentro de la carrera magisterial. Ganaría el
colectivo administrativo-docente de cada escuela, porque estimularía su
mejoramiento continuo. Ganarían los alumnos, porque contribuiría
considerablemente al mejoramiento de la calidad de las oportunidades y los
resultados del aprendizaje. Ganarían las instituciones formadoras, por sus
resultados les permitiría ajustar permanentemente sus propuestas de formación
de docentes. Ganarían los padres de familia, el sistema educativo y el país,
porque la evaluación del desempeño docente promovería el cambio continuo,
contando con el compromiso de todos sus actores.
Como ya se
afirmó, estas finalidades distintas no son excluyentes y hasta podrían
alcanzarse simultáneamente, sin embargo, en nuestro medio es importante
determinar cuáles podrían y deberían ser logradas primero, en virtud a generar
y desarrollar una cultura evaluativa que permita evitar las limitaciones y
riesgos de la implementación de un sistema de evaluación de esta naturaleza y
contribuir realmente al mejoramiento de la calidad del servicio educativo y al
empoderamiento de los diversos actores y sujetos involucrados en la educación.
A continuación
se presentan los objetivos y las formas que debiera tener la evaluación para
cada una de las finalidades posibles y se analizan desde la perspectiva
estratégica de su contribución a la generación de una cultura evaluativa en
nuestro medio.
Para lograr la
construcción de un sistema de evaluación del desempeño docente que logre el
equilibrio entre las distintas finalidades planteadas en el capítulo anterior,
Stronge[20]
propone las siguientes acciones indispensables:
Diseñar
objetivos beneficiosos que deben ser
valorados y considerados importantes, en primer lugar, por cada profesor
y por su centro educativos y, en segundo lugar, por la sociedad entera.
Crear los
mecanismos que hagan posible la comunicación sistemática, la transparencia de
los procesos y la posibilidad de interacción. Cada aspecto clave del proceso
evaluativo deberá estar acompañado de un acto informativo y éste debe enfatizar
en la existencia y descripción de las condiciones que garanticen que el proceso
se realiza adecuadamente.
Garantizar
la aplicación técnica del sistema evaluativo, teniendo en cuenta el principio
de que un sistema evaluativo técnicamente correcto no garantiza una evaluación
efectiva, pero que, evidentemente, un sistema incorrecto sí garantiza que nunca
llegue a serlo.
Usar
múltiples fuentes de datos, para lograr que el marco de la actuación evaluada
mucho más rica y contextualizada, que se recoja la información en situaciones
más naturales, que se logre una mayor fiabilidad en la información obtenida,
que se tengan bases legalmente mejor defendibles, en el caso de tener que tomarse
decisiones sancionadoras, y, finalmente
contar con una información de base mucho más firme sobre la que construir
planes de mejora y desarrollo docente realistas.
Crear un
clima favorable a la evaluación, en el que la confianza entre las partes implicadas,
la honestidad y la transparencia en las actuaciones sean la norma y no la
excepción. Sin este clima, no sólo no será posible la consecución de cualquiera
de las finalidades planteadas, sino que posiblemente no lo sería la evaluación
misma. Este clima se puede ir alcanzando en la medida en que se logre amplia
participación en la definición de los objetivos, se consiga una comunicación
continua y fluida en las diferentes fases del proceso, se realice una
aplicación técnica, exista honestidad en los juicios y un enfoque proactivo en
todo el proceso.
A continuación
proponemos un conjunto de pasos estratégicos indispensables para lograr que
cada una de las ocho finalidades posibles de un Sistema de Evaluación del
Desempeño Docente vayan siendo alcanzadas. Consideramos que las estrategias
propuestas en el primer acápite (3.1), permitirían lograr de manera específica
las finalidades 1, 4 y 6. Las propuestas en el segundo acápite (3.2), las
finalidades 5 y 7. Y las del tercero, la finalidad 8. Las finalidades 2 y 3 que
tienen que ver con el empoderamiento y compromiso de todos los actores, así
como con el desarrollo de una cultura evaluativa atraviesan loas tres
propuestas estratégicas.
Avanzar en la perspectiva de dotar de
autonomía, responsabilidad y compromiso con la mejora de la calidad de la educación
peruana implica, paralelamente al ir estableciendo una cultura de la
evaluación, desarrollar una cultura de toma de decisiones y establecimiento de
objetivos y metas y de evaluación de ellas.
Cada docente, cada colectivo docente (en
cada centro educativo o Red de centros), cada instancia local o regional del sector
educación, debería involucrarse en un proceso de autoevaluación que permitiera
identificar, en primer lugar, sus potencialidades y sus limitaciones, sus
éxitos y sus fracasos, para desde ellos proponerse objetivos y metas precisas
de crecimiento y mejora y, en segundo lugar, el nivel de logro y consecución de
dichos objetivos y metas.
Este proceso, de alguna manera, fue el
que se pretendió iniciar con la exigencia de que cada centro educativo desarrolle
su propio Plan de Desarrollo Educativo Institucional (PDI). Desgraciadamente,
en la mayor parte de los casos, se convirtió sólo en una exigencia burocrática
y en un documento carente de relevancia. En aquellos, tal vez pocos, centros en
los que sí cumplió su cometido fue porque:
Los directores y algunos docentes tenían
absoluta claridad sobre su finalidad y el sentido de elaborarlo y porque sabían
cómo y mediante qué procesos tenía sentido hacerlo;
los colectivos docentes participaron y se comprometieron
en el proceso de elaboración y de seguimiento y evaluación de sus objetivos y
metas;
contaron con el apoyo y acompañamiento de
instituciones que tenían claridad sobre el impacto que su elaboración tendría y
que contaban con los conocimientos y experiencia suficientes como para brindar
soporte efectivo en el proceso de su elaboración.
