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El
término "democracia" es, como tantísimos otros,
multívoco y eso nos lleva a que en ocasiones se pueda defender
con igual razón que algo o alguien es democrático y que
no lo es. La aporía tiene una simple solución, porque lo
que realmente sucede es que estamos utilizando un mismo término
para dos conceptos. Problema al que deberíamos irnos habituando
en el País Vasco.
Como es bien sabido, la democracia llegó al grito de "libertad,
igualdad, fraternidad".
Pues bien, de manera muy sencilla, podríamos decir que una de
las primeras acepciones de "democracia" está vinculada con el
primer
término de la tríada, con la "libertad" e incluye un
sistema
de libertades políticas, como celebración de elecciones,
partidos
políticos y asociaciones, incluso se podrían
añadir
otros elementos como libertad de información, legalidad, etc.
Creo
que el nacionalismo ha demostrado que, pese a su origen en el cual
rechazaba
todos estos elementos, y pese a que creo que le cuesta mucho adaptarse
al
concepto amplio de democracia (no olvidemos las declaraciones de
Rubalkaba
sobre sus deseos de que no existieran Tele5, Antena 3, etc), el
nacionalismo
sí que puede ser democrático en este sentido. Desde
luego,
el nacionalismo periférico se ha adaptado, mal que bien, a este
sistema
(no así los reductos de nacionalismo español que
aún
quedan) y aunque nadie sabe si es una cuestión de necesidad o de
voluntad
(los hay que sospechamos cuál es la respuesta correcta), es un
hecho
que viven en un modelo político con pluralidad de partidos,
asociaciones,
medios de comunicación, etc. Así pues, en este sentido el
nacionalismo sí puede ser democrático (lo cual no
significa
que necesariamente lo sea).
Pero hay otra definición menos formal y más
ideológica de la democracia, que estaría vinculada con el
segundo término de la tríada democrática
(igualdad) según la cual,
la democracia es también el sistema que hace recaer los
derechos,
sobre todo la soberanía, no sobre un pueblo etno-cultural, sino
sobre
un pueblo político, conformado por ciudadanos iguales cuyos
derechos se imponen por encima de las diferencias culturales. En este
sentido el
nacionalismo es esencialmente antidemocrático.
Hacer recaer los derechos políticos, la soberanía o el
derecho de autodeterminación sobre el pueblo etno-cultural, como
hace el nacionalismo, en lugar de sobre el pueblo político,
lleva
o al absurdo total, o a concepciones antidemocráticas. Y esto no
es
un capricho mío, o una ocurrencia. No, no, qué va. Esto
es
la esencia misma de la política desde el nacimiento de la
democracia,
desde la revolución francesa; basta para darse cuenta de ello
con
estudiar un poquito de historia del pensamiento. Fueron los
contrarrevolucionarios
franceses, con De Maistre a la cabeza y los antidemocráticos
románticos
alemanes, elaboradores del concepto del Volkgeist o espíritu del
pueblo,
quienes se opusieron en nombre de ese pueblo etno-cultural, en nombre
de
la tradición, en nombre de la nación etno-cultural, al
pueblo
político que está en la base de la democracia. Y
ciertamente
fueron el Carlismo primero y el nacionalismo después movimientos
intrínsecamente anti-liberales, que reaccionaban frente al
igualitarismo y el laicismo liberal (¿quién no recuerda
el "Dios y Leyes viejas" que sigue siendo el lema del PNV?), es decir,
reaccionaban contra la democracia.
Todo ello resulta muy coherente, porque la democracia, que viene de la
mano de la ilustración y del liberalismo, precisamente centra su
esfuerzo en situar los derechos de los individuos por encima de las
culturas,
en anteponer la razón a la tradición (cultura), es decir,
en anteponer los derechos del pueblo político, constituido por
ciudadanos iguales independientemente de su adscripción
étnica (unido a través de complicados caminos
históricos de guerras, pactos políticos, matrimonios,
diplomacia, vínculos económicos, etc. y, de manera muy
fundamental, a través del soberano), al pueblo cultural. De esta
manera, quien pretenda hacer bascular los derechos de
soberanía sobre el pueblo cultural, en lugar de sobre este
pueblo
político, está torpedeando en la línea de
flotación
a la democracia, no en su aspecto formal (concurrencia en las urnas,
que
por la situación histórica actual quizás se ve
obligado
a asumir), sino en su base doctrinal más amplia.
Y es que, si la soberanía, de la que emanan el resto de los
derechos, recae sobre el pueblo cultural, parece lógico que no
disfrute de
tales derechos quien no forme parte de la etnia o quien no comparta la
cultura... que no disfrute, al menos, del derecho primigenio de
soberanía y
que si disfruta de algún otro sea por simple derivación y
decisión graciosa del pueblo (etno-cultural) soberano.
