De
Vuelta al futuro: el cine verdad de Dziga Vertov.
Dziga Vertov: El hombre con una cámara
de cine (1929). Laboratoro de Arte
Alameda, Miércoles 17 de Octubre del 2001, 20.30 hrs. Proyección
acompañada por música en vivo a cargo del grupo británico In
The Nursery.
Por
Cuauhtémoc Medina. Reforma Miércoles 24 de octubre 2001, p. 2c.
A más de setenta
años de haber sido realizada,
El hombre de la cámara de cine (1929) de Dziga Vertov
(1896-1954) sigue operando como una especie de grado cero del lenguaje cinematográfico.
Con Octubre (1928) de Sergei Eisenstein, es el ejercicio más radical de la teoría del
montaje de fragmentos y atracciones que el cine soviético aportó
al desarrollo del cine moderno, y continúa siendo el punto de referencia
en la búsqueda de una
imagen en movimiento que atiende a la realidad del mundo objetivo en
lugar del proceso imaginario de la ficción. Como la propia
película declara en el manifiesto que le sirve de prólogo, quiso
ser el primer film hecho “sin guión ni intertitulos” que planteara un “lenguaje
internacional absoluto” sin parentesco con el teatro ni la literatura.
El hombre de la
cámara de cine está compuesto de cientos de escenas de la actividad
cotidiana de San Petersburgo, las más de las veces tomas callejeras pero
también del trabajo y vida
doméstica, unidas en una
zaga donde la ciudad moderna y la cámara del cine comparten los roles
protagónicos. Trozos de la realidad tomados al paso (Vertov los llamaba kino-fraza, “frases
fílmicas”) que
alternándose unos a otros en una rápida sucesión trazan una especie de alegoría
real que identifica el vértigo de la modernidad urbana y sus contrastes
sociales y económicos, con el proceso mismo de la documentación y
edición cinematográfica. Obsesionado con la movilidad y velocidad,
y heredero de la fascinación tecnológica de los futuristas y
constructivistas, Vertov puso en evidencia la relación entre el
mecanismo del cine, la nueva intensidad de la productividad industrial y el ritmo enloquecedor que
automóviles, trenes y tranvías impusieron a hombres y mujeres en
el siglo XX.
Hacia 1920 Vertov hizo un
descubrimiento notable: el ojo humano era capaz de registrar un plano
cinematográfico de apenas dos o tres fotogramas. Ello implicaba la posibilidad de montar
fragmentos por demás diminutos en cortes aparentemente ilógicos
que no sólo desafiaban por entero la temporalidad de la visión
natural sino las estructuras del pensamiento. De ahí que sus
“estudios visuales”
anunciaban el surgimiento de una nueva óptica, la
sustitución del ojo natural por “el ojo-cámara” (kino-glaz), representada en
el film por la ubicuidad del camarógrafo y la progresiva
superposición del lente y el ojo. Al paralelo de Walter Benjamin,
Vertov profetizaba la absoluta
transformación de nuestra visión por la reproductibilidad
técnica. En las
secuencias finales de su película, la cámara de cine se
independiza de su operario, convirtiéndose en una especie de robot. Como Vertov escribía ya en 1923, el
“ojo máquina” se liberaría algún día de
su “piloto”, pues para él el cine implicaba una especie de
prostasis donde el hombre
“funcionaría como una extensión de la cámara.”

El Laboratorio de Arte Alameda
preparó una presentación por demás notable de este
clásico de la vanguardia artística que no sólo traía
a México una versión restaurada por el British Film Institute, sino que la
acompañaba de música en vivo tocada por el grupo británico
In the Nursery, compuesta especialmente para el filme en 1999. Dziga Vertov
seguramente se hubiera sentido orgulloso por el hecho de que su obra maestra
estaba siendo proyectada en tecnología DVD en una pantalla localizada en
lo que fue el altar de una iglesia católica, sustituyendo
metafóricamente al icono religioso por el nuevo ídolo de técnica.
Ciertamente escuchar una interpretación musical en vivo hizo que los
espectadores accedieran de nuevo el ambiente de sacralidad y sorpresa que deben
haber experimentado las
audiencias cinematográficas de hace siete décadas. Pero, en otro
plano la música de In the Nursery tenía un efecto ambiguo
sobre el film, y eso sin hablar del un tanto deslucido concierto que el grupo
ofreció como encore al final de la película.
La interpretación de In
The Nursery combina aspectos de rítmica tecno con los paisajes
sonoros que introdujo el rock progresivo de los años 70, para crear un
acompañamiento que no tenía propiamente ni principio ni final,
sino que hace sentir la película entera como un larga obertura: un
inicio perpetuo. Era imposible no sentir
que In the Nursery convertía la obra de Vertov en un inmenso
videoclip, donde el romanticismo de la música reprimía el impacto
de los cortes cinematográficos. Sería imposible desde el
horizonte del presente no acercarse a Vertov con un cierto dejo de nostalgia,
pero ese sentimiento era expandido por la música a contracorriente del
desarrollo visual. La
interpretación no era desagradable en absoluto, pero distaba de ser
radical.
Todo ello no quita un
ápice de lo atinado de haber traído a México la
función: basta pensar el trabajo monstruoso que apenas hace una
década implicaba hacerse en México de materiales sobre la
vanguardia soviética en nuestras bibliotecas para celebrar que para
algunos cientos de artistas y cineastas locales Vertov no es ya una mera
referencia académica.
Incluso, la nostalgia que In The Nursery le
infundió tenía un fondo de verdad: El hombre de la
cámara de cine es el documento
más elocuente del breve período de bonanza económica y
ascenso social que la Nueva Política Económica produjo en la
Unión Soviética entre 1921 y 1929. Más que un manifiesto
pro-comunista, El hombre de la cámara de cine nos ofrece una visión cargada de
melancolía acerca del rumbo que pudo tomar la Unión
Soviética sin Stalin: una economía mixta que permitía lo
mismo la más radical experimentación cultural y la
búsqueda del placer mundano. Hoy Vertov no sólo nos habla de un
cine que quedó en gran medida como proyecto, sino de una historia
alternativa que el siglo XX transformó en pesadilla.
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