El diseño mismo del PDI implicaba un
proceso de evaluación diagnóstica en el que los docentes no sólo debían mirar y
recoger datos relevantes del contexto, sino que debían mirar hacia adentro
evaluando sus propias capacidades, potencialidades y limitaciones. Por otra
parte, implicaba el establecimiento de objetivos y metas orientados al
desarrollo profesional de los docentes, al involucramiento de padres y alumnos
en las decisiones del centro, la atención de las necesidades específicas y
prioritarias de los alumnos y la vinculación del centro con organizaciones e
instituciones que pudieran convertirse en aliados estratégicos de su misión.
Así mismo, debían precisar metas a ser alcanzadas en plazos específicos y
personas responsables de su consecución, además de acciones de seguimiento,
monitoreo y evaluación de las mismas. Ese proceso, ya iniciado y sobre el cuál se han desarrollado no sólo
experiencias exitosas, sino también instrumentos útiles, debería ser retomado y
enriquecido.
Podría enriquecerse si se logra que el
sistema de medición de logros de aprendizaje, que actualmente es sólo muestral
(en términos de centros educativos), se transforma en un sistema que evalúa
alumnos de todos los centros educativos, con el objetivo de proporcionar la
información individual (de cada centro) y comparativa a la sociedad y
especialmente a los docentes de cada centro. El análisis y la reflexión que
sobre ella pudieran hacer los docentes y los padres de familia de cada centro
educativo, permitiría elaborar diagnósticos más reales y profundos. Sin
embargo, es evidente que implementar un sistema de medición de resultados de
aprendizaje de esa magnitud, podría ser muy complejo y costoso. En el camino de
construirlo sería muy útil que todos los centros educativos contaran no sólo
con los instrumentos de evaluación y sus plantillas de calificación, sino con
la información que analiza los resultados recogidos de las muestras
seleccionadas. La experiencia uruguaya en esa dirección permitió obtener información
tan valiosa y útil como la anterior, así como desencadenar procesos de autoevaluación
muy enriquecedores para todos los docentes[21].
En segundo lugar, no sólo el sistema de
medición de logros de aprendizaje, el subsistema de evaluación del desempeño docente
para el establecimiento de objetivos y metas, sino todo el sistema educativo,
se vería enormemente enriquecido si se definieran con mucha precisión
estándares de aprendizaje mínimos para todos los educandos del país. Si éstos
además van acompañados por descripciones detalladas de las evidencias que
debieran tomarse en cuenta para determinar el nivel en el que se encuentran los
estudiantes, además de modelos de instrumentos para poder medir esto con precisión,
se pondría en manos de los docentes, los padres de familia, etc., un medio fundamental
para evaluar la eficacia del centro y del desempeño de los docentes, que
permitiría fijar objetivos y metas más precisos. Sería materia de otro documento
el análisis del impacto que, sobre la auto y la coevaluación del desempeño
docente y el establecimiento de metas personales e institucionales, ha tenido
la elaboración de estos estándares en otros países. Un ejemplo muy claro de
ello es el que produjo la elaboración y publicación del “Curriculum Standards
Framework” en Victoria-Australia (Ver:
http://www.vcaa.vic.edu.au/csfcd/home.htm).
En tercer lugar, la sistematización de
todas las experiencias exitosas de autodiagnóstico institucional y de elaboración
de PDI, permitiría identificar con precisión las claves que las hicieron
posible y la formulación de una estrategia que permitiera, paulatinamente,
involucrar a más docentes y centros en procesos, adecuadamente acompañados, de
autoevaluación y autodiagnóstico para el establecimiento de objetivos y metas
específicos de desarrollo profesional e institucional. En este proceso debieran
identificarse también las instituciones y las personas que lograron capacitar y
acompañar mejor dichos procesos, ellas deberían asumir la nueva misión de
preparar a otras instituciones y personas para desencadenar un proceso más masivo,
pero de la misma calidad que ellos condujeron. Finalmente, esta sistematización
permitiría recolectar, organizar y difundir los instrumentos más efectivos, que
resultaron ser de más fácil aplicación y que ofrecieron mejores resultados.
En cuarto lugar, es evidente que tendrían
que asegurarse no sólo la capacitación de los equipos docentes que se
involucrarían en un proceso semejante, sino sobretodo el acompañamiento de
quienes hayan iniciado el proceso. Es posible que esto no se pueda generalizar
desde un primer momento, pero se podría diseñar una estrategia que haga posible
el avance paulatino hacia que en un plazo razonable, todos los docentes y
centros del país se involucraran en él. De los diversos procedimientos que se
proponen en el siguiente Capítulo, los que pueden resultar de utilidad al
evaluar en función de esta finalidad son los siguientes: La autoevaluación, la
opinión de los padres, la opinión de los alumnos, la coevaluación o evaluación
de pares y el rendimiento en el aprendizaje de los alumnos.
En quinto lugar, el proceso de
elaboración, seguimiento y monitoreo del PDI de cada centro, debiera
complementarse con procesos locales de elaboración de proyectos de desarrollo
educativo, que tomando como base los diagnósticos de los PDI de los centros del
ámbito, establezcan objetivos y metas relativos a cómo y en qué medida se les
apoyará (a cada centro) en el logro de
sus objetivos y metas específicos. Lo mismo debiera producirse en los ámbitos
provinciales, departamentales y nacional. Adquieren relevancia aquí las
palabras de J.C. Tedesco: “la autonomía de los establecimientos y la
articulación de esfuerzos entre las instituciones educativas, a partir de
elementos comunes en los proyectos de cada institución, forma una red que puede
constituir una vía prometedora para acercarse a buenos resultados”.[22]
Estos procesos se verían enormemente facilitados en la medida en que la
intercomunicación informática de las diversas instancias de administración del
sistema educativo se vaya incrementando.
A diferencia de los otros dos que se
proponen a continuación, este subsistema de evaluación del desempeño docente,
cuyo objetivo no es seleccionar, calificar ni sancionar, sino promover una
cultura de la autoevaluación, podría iniciarse temporalmente antes que ellos y
alcanzar su finalidad primero.