¿No?
Porque no se entendería muy bien por qué, si los derechos
son de ese pueblo etno-cultural que viene de la era de Pedro
Picapiedra,
alguien que no pertenezca a él, que no comparta cultura y/o
etnia,
y se limite a "compartir territorio", tendría que tener tales
derechos.
¿Por qué un maketo, desde la visión nacionalista,
tendría
derechos? Ahí, sin duda, el ínclito Sabino era coherente.
También
es pura coherencia la limpieza de facto y la pérdida de derechos
que
se está produciendo a través del euskera en nuestra
sociedad
y tantas otras manifestaciones, como el considerar que los vascos son
sólo
los nacionalistas (con la totalitaria equiparación de cultura
vasca
a "cultura" nacionalista) puesto que en ellos reside esa "esencia
metafísica"
que permite que un pueblo con derecho de soberanía "permanezca"
a
través de los siglos y la historia, más allá de
sus
individuos, más allá de sus instituciones
políticas, más allá de su historia. Y a esa
concepción responde también el hecho incontrovertible de
que los nacionalistas exijan
(y consigan en muchas ocasiones) derechos que no se reconocen al resto
(recordemos las amargas quejas del nacionalismo porque el sistema
autonómico
se hubiera convertido en "café para todos", o las
manifestaciones
de Pujol diciendo que se pretendía tratar a Cataluña como
a
Cuenca). Me parece, por tanto, claro, que el nacionalismo, en este
sentido
fuerte de la democracia, es profundamente antidemocrático.
Pero todavía se podría añadir, en directa
relación con el punto anterior, una nueva definición de
democracia, menos
habitual y más discutible, que se vincularía con el
tercer
término de la tríada revolucionaria (fraternidad) y que
añadiría a todos los elementos anteriores la solidaridad
entre los ciudadanos (lo que sería un Estado Social y
Democrático de Derecho). Este
elemento, sin duda, es el más vaporoso y el que más se
cuestiona
que pueda dar lugar a una definición de democracia, pero ese
debate
no corresponde a este mensaje, sino que lo que corresponde aquí
es
el estudio de la articulación de la solidaridad desde una
concepción que en lugar de girar en torno al pueblo
político, gira en torno
al pueblo etno-cultural. Pues bien, no cabe más que constatar
que
el nacionalismo, también en este sentido, resulta
antidemocrático ya que la articulación de la
política sobre el pueblo etno-cultural, determina que la
solidaridad no recaíga sobre todos los ciudadanos, sino sobre la
tribu, sobre el pueblo étnico, si se prefiere, lo cual no deja
de ser obvio, puesto que al ser la comunidad etno-cultural lo que
define al pueblo, es en justa lógica la comunidad etno-cultural
la que define el primer nivel de solidaridad, dejando a todo el que
quede fuera de dicha comunidad disuelto en el etéreo mundo de la
solidaridad
internacional, o lo que es lo mismo, el "cuasivacío".
De ahí que en el País Vasco, a pesar de tener una renta
per capita superior a la media, actualmente, no cooperemos con la
solidaridad del resto de España, y que continúe impuesto
un sistema de cupo, con un cupo ridículamente bajo. De
ahí que el Gobierno nacionalista vasco destine sus fondos a la
solidaridad con los vascos nacionalistas en el extranjero (que
entienden son los de la etnia...), conviertiendo los Centros Vascos en
centros nacionalistas, como muy oportunamente se ha señalado en
este foro. De ahí que una de las propuestas estrella del nuevo
Estatuto de Maragall, sea equiparar la aportación de
Cataluña al Estado con la del País Vasco, de ahí
que sea increíble que los partidos de izquierda (Zapatero ha
dado su completa adhesión al plan de Maragall) se sientan tan
cercanos a un nacionalismo que es, esencialmente y en el sentido
expuesto, insolidario: ¿de qué izquierda
me están hablando?, ¿cómo es posible que puedan
engañar a tanta gente?
Así pues, desde mi punto de vista, la ideología
nacionalista sólo puede ser democrática en un sentido muy
primario, ya
que el corazón de su planteamiento político (la
articulación en torno al pueblo etno-cultural... y nótese
que no hablo ya siquiera del elemento racial para evitar
polémicas estériles) lleva a una concepción
absolutamente antidemocrática en sentidos
un poco más amplios del término.
En otro momento, cuando tenga tiempo, trataré este tema, para
quien pueda interesarle, no desde el punto de vista de la
ideología
nacionalista, sino desde los hechos del nacionalismo gobernante.
Un saludo a todos y gero arte.
concalma
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