Las trampas del consenso.

 Cuauhtémoc Medina
Artículo que La Jornada ya no publicó
Julio 2000

 

 

 

Debatir supone sujetarse a un temario, para elaborar ideas refutando al  contrario. Diluir una discusión convirtiéndola en un intercambio de confidencias sobre el gusto, como propone Teresa del Conde, es  una forma de evasión. Del Conde ha acostumbrado a sus lectores a un género de escritura que entrevera la crítica de arte, su diario personal y las relaciones públicas de las instituciones que ha comandado. Esa mezcolanza (que sería anómala en un país menos anómalo) se resguarda en la confianza que le despierta la identidad entre persona y estilo. Quienes no partimos de la fe en la gracia individual, no nos queda sino  asumir que hay una diferencia —tensión y comunicación— entre nuestro gusto o aberración por obras particulares, y la reflexión de segundo orden sobre el cambio de las prácticas artísticas y sus coordenadas históricas e institucionales.

Pensar como Del Conde que toda discusión sobre arte se reduce a construir el "consenso" sobre que será  lo "clásico del porvenir" sería concebir a la  cultura como un proceso unidireccional que tiene por única vocación yacer sepultada en el museo. Al construir una hegemonía (como es el canon artístico) no es raro que se adopte un tono de generosa universalidad que tiene por finalidad  enmascarar los puntos de conflicto. En 1999 Teresa del Conde se opuso a otorgar a un ensamblaje en forma de cuadro de Melanie Smith el premio de la Bienal de Monterrey en el género de pintura, para luego otorgarle una mera "mención" en el género de "instalación" donde tampoco se ajustaba del todo a las demandas del concurso.  Esa es la forma en que una visión anacrónica de las relaciones entre las disciplinas artísticas bloquea lo que no se ajusta a las categorías administrativas usuales.  Yo iría más lejos: el mecanismo de "concurso de arte" es inapropiado para propiciar la cultura vigente pues permite a los posibles patrocinadores y coleccionistas fabricar una escena paralela donde refugiar su falta de audacia.

Es así que los intentos por reducir la crítica de arte (o la curaduría) a un debate de "gustos" da vida artificial a una cultura caduca que distrae al público con cuestiones  irrelevantes tales como muestras colectivas donde el curador inventa "a su gusto" temas como un "homenaje a Mozart" que inducen a los artistas a ajustar sus "estilos personales" para incluir pentagramas. En cuando a la educación artística, ¿cómo no hablar de una situación anacrónica en las instituciones locales si Teresa Del Conde admite que la esperanza para llegar a ser un Francis Alÿs o un Yishai Jusidman es ser o formarse en el primer mundo?

No sólo hay diferencias irreductibles entre la práctica y forma de pensar de Del Conde y otros críticos. Ninguno de nosotros representa la opinión de los artistas, ni deberíamos aspirar a ello. Lo más probable (y más sano) es que les seamos irritantes. Lo que llamamos "arte contemporáneo" involucra una serie de traspasos y confluencias con la reflexión filosófica, la experimentación ética, la inventiva underground, los estudios culturales y la especulación política que se han alojado en el mundo de lo que fueron las artes plásticas. A los críticos nos toca tratar de reformular la escritura y curaduría para que verbalice, articule, aloje, disemine o interactúe con una práctica que es tan caótica y apasionada que ya no puede ni siquiera describirse con el concepto armonioso de la "pluralidad," pues hay ciertas prácticas que reniegan de la convivencia civilizada.

Se que algunos de mis amigos pintores ven mi opinión en el sentido de que la pintura ha perdido el rol protagónico y decisivo que tuvo en la cultura moderna  como otro gesto autoritario de los críticos. Sin embargo, creo que al menos podrán concordar en que hay una diferencia radical entre las actitudes anti-pintura de la vanguardia, y la marginación del discurso pictórico en el arte contemporáneo. Una cosa es proponerse, como Rodchenko, Jorn, Pollock, Siqueiros o Spoerri, torturar hasta matar a la pintura de caballete, para entonces salvarla de un modo transformado. Otra cosa es tener que lidiar con la deflación, pérdida de tensión y desplazamiento de la pintura en la cultura actual. Cuadros seguirá habiendo (supongo) mientras persista la norma arquitectónica occidental de tener paredes planas. Pero mientras que hacia 1910-1955 en la pintura se dirimía la relación entre estética, cultura y sociedad industrial, hoy un cuadro adquiere importancia  por distorsión o por excepción. Amar la pintura es esperar esos casos excepcionales y desembarazarse del resto.

Los cambios de peso entre las prácticas artísticas son sintomáticos de cambios en la estructura de la civilización. El problema que plantea el espacio caótico y creativo del arte contemporáneo no es el del arribo de una "moda", sino el de un fenómeno global donde, por ejemplo, ante la reducción de importancia del trabajo industrial, la promesa que para la modernidad significaba la persistencia y refinamiento de la pintura se desvanece. De ahí que el artista contemporáneo (incluso quien se atiene a un medio "tradicional") opera en una plataforma abierta donde convive, dialoga,  y entra en conflicto (o mutua contaminación) con toda clase de prácticas. Ni duda que esta situación tiene efectos radicales sobre las posiblidades de nuestro placer.

Uno podria preguntarse  por qué es que este caos productivo ha venido a alojarse en lo que antes llamábamos "artes visuales". Tiene que ver  con que la pintura y escultura modernas generaron una cultura autorreflexiva y una densidad de argumentos que sirven hoy de referencia a todo artista. Pero, ¿se puede ser fiel a la complejidad de la tradición intelectual que generó el arte moderno y su crítica, empecinándonos en defender a priori el privilegio del óleo, la paleta y el pincel?  En la mayoría de los casos ocurre exactamente lo contrario: la pintura profesional usual declama su superioridad sin establecer un diálogo con su debate modernista. Por eso se identifica con los "fundamentalismos": su purismo es una reacción de angustia ante la erosión irremediable de la modernización.

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