Además, en la medida que vaya
implementándose el subsistema para la calificación y clasificación presentado
más adelante, podrían irse incorporando en él algunos resultados importantes
provenientes de éste, como por ejemplo:
El nivel de
participación y compromiso de cada docente con la consecución de las metas del
centro;
el nivel de
consecución de las metas de crecimiento profesional, derivadas del diagnóstico
del centro;
el nivel de
compromiso y colaboración con los otros docentes para el logro de sus metas
profesionales, etc.
“Resulta especialmente adecuado integrar la evaluación de
profesorado y la mejora de la escuela en aquellos sistemas escolares en que se
están utilizando modelos de evaluación que sirven para establecer objetivos. En
dichos contextos, se puede pedir a los profesores que hagan de la mejora de la
escuela parte de su objetivo de crecimiento y, por tanto, parte del proceso de
evaluación. La mejora de la escuela proporciona otra opción a la hora de que
los profesores determinen sus objetivos de rendimiento.
Los esfuerzos del profesorado tienden a tener una mayor
influencia cuando persiguen un objetivo tan deseado que estimule la imaginación
y dé a la gente algo en lo que desee trabajar, algo que todavía no sepa hacer,
algo de lo que pueda enorgullecerse cuando lo consiga.
Una vez identificados los objetivos prioritarios para
mejorar el grado de eficacia de la escuela, éstos se integran en el proceso de
evaluación haciendo que los profesores desarrollen unos objetivos de
rendimiento que centren su atención en las necesidades identificadas en los
objetivos prioritarios.
Tanto si los objetivos se desarrollan individualmente como
si los desarrollan en equipo, es importante que los profesores reflexionen
sobre cómo se pueden satisfacer las necesidades de mejora de la escuela y que
aportaciones personales se podría hacer a esta.
Utilizar el enfoque basado en equipo para desarrollar unos
objetivos de mejora tiene varias ventajas. En primer lugar, fomenta la
confianza y la colegialidad. En segundo lugar, saca parte del proceso de
evaluación del despacho del director y lo traslada al lugar donde se desarrolla
el trabajo. En tercer lugar, a través de este enfoque, la evaluación de
profesorado tiene un impacto más visible y significativo sobre la mejora de la
escuela que si los profesores trabajasen solos en el desarrollo de sus
objetivos de rendimiento.”[23]
Una evaluación con esta finalidad, debiera hacer
posible que se escoja a quienes poseen las competencias necesarias. Hacerlo
requeriría, por una parte, establecer perfiles profesionales que no sólo
definan gruesamente los rasgos que debiera poseer el docente que se inicia en
la carrera, sino que expliciten cada una de las competencias que debiera
demostrar, así como los indicadores o evidencias que permitirían determinar si
éstos están o no presentes, definiendo además niveles de presencia. Así mismo
tendría que determinarse cuál es la valoración relativa y cuantitativa de cada
uno de esos aspectos, cuáles deben estar presentes necesariamente a un nivel
específico y cuáles aunque deseables podrían no estarlo de manera necesaria.
Los QTS (Estándares de Calidad Docente) ingleses
(1995), el Framework for Teaching de Virginia (1996), los INTASC (Interstate
New Teacher Assesment and Support Consortium Standars), o los Estándares de Desempeño
para la Formación inicial de Docentes de Chile (Junio 2001), son ejemplos
claros de ello.
Sin embargo, creemos que tan importante como
contar con dichos perfiles o estándares sería el proceso por el cuál debieran
definirse. La discusión sobre ellos no necesita partir de cero, sino de los
perfiles y estándares ya elaborados en otros países; así como de los
diagnósticos sobre los saberes reales de los docentes peruanos, buscando
priorizar aquellos más deficitarios. Intentar recorrer todo el camino tendría,
además de una desventaja temporal, el grave riesgo de sólo mirar lo que se
tiene, sin abrirse a otras perspectivas valiosas.
En la discusión sobre los estándares no debería
realizarse a nivel central, sino que tendría que incorporarse en él a las instituciones
formadoras de docentes (formadores y estudiantes), a docentes en servicio que
podrían ser seleccionados en diversos ámbitos por su calidad profesional y
méritos socialmente reconocidos, así como a representantes del gremio docente y
profesionales de otras disciplinas e investigadores sociales, educativos, etc.
Este proceso instalaría socialmente el debate
sobre qué debe saber y saber hacer un buen docente, avanzándose en el empoderamiento
de diversos actores, y promovería la autorreflexión de las instituciones
formadoras sobre lo que están haciendo, desencadenando un proceso de cambio en
la oferta de formación.
Además, la precisión sobre las evidencias que
permitirían determinar si está o no desarrollada cada competencia y a qué
nivel, permitiría descubrir con mayor facilidad cuáles debieran ser los
procedimientos e instrumentos de evaluación más adecuados, lo que
indudablemente enriquecería a las mismas instituciones formadoras, en tanto les
arrojaría luces sobre qué y cómo deberían ellas mismas evaluar en sus
estudiantes durante su proceso de formación.
El proceso y los procedimientos empleados deben
apuntar a recoger la mayor cantidad de evidencias posible y en evaluar las
competencias de los futuros docentes en situaciones reales o realistas. No
debe, de ninguna manera, reducirse a un proceso de sólo evaluación de
conocimientos. De los procedimientos propuestos en el siguiente Capítulo, los
más eficaces para la evaluación desde esta finalidad serían los siguientes:
Observación de clase, pruebas de conocimientos, portafolio y coevaluación de
los pares. Si esta evaluación se realiza después de un período de práctica
educativa en aula, sería importante incorporar también la opinión de los
alumnos y la de los padres.
Una vez concordados los perfiles y estándares,
así como los posibles procedimientos e instrumentos, sería indispensable un
proceso que permitiera su validación empírica, así como la experimentación con
diversos procesos de evaluación y diversos evaluadores. Es necesario no sólo
establecer correlaciones entre sus resultados, para determinar su
confiabilidad, sino, sobretodo, descubrir qué proceso y qué evaluadores son
técnicamente más adecuados y garantizan más confianza de las instituciones, de
los docentes y de la sociedad. Los
resultados de esta experimentación-validación permitiría formalizar este
sistema.
