Cierto
nacionalismo que se ha implantado en el País Vasco tiene un
problema de raíz: todos sus objetivos, todas sus aspiraciones,
su manera de ver el mundo, es sentimental. Han conseguido inculcarles
pasiones en lugar de razones. Por eso, de la misma manera que se ha
visto que su aceptación del Estatuto no era sino pura
estrategia, la argumentación, el diálogo, la
discusión, es, igualmente, pura estrategia. No están
dispuestos a escuchar, sino a hacer como que escuchan. No están
dispuestos a dialogar, sino a hacer como que dialogan. No están
dispuestos a razonar, sino a hacer como que razonan. Todo para llegar a
un objetivo puramente sentimental. Y cuando consideren que hacer como
que razonan, dialogan o escuchan no les acerca a ese objetivo,
dejarán de hacerlo. Sin más. Totetanti o herriko seme
arrunta son un buen ejemplo de este nacionalismo.
No ven en el intercambio racional de opiniones un fin en sí
mismo. No ven en la democracia un sistema para gestionar de manera
más o menos razonable la discrepancia. No ven o no quieren, las
ventajas de un sistema que permite una convivencia donde la seguridad
es posible, donde la libertad puede desarrollarse y donde podemos tener
unas bases comunes para estar en el mundo. Así, la razón
y la democracia, son sólo instrumentos para un fin. Fin que, por
supuesto, se alza por encima del propio sistema democrático. Son
sólo instrumentos para la imposición de una visión
sentimental del mundo y si pudieran imponerla de otro modo, lo
harían. Por eso, ahora que se creen mayoría, la
democracia se limita a un juego de imposiciones de la mayoría.
Por eso no introducen en el concepto de democracia el respeto a la Ley,
al Estado de Derecho. Por eso no introducen los derechos de las
minorías.
Pero claro, cuando el discurso racional queda en un segundo plano, como
algo secundario, se abre la veda para la invención del mundo:
los hechos pueden ser tergiversados, alterados y hasta inventados. Por
eso nos viene “totetanti” a contar cuentos fabulosos sobre Borja
Semper, por eso cambia la realidad fáctica con tanta facilidad.
Y esa es una actitud generalizada en el nacionalismo que se ha
implantado y que inventa pasados mitológicos, derechos
inexistentes, unidades políticas metafísicas, vasquidades
de cartón piedra.
Esta situación es muy grave, porque dinamita los ámbitos
del discurso común. Imposibilita la comunicación real y
todo se reduce a una apariencia de comunicación, estéril,
vacua, inútil: ¿qué sentido tiene discutir con
quien ve en la discusión una mera táctica y no un medio
para resolver diferencias o facilitar interpretaciones racionales?,
¿qué sentido tiene discutir con quien no respeta los
principios en los que se sostiene la discusión? Impone la
división.
Pero no sólo eso, sino que la ruptura del espacio para un
discurso común es la cruz de la moneda cuya cara es el
totalitarismo. Efectivamente, cuando los hechos no son límite,
cuando la realidad se construye desde la mera voluntad, nos acercamos
al totalitarismo, aparece la voluntad totalitaria que pretende
construir el mundo exclusivamente desde sí misma, de manera
absolutamente autorreferencial. La realidad ya no es un ámbito
compartido por el ser humano, sometido a un lenguaje que pueda
construir un discurso con bases comunes para todos, sino que es un
escenario virgen, que tiene que ser construido de acuerdo con un plan
que es mero deseo, de unos pocos o unos muchos, pero mero deseo, mera
voluntad. En este escenario, por pura lógica, quien no sintonice
con los designios del poder totalitario, de la voluntad ilimitada,
quien no quepa, no acepte o estorbe el plano del arquitecto,
será o deberá ser excluido. La pérdida de los
espacios comunes que supone no acatar los hechos y las normas del
discurso racional (y racional no significa cumplimiento de meras normas
lógicas, sino respeto a la realidad fáctica y a su
interpretación posible), conlleva siempre la exclusión o
el exterminio. Estamos ante el mero poder sin restricciones.
No es casual que el nacionalismo romántico, como
ideología política, no nazca como una aspiración a
una determinada administración de la sociedad que haya de
contraponerse a otros modelos, al modo de las ideologías de
izquierda o de derechas (no tiene una posición sobre el papel
del Estado, sobre los resortes de la economía, etc.), sino como
mera aspiración al poder "per se". La esencia del nacionalismo
es reivindicar la soberanía (es decir, el poder) para un
territorio determinado, no cómo administrar ese territorio. Eso
vendrá después.
Stalin dijo que iban a corregir cuarenta siglos de historia y
terminó asesinando a millones de personas. Hitler quiso
construir su mitológico pueblo alemán, y trajo el
Holocausto. Aquí no tienen la capacidad de llegar a tanto, pero
sí de provocar un pequeño genocidio a escala de
novecientos asesinados, miles de víctimas, decenas de miles de
amenazados, decenas o centenas de miles de exiliados. Por supuesto, con
la connivencia y hasta ayuda (recordemos las subvenciones
sistemáticas al entorno de ETA, recordemos los apoyos a HB,
recordemos cómo han cortocircuitado cualquier medida
antiterrorista) de este nacionalismo que copa el Gobierno vasco, a
quien tanto poder le ha dado el terrorismo, tanto desde la
situación de ventaja que supone una sociedad viciada por la
violencia durante treinta años, como por la ventaja cuantitativa
que supone el éxodo constitucionalista, la "limpieza" de la
sociedad para permitir la construcción de una nueva Euskadi
desde el poder.
Esta voluntad totalitaria que hunde sus raíces en el
sentimentalismo extremo, es la que lleva a despertar el odio de gente
como "totetanti" hacia todo aquello que se oponga, que sea un freno, un
estorbo, a sus objetivos meramente pasionales, odio a todo aquello que
se oponga a esta voluntad en explosión, ilimitada. Por eso a
totetanti, y a este nacionalismo, en general, no le preocupa tanto el
terrorismo, la violencia, como el PP. No les saca tanto de las casilla
Etasuna, como los populares. Por eso con esta gente es imposible un
diálogo auténtico y lo único que tendremos, una y
otra vez, serán simulacros, farsas, desencuentros. Por eso este
nacionalismo en el poder será siempre excluyente.
concalma - 12-02-05
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