Teniendo en cuenta el tiempo que requeriría este
proceso de definición de perfiles, estándares, procedimientos y evaluadores,
sin los cuales cualquier sistema de selección sería incompleto, sesgado y nada predictor del desempeño real de los docentes
que se incorporen a la carrera magisterial, debieran ya darse los primeros
pasos porque el tiempo requerido para instalar este subsistema, teniendo en
cuenta todo el proceso descrito, no es poco. En el mediano plazo, dos o tres
años, se podría contar con un sistema que permita cumplirla cabalmente, si es
que se inician inmediatamente las acciones en tal dirección.
Una evaluación con esta finalidad tendría, más
que cualquiera, un sentido axiológico muy fuerte, porque es la que expresaría
lo que la sociedad peruana considera o no un buen docente y porque delinearía
el camino de tránsito en la carrera magisterial. Es por ello que el proceso de
su diseño y definición debiera ser más complejo y cuidadoso que el anterior.
Una primera etapa de su construcción, el
establecimiento de perfiles profesionales, podría coincidir temporalmente con
el diseño de la evaluación para la incorporación en la carrera, en tanto que
los ámbitos de evaluación y las competencias demandadas serían las mismas, la
diferencia estaría en que se requerirían establecer mínimos de logro distintos
para cada nivel de la carrera. Determinar cuáles son los posibles cargos,
funciones y responsabilidades a que un docente podría acceder en cada nivel
permitiría establecer con precisión los mínimos de logro acreditables para cada
nivel de la carrera.
Es muy probable que la valoración relativa que
determinados aspectos tengan para acceder a un nivel específico de la carrera
no sean los mismos que para acceder a otro. O que, algunas competencias cuya
posesión podría considerarse no indispensable al inicio o en los primeros
niveles de la carrera, se considere absolutamente indispensable en otro, por
ejemplo la producción intelectual. Es posible, aunque poco probable que en
alguna región del país se considere indispensable una competencia a un nivel de
logro diferente que en otra.
También los QTS (Estándares de Calidad Docente)
ingleses (1995), el Framework for Teaching de Virginia (1996), o los National Board for Professional Teaching Standards
norteamericanos (http://www.nbpts.org/), pueden ser un punto de partida
importante para la construcción del complejo sistema de competencias,
indicadores y niveles de logro que se requerirían.
Dada la importancia axiológica y el impacto que
sobre los sujetos de la educación y la sociedad entera tendría este subsistema,
el proceso y los actores que debieran participar en su diseño son aun más
importantes que con relación al subsistema anterior.
En la discusión
sobre los estándares y niveles de logro, asociados a cada nivel de la carrera,
tendrían que incorporarse, de ser posible, la mayor parte de los docentes,
padres de familia, alumnos y representantes de otras instituciones vinculadas
con el quehacer educativo. Sería indispensable promover un proceso por el cuál
se vayan discutiendo y definiendo uno a uno los elementos, desde lo que se
entiende por un buen profesor, luego las competencias específicas que debe
poseer, hasta las evidencias que debieran ser presentadas, asegurando que en
cada etapa fluya la información bidireccionalmente: se lanza un documento base
de discusión, se recogen, centralizan y sistematizan los aportes, buscando la
construcción paulatina (al nivel local, provincial, departamental) de un cuadro
único en el ámbito nacional, en el que es posible, como se dijo anteriormente,
especificar algunos énfasis y elementos que sólo tendrían valor regional,
finalmente se devuelve el producto parcial sistematizado, para poner el siguiente
elemento a discusión e iniciar un nuevo proceso.
En este proceso
tendría que haber una participación orgánica de los colectivos docentes de cada
centro educativo, de las asociaciones de padres de familia, de los estudiantes
de los últimos de la primaria y la secundaria, así como de “mesas de trabajo”
constituidas por representantes de instituciones vinculadas a la tarea
educativa. Desde el nivel local, pasando por el provincial y el departamental,
tendrían que haber instancias de centralización y sistematización de las
propuestas, que serían además correas de transmisión de la información. Este
proceso tendría que acompañarse de un proceso de difusión, discusión y debate a
través de los medios de comunicación social, de tal manera que la reflexión y
la profundidad en ella se vayan paulatinamente alcanzando en toda la población.
Es evidente que
se podría saltar algunos pasos y abreviar el recorrido, diseñando el sistema
desde el MED e implementándolo sin tantas mediaciones y dilaciones, pero no
debemos olvidar que:
“Una reforma efectiva
no puede imponerse por decreto de arriba hacia abajo […] (Que si bien) la
reforma requiere liderazgo [...] los líderes deben crear consenso entre los
burócratas y los empresarios, los sindicatos y la opinión pública, los
directores y los maestros, así como entre los padres y los estudiantes. Estos
participantes serán quienes en última instancia, habrán de interpretar y
aplicar las reformas. Para tener éxito la reforma debe procurar el compromiso y
la participación de los interesados. La participación y el compromiso político
son importantes fuerzas que sustentan el éxito del cambio educacional. Por lo
tanto, el “mercadeo social” y la atención al proceso de diálogo de política y
formación de consenso son importantes componentes de los esfuerzos de reforma.”[24]
Es evidente que
este proceso podría ser largo, pero que sus efectos sobre la mejora de la
calidad de la educación peruana y el empoderamiento de todos los actores
respecto a qué debe esperarse de la educación y debe exigirse de ella y del
docente se producirían y harían evidentes mucho antes que el establecimiento
definitivo del sistema mismo de evaluación.
Paralelamente al
proceso de definición participativa de los estándares y niveles de logro
respecto a cada nivel de la carrera, podría iniciarse dos procesos más técnicos
y que no requieren una participación en gran escala: la definición de los
perfiles de función o cargo y la experimentación y validación de un conjunto de
procedimientos e instrumentos de evaluación. Todos los procedimientos de
evaluación que proponemos a continuación podrían emplearse en la evaluación que
persiga esta finalidad.
En el primer
caso se trata de la descripción de cada función a la que un docente podría
acceder y de las competencias y los niveles de logro que debería demostrar poseer
quien quiera acceda a ella. Como la mayor parte de esas competencias y
estándares son generales y estarán siendo definidos para cada uno de los
niveles de la carrera magisterial, el énfasis estaría puesto en la
especificidad de la función. Por ejemplo, para el ejercicio de la docencia
rural, especialmente para la ejercida en una escuela unidocente en un ámbito
vernáculo hablante, serían indispensables algunas competencias específicas que
no tendrían que ser exigidas para la docencia urbana; igualmente, para ejercer
una función de bibliotecario escolar, serían necesarias algunas competencias
generales y comunes a cualquier docente, pero también algunas específicas.
En el segundo
caso se trata de diseñar, experimentar y validar procesos e instrumentos que
permitan recoger suficientes evidencias acerca de la actividad profesional del
docente, como para poder justificar racionalmente la toma de decisiones
posterior. Estos procesos deben permitir el empleo de múltiples fuentes y
estrategias de recojo de datos. Entre los sistemas más utilizados en la
actualidad, tenemos: las pruebas de conocimientos, la observación en el aula,
la opinión de los padres y alumnos, los juicios valorativos emitidos por pares,
la autoevaluación y el portafolio docente. En torno a ellos, su eficacia y los
mecanismos para su empleo, que debe realizarse este proceso de experimentación.
En él tendría que irse incorporando paulatinamente la información proveniente
del subsistema de evaluación del desempeño docente que se presenta más adelante.
Teniendo en cuenta
todo lo anterior y el tiempo que demandaría el diseño y puesta en marcha de
este susbsistema de evaluación, tampoco creemos que debiera esperarse instalar
de manera inmediata este sistema. Aunque, tal como se afirmó respecto al
subsistema de evaluación para la selección, se deberían iniciar acciones que
además de hacer posible que se cuente en el mediano plazo con él, permitirían
alcanzar las tres últimas finalidades que se planteaban en el capítulo
anterior, a saber, que cada docente vaya planteándose metas y objetivos
personales de crecimiento profesional y que vaya logrando un mayor compromiso
con las metas, los objetivos y las personas involucradas en el proceso
educativo, y que se vaya consiguiendo el empoderamiento y la responsabilización
de todos los ciudadanos respecto a las grandes metas y objetivos educativos
nacionales, regionales, locales o institucionales, y sus resultados.
Además,
consideramos que en la perspectiva de ir generando una cultura evaluativa,
debiera irse ensayando procesos de evaluación de algunos aspectos poco
problemáticos y muy objetivos como asistencia y puntualidad a la escuela
asociados a la asignación de incentivos, sin comprometer la nueva carrera
magisterial en proceso de construcción.
Algo que es
importante tener en cuenta es que el subsistema de evaluación para la
formulación de objetivos y metas, que se detalla a continuación, si bien puede
ser implementado relativamente más pronto y primero que éste, podrían luego
ofrecer información relevante y fácilmente incorporable entre las fuentes de
datos de la evaluación para la calificación, la sanción y la contratación en
funciones específicas.
En la siguiente
tabla, a manera de resumen, señalamos cuáles de los procedimientos que se
proponen a continuación podrían resultar de utilidad para cada una de las
finalidades de evaluación del desempeño docente analizadas en el capítulo
anterior.
|
FINALIDADES Y PROCEDIMIENTOS DE EVALUACIÓN |
Para la
formulación de metas y objetivos personales, institucionales, regionales o
nacionales y para el diseño de estrategias y medidas de refuerzo al crecimiento
profesional de los docentes |
Para seleccionar
a quienes se incorporen a la carrera magisterial |
Para calificar
y clasificar a los docentes en un escalafón, para permitirles su acceso a una
función o para sancionar positiva o negativamente su actuación |
|
Observación de clases |
|
|
|
|
Autoevaluación |
|
|
|
|
Pruebas de conocimientos |
|
|
|
|
Portafolio |
|
|
|
|
Opinión de los padres |
|
|
|
|
Opinión de los alumnos |
|
|
|
|
Coevaluación |
|
|
|
|
Rendimiento de los alumnos |
|
|
|
El uso de este
procedimiento parte de la premisa de que observar al docente en acción es la
mejor forma de reunir información acerca de su efectividad. Aporta evidencias
muy difíciles de conseguir de otra forma como son: el clima en el aula, la
naturaleza y calidad de las interacciones alumnos-docente, los procesos de
aprendizaje conducidos por el docente y el funcionamiento general de la clase.
Sin embargo,
tiene limitaciones:
hay muchos
aspectos del desempeño docente en el aula que no son fácilmente observables,
como por ejemplo: la planificación que hace el docente de sus clases, su
valoración y modificación de los materiales didácticos que emplea, su elección
y adaptación de métodos pedagógicos, y sus relaciones de trabajo con colegas,
padres y otros miembros de la comunidad educativa;
el número
de observaciones limitado y la brevedad de su duración no permiten la
generalización;
el peligro
de que el evaluador focalice su atención guiado por sus intereses, reflejando,
consecuentemente, más sus propios puntos de vista que la realidad del aula;
la
interacción entre observador y observado introduce factores de distorsión;
la visita
misma altera el comportamiento del docente y de los alumnos, de forma que
reduce la posibilidad de que el evaluador realmente observe una situación
representativa;
Sin embargo, las
entrevistas pre y postobservación pueden proporcionar parte de la información
necesaria para completar la imagen de las competencias necesarias en todo
docente. Estas pueden revelar el sentido de sus actividades y la planificación
de las mismas, así como sus razones para conducir la clase como lo hace a un
tipo determinado de alumnos.
Si se elaboran
listas de cotejo de comportamientos específicos, la observación puede resultar
mucho más útil por el alto grado de concreción que alcanzaría y por la
factibilidad de su cuantificación e interpretación cualitativa.
Existen otros
instrumentos asociados a la observación de clase como los sistemas de
categorías, los informes escritos, los resúmenes y los sistemas de
clasificación.
Los instrumentos
abiertos se utilizan a veces en conexión con los juicios emitidos por el
evaluador. Los informes proveen ejemplos específicos que se pueden discutir o
analizar en una reunión entre el evaluador y el docente o en una revisión realizada
por los colegas.
Por el
contrario, los sistemas cerrados ponen el énfasis en la reunión de datos y
centran su atención en tipos o aspectos específicos del comportamiento. Los
sistemas cerrados incluyen sistemas de categorías y signos, así como listas de
comportamientos y escalas de clasificación. El sistema de categorías típico
contiene categorías mutuamente exclusivas y exhaustivas que son aplicadas a los
comportamientos de interés.
Este
procedimiento permitiría lograr, en la evaluación del desempeño docente,
algunos objetivos importantes como estimular su capacidad de autoanálisis y
autocrítica, así como su potencial de autodesarrollo; incrementar su nivel de
profesionalidad; promover una cultura innovadora.
En términos
generales, se trata de un proceso en que el profesor efectúa juicios acerca de
la adecuación y de la efectividad de su propia actividad, con el objeto
prioritario de establecer objetivos de mejora.
En la
autoevaluación, el propio docente debe seleccionar, recoger, interpretar y
juzgar la información referida a su propia práctica. Es él mismo el que
establece los criterios y fija los estándares para juzgar la adecuación de sus
conocimientos, habilidades y efectividad respecto de su actividad docente.
Finalmente es también él quien decide la naturaleza de las acciones de
desarrollo personal que deberá asumir después del proceso de reflexión sobre su
actividad.
La profundidad y
la calidad de la autoevaluación se verían incrementada si el docente tiene la
posibilidad de analizar información sobre su actividad proveniente de otras
fuentes como las que hemos analizado y presentamos más adelante. La información
previa ayuda a centrar la autorrefelexión y favorece la profundidad de los
propios juicios.
Algunas de las
técnicas e instrumentos que se utilizan normalmente asociados a este método:
-
Retroalimentación
proporcionada por cintas de vídeo y audio.
-
Hojas de
autoclasificación.
-
Informes
elaborados por el propio profesor
-
Materiales
de autoestudio
-
Cuestionarios
a alumnos y/o padres de familia
No vamos a
describir con detalle en qué consisten pero sí señalar algunas características
que debieran tener para que tengan real valor en la evaluación del desempeño docente:
deben retomar experiencias en las cuales se ve inmerso cotidianamente el docente.
Por ejemplo, plantear una serie de preguntas para que el docente seleccione la
estrategia que considere más adecuada; valore las respuestas dadas por un estudiante
a una evaluación; decida un curso de acción ante una situación de aula; aborde
una situación problema desde su saber disciplinar entre otros.
Se recomienda
utilizar preguntas de selección múltiple, con única respuesta o con preguntas
de respuesta ponderada. En estas últimas, cada una de las opciones corresponden
a una posición diferente del docente ante la situación planteada, asignándole
mayor valor a las alternativas que reflejen características deseables en
relación a los perfiles y estándares establecidos. Existen, sin embargo
competencias que de evaluarse mediante pruebas requerirían necesariamente
preguntas abiertas y de desarrollo.
El uso del
portafolio docente se ha extendido en los últimos años, convirtiéndose en
algunos países en uno de los instrumentos más comunes, tanto para la evaluación
como para el desarrollo profesional de los docentes. Lo han adoptado en numerosos
ámbitos, incluido el universitario, demostrando su utilidad en el
reconocimiento de la actividad docente de excelencia y, en los Estados Unidos,
aun en procesos de renovación de licencias tanto en el ámbito estatal como
nacional.
El portafolio no
es sino una simple colección de informaciones acerca de la práctica docente del
docente. Sus contenidos pueden ser tan variados como fotografías de la vida de
la escuela, notas escritas de los padres dirigidas al docente, etc., pudiendo
llegar a contener información no relevante al desempeño del docente o a los
planes y objetivos del centro.
Para asegurar
que la información contenida tenga significación para orientar el proceso de
mejora el portafolio debería tener las siguientes características[25]:
Estructurarse
alrededor de contenidos profesionales y de los objetivos institucionales del
centro.
Contener
ejemplos cuidadosamente seleccionados del trabajo del docente y de sus alumnos,
de tal manera que ilustre adecuadamente hechos o situaciones clave de la
práctica docente.
Sus contenidos
deberían ir acompañados de comentarios escritos por el mismo docente,
explicando e interpretando el significado e importancia de los mismos.
Tendría que
llegar a ser una colección de experiencias vividas que sirvieran de base para
discutir con los colegas elementos de desarrollo profesional.
Debiera contener
también ejemplos que el docente considere relevantes de la planificación de
algunas clases y otros documentos elaborados por él para el trabajo de los
estudiantes.
Puede llegar a
ser un valioso instrumento en la evaluación del desempeño docente, porque
además de reunir experiencias significativas y representativas, permite
apreciar la comprensión y el sentido de lo relevante para el docente. Por ello
es muy útil cuando la finalidad de la evaluación es la orientación y mejora del
desarrollo profesional del docente.
Si bien el
portafolio incluye ejemplos escogidos de la actividad profesional, que en sí
mismos no constituyen necesariamente información objeto de evaluación externa,
pueden complementar e iluminar otras informaciones que sí lo son.
Parece obvio que
una buena relación entre padres y profesores y una comunicación efectiva entre
el hogar y la escuela, tiene consecuencias importantes en la calidad de la
educación.
Potenciar la
participación de los padres en los procesos de evaluación del desempeño
docente, permitiría analizar perspectivas y conocer puntos de vista y aspectos
imposibles de obtener mediante otras fuentes: acerca de la interacción entre el
docente con los alumnos y con las familia; de cómo responde a las necesidades
de los estudiantes; de la pertinencia de los retos y trabajos que asigna a los
alumnos, especialmente los que encomienda para hacer en casa; etc.
La desventaja,
sin embargo es que los padres al no ser profesionales de la educación, pueden
incluir sus propios prejuicios y preconcepciones en el juicio que emitan
respecto a los docentes. Es posible, también que los docentes puedan sentirse
acosados y mostrar rechazo a ser evaluados por personas ajenas al centro.
Aun así, si
tenemos en cuanta que la evaluación tiene como finalidad fundamental el aportar
información para desarrollar capacidades y potenciar actitudes que puedan
insertarse en los procesos de mejora de la calidad de la educación, debemos aceptar
las percepciones de los padres pueden contribuir al desarrollo de actitudes de
interrelación y mutuo conocimiento absolutamente necesarias para producir una
educación de calidad.
No debe
cometerse el error de asumir que éste, o cualquiera de los otros procedimientos
propuestos, se constituya en la única fuente de evaluación, pero sí tener en
cuenta que el aporte de los padres proporciona percepciones distintas, enriquecedoras
de la visión comprensiva a la que debe aspirarse y, sobre todo, para moldear
nuevas y más positivas actitudes.
Uno de los
argumentos de mayor peso para justificar su inclusión en la evaluación del
desempeño docente tiene que ver con el hecho que ellos sean los consumidores
principales de los servicios educativos del docente. Por ello se encuentran en
una posición privilegiada para proporcionar información acerca de la
efectividad de la docencia. Son los únicos que tienen información directa del
tipo, naturaleza y calidad de las prácticas docentes que se realizan en el
aula.
Sin embargo, las
experiencias con su empleo parece restringirse a los estudiantes de mayor edad,
aunque en el Colegio de la Inmaculada- Jesuitas, así como en La Casa de Cartón
su uso se ha extendido desde hace algunos años hasta los primeros grados de la
primaria, parece ser que con muy buenos resultados. Es cierto que los juicios
de los estudiantes tienen que ver básicamente con los niveles de empatía y
sintonía que los docentes han logrado o no con ellos. Pero, si esto es así, debiéramos
esperar sólo esa información del empleo de este procedimiento, con la seguridad
que ella es absolutamente relevante, porque del nivel de empatía y comunicación
afectiva logrado por el docente, depende buena parte de los resultados de
aprendizaje de los estudiantes.
Que el profesor
conozca las percepciones del alumno sobre su práctica docente y su actuación
personal en el aula, independientemente de su valor formativo para alumnos y
docentes, puede ser una importante plataforma de interacción y acercamiento
entre los alumnos y el docente.
Finalmente, cabe
añadir que la información obtenida a partir de la opinión de los alumnos, puede
resultar muy valiosa cuando se cruza con otras obtenidas mediante otros medios.
(p.ej.: portafolio, informes de autoevaluación, opinión de los padres, etc),
sobre todo si quien tiene la posibilidad de hacer ese cruce es el mismo
docente.
Dada la
naturaleza colaborativa de la enseñanza y de la educación contemporánea, sería
absurdo imaginar un proceso de evaluación que ignorara a los pares como fuente
vital para la retroalimentación de la mejora de la calidad de la actividad docente.
La evaluación por pares expresada de forma colectiva constituye, sin duda, una
fórmula extraordinaria de desarrollo profesional y de refuerzo positivo para
los docentes.
Al margen de la
importancia y del valor que asignemos a la información obtenida a partir de las
opiniones de los padres y de los alumnos, es un hecho comúnmente aceptado que
la información así obtenida ofrece una visión parcial de la docencia. Si
verdaderamente queremos obtener una imagen precisa y completa de la misma, con
la intención de gestionar su mejora y orientar las decisiones tanto personales
como institucionales de una manera inteligente y ajustada, no tenemos más
remedio que introducir en el sistema evaluativo información proveniente de los
pares.
Existen
experiencias muy exitosas en algunos colegios privados de nuestro medio y en
varios centros públicos, entre ellos un buen número de centros de Fe y Alegría.
Sin embargo, debemos tener cuidado en no confundir la retroalimentación proporcionada
por los pares con la evaluación realizada por los pares. La información
aportada por los pares formará parte, como una fuente más, en el marco general
de un sistema de evaluación comprensivo de la docencia. En ningún caso deben
derivarse juicios valorativos directos desde esta información.
La información
solicitada a los pares nunca debe ser juicios valorativos personales del
compañero o información subjetiva basada en la impresión (o en el
desconocimiento) respecto de su actuación, sino en información objetivamente
valorada respecto de aquellos elementos de su actividad, que los compañeros
conocen directamente y que deberán expresar de tal manera que pueda utilizarse
para su mejora. Sólo así la información de los pares introduciría elementos
sustantivos para la retroalimentación positiva del profesor y le aportaría
verdadero valor añadido.
La información
que los pares aporten debe focalizarse, fundamentalmente, en descripciones
factuales respecto de la actuación docente de la persona a evaluar. Para ello
es importante invitar como proveedores de datos únicamente a aquellos pares que
tengan conocimiento directo de la actividad del profesor a evaluar.
Una forma de
incrementar la validez del estudio es preguntar, única y exclusivamente, por
cuestiones que la persona interrogada, por su conocimiento directo, está en
condiciones de contestar, evitando pedir consideraciones de tipo valorativo. En
cuanto a la fiabilidad, cabe recordar que cuanto mayor sea la muestra de
personas interrogadas mayor será la misma, por tanto convendrá incluir
suficientes sujetos en los procesos evaluativos por pares.
Debe
garantizarse la confidencialidad en todo el proceso evaluativo, de lo contrario
difícilmente se conseguirá que la información aportada sea emitida sin
restricciones de algún tipo.
Si partimos de
que el propósito directo de la enseñanza es el aprendizaje, incluir el
rendimiento de los alumnos como una fuente más en los procesos de evaluación
del profesorado parece razonable. Sin
embargo, vincular directamente el aprendizaje de los alumnos con la tarea del
docente o de la escuela no es una idea totalmente aceptada y exitosa, desde el
punto de vista de las experiencias realizadas.
Aun así y en el
marco comprensivo desarrollado al analizar la tercera de las finalidades de la
evaluación del desempeño docente, se trata no tanto de valorar la tarea del
docente sobre el rendimiento absoluto de los alumnos, sino tratar de hacerlo
sobre el valor añadido aportado por él y por el centro, en un período
determinado. Ello implica, por un lado, establecer el punto de partida del
rendimiento anterior, valorando no tan sólo las ganancias de rendimiento sino
analizándolas a la luz que aporta también el potencial de aprendizaje observado
en los alumnos a lo largo del tiempo.
Lograr estos
análisis comparativos, que debieran ser hechos principalmente por los
colectivos docentes de cada centro o red de centros, supone la existencia de
instrumentos confiables, construidos desde estándares de aprendizaje
preexistentes.
Otro aspecto
importante es que es la imposibilidad práctica de discriminar, sobre todo en
los grados en los que hay polidocencia, cuál es el efecto sobre el aprendizaje
de los alumnos, de la práctica de un solo docente. Lo que sí es posible es
comparar los resultados muestrales o censales de un mismo grupo de estudiantes
del centro a lo largo del tiempo y desde allí tratar de hacer inferencias sobre
el impacto real que la actividad docente está teniendo.
Por otra parte y
tal como ya hemos expresado anteriormente, la información así obtenida formará
parte de ese registro acumulativo de evidencias múltiples que ayudaría a los
docentes de un centro a dibujar, con la mayor precisión posible y con el mayor
número de matices, la realidad de la docencia ejercida en el centro educativo.
ABRILE
DE VOLLMER, María Inés (Exministra de Educación de la Provincia de Mendoza
(Argentina) durante el período 1989-1992 y actual asesora del Ministerio de
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[1]
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[2]
MATEO, J. La evaluación educativa, su práctica y otras metáforas. Barcelona.
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[3]
VALDÉS V., Héctor. “En un mundo de cambios rápidos, sólo el fomento de la innovación
en las escuelas permitirá al sistema educacional mantenerse al día con los
otros sectores”. Ponencia presentada en el Encuentro Iberoamericano sobre
Evaluación del Desempeño Docente. OEI, México, 23 al 25 de mayo de 2000.
[4]
Ibid.. Páginas 14 y 15.
[5]
Ibid. Página 16
[6]
PAVEZ URRUTIA, Jorge, Presidente
Colegio de Profesores de Chile. Seminario Perspectiva del Colegio de Profesores
sobre el Profesionalismo Docente., Internacional “Profesionalización docente y
calidad de la educación”. Santiago de Chile, 8 y 9 de mayo de 2001.
[7]
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inicial de docentes. División de Educación Superior. Programa de
Fortalecimiento de la Formación Inicial docente. Junio-2001
[8]
MESSINA, G. Panel de especialistas "La formación docente para la educación
de jóvenes y adultos.
Perspectivas y debate". Buenos Aires. Noviembre 2000.
[9]
ABRILE DE VOLLMER, María Inés (Exministra de Educación de la Provincia de
Mendoza (Argentina) durante el período 1989-1992 y actual asesora del
Ministerio de Cultura y Educación de Argentina). Nuevas demandas a la educación y a la institución escolar, y la
profesionalización de los docentes. Revista Iberoamericana de Educación Número
5. Mayo - Agosto 1994.
[10] WILSON, J.D. Cómo valorar la calidad de la
enseñanza, Barcelona: Paidós/MEC. 1992.
[11]
HERNÁNDEZ, Carlos Augusto. Aproximaciones a la Discusión sobre el Perfil del
Docente. II Seminario Taller sobre perfil docente y estrategias de formación.
Países de Centroamérica, El Caribe, México, España y Portugal. San Salvador, El
Salvador del 6 al 8 de diciembre de 1999. Página 9.
[12]
AYLWIN, Mariana. Ministra de Educación. Política de profesores en Chile.
Discurso. Seminario Internacional “Profesionalización docente y calidad de la
educación”. Santiago de Chile, 8 y 9 de mayo de 2001.
[13]
Estándares.... Chile. Página 9
[14]
La Ética en la Formación y en la Práctica Docente. Enfoques
multidisciplinarios. En: Quehacer Educativo. No. 36 (Julio, 1999). Página 18.
[15]
Ibid. Página 25
[16]
Ibid. Página 27
[17]
AYLWIN. Op cit
[18] SCRIVEN, M.. "Summative teacher evaluation" en J.
Millman (ed.) Handbook of teacher evaluation pp. 244-271. Beverly Hills, Ca.
Sage. 1981.
[19]
“Los estándares son, por tanto, patrones o criterios que permitirán emitir una
forma apropiada juicios sobre el desempeño docente de los futuros educadores y
fundamentar las decisiones que deban tomarse. Son genéricos. Expresan
posiciones respecto a la enseñanza y el aprendizaje que derivan de una
larga tradición pedagógica que se extiende desde Sócrates, incluyendo a Froebel,
Pestalozzi y Dewey, hasta Paulo Freire.
Se han formulado como descripciones de formas de desempeño. Se
expresan en términos de lo que sabe y puede hacer. [...] Los estándares
de desempeño nos dotan de parámetros que aseguren una mejor preparación de los
profesores en un futuro próximo, además de constituir un paso concreto hacia
formas prácticas de evaluar el desempeño docente. “Estándares de desempeño para
la formación inicial de docentes. Ministerio de Educación de Chile. División de
Educación Superior. Programa de Fortalecimiento de la Formación Inicial
docente. Junio-2001.
[20] STRONGE, J.H.. Evaluating Teaching. A guide to
current thinking and best practice. Thousand Oaks, CIa. Corwin Press, Inc. 1997
[21]
BENVENISTE, Luis. “La evaluación del rendimiento académico y la construcción de
consensos en Uruguay”. Abril-2000.
http://www.grade.org.pe/gtee-preal/docs/Beneviste.pdf
[22]
TEDESCO, Juan Carlos El nuevo pacto educativo. Educación, competitividad y
ciudadanía en la sociedad moderna. Madrid, Grupo Anaya, 1995
[23]
Valdez. Op.cit.
[24]
RODRÍGUEZ C., Abel. Los maestros, protagonistas
del cambio. Convenio Andrés Bello. Seminario de Integración Educativa Andrés
Bello. Noviembre, 1999. Página 15.
[25] MATEO. Op.cit.