Dos demoras: Wols y video-escultura.
Cuauhtémoc
Medina
Reforma.
Miércoles
23 de mayo del 2001, p. 4. c.
—Video-escultura en Alemania desde 1963.
Museo Carrillo Gil, Ave. Revolución 1608, esq. Altavista, San Angel.
Hasta el 3 de junio.
—Wols. Fotografías, acuarelas, grabados. Museo de Arte Moderno, Paseo de la
Reforma y Gandhi, Chapultepec. Hasta
el 22 de julio.
En
1993 el Instituto de Relaciones con el Extranjero de Alemania (IFA) organizó una
exhibición itinerante de video-escultura y videoinstalaciones que
combinaba una revisión histórica de los treinta años del
género junto con un panorama contemporáneo. La muestra tomaba
como punto de partida el año de 1963. Fue entocnes que Nam June Paik y
Wolf Vostell utilizaron por primera vez la señal de video y el monitor
de T. V. como medios artísticos, pues querían a la doble
inundación de imágenes de la época: el ininterrupido
parpadeo del televisor y el surgimiento de la economía consumista.
Mientras que en norteamérica el videoarte se desarrolló como
medio de documentación conceptual, los pioneros del video Fluxus
inventaron en Alemania una tradición que concebía al aparato del
televisor como el principal objeto-fetiche de nuestros días. La televisión
aparece en esas obras como un nirvana electrónico que, como el Buddha risueño (1992) de Nam June Paik, nos
absorbe en un trance místico donde las imágenes se cancelan por
exceso. Dado su poder de seducción, la tele se vuelve mucho más
perturbadora para la idea de la escultura que el mismo objeto surrealista.
Así, en su Objeto para la ocultación parcial de una escena de
video (1972),
Reiner Ruthenbeck recortó una lámina negra con la silueta
rectangular del cinescopio, la montó en un tripié y luego la
filmó en la calle abarrotada de transeuntes. En el video el objeto
produce una mancha de una indescriptible ambigüedad física: un hoyo
negro imposible de localizar pues aparece como "invisible" para la
cámara.
Sin
embargo, esta exposición nos ha llegado con suficiente retraso para que
más que anacrónica sea ya arqueológica. Más que
contribuir a hacernos entender el estado de la cuestión, la muestra es
una máquina del tiempo que lo lleva a uno a conemplar las obsesiones
críticas de principios de los 90. A ratos deja incluso entrever el
complejo de inferioridad que los "nuevos medios" sentían ante
la ortodoxia de la pintura de los 80. Obras como Arachne-Vanitas (1991) de Franziska Megert (un
video-collage del cuerpo desnudo de una mujer joven y una vieja) se antojan hoy
un un tanto tímidas pues los artistas del video ya no se sienten
obligados a protegerse detrás de referencias históricas como
Ovidio y a Durero para ser tomados en serio. Pero si una exposición tan
añeja no sirve ya como un indicador de la situación actual, sí
invita a debatir las condiciones en que se da el intercambio cultural con
instituciones como el IFA.
Como
otras agencias europeas, el IFA ha llevado el arte de prefabricar exhibiciones
a niveles de gran sofisticación. En lugar de poner en peligro las
colecciones de los museos haciéndolas viajar, esa agencia estatal compra
arte ex-profeso para itinerarlo en paquetes totalmente armados con obras
enmarcadas, catálogo, vitrinas y cédulas de muro. Una
política así tendría mucho que enseñar a países
como México donde en pleno año 2001 los museos nacionales siguen
siendo desvestidos para enviar pinturas con grandes riesgos de
conservación, como Las dos Fridas, a exposiciones sin contenido como la enésima
"Obras maestras del arte mexicano" que tendrá lugar en Venecia
este verano. Los "kits" de exposiciones del IFA sirven a las agencias
como el Instituto Goethe para
diseminar visiones sofisticadas de la cultura alemana sin comprometer a cambio
patrimonio cultural. Obvio es que esos proyectos curatoriales van
marchitándose a medida que se adentran en los rincones más
remotos de la supuesta aldea global. En cambio los públicos
metropolitanos tienen acceso a cada vez más megaexposiciones con toda
clase de tesoros culturales y/o obra contemporánea que las autoridades
culturales tercermundistas ponen a viajar gustosamente debido a su
distorsionada idea del "orgullo nacional."
No
obstante, uno creería que las exposiciones-kit tendrían al menos
el mérito de darnos acceso a ideas curatoriales distintas de las que nos
ofrece una tradición con escasa reflexión como la
museografía mexicana. Nada más lejos de la realidad. En 1988 el
IFA reunió un pequeño fondo de grabados, dibujos y fotografías de Wols
—el pintor más famoso del tachismo europeo— que fueron
puestos a disposición de los servicios culturales alemanes. En aquel
entonces la fotografía de Wols, a diferencia de su pintura
neurótica y abstracta, había adquirido una especial
actualidad. Wols ponía
énfasis en valores fotográficos no del todo lejanos al uso de la
fotografía como herramienta conceptual: su carácter materialista
y descarnado se emparentaba con el interés de la fotografía por
explorar el carácter fragmentario y fetichista de la visión
fotográfica. Por supuesto la muestra se tardó trece largos años en arribar a nuestro Museo de Arte
Moderno, exactamente medio siglo después de la muerte de Wols. Pero por increíble que parezca
el MAM afirma que su staff tomó esta exposición ya enlatada y
realizó con ella una "curaduría original." Y eso tan
sólo porque al colgarla ha entremezclado fotos, dibujos y grabados
buscando "coincidencias formales" entre distintas piezas.
Que
esas conexiones sean artificiales no carece de importancia: inducen al
espectador a observar de modo formalista obras que tienen un espíritu de
investigación totalmente distinto que el de complacer al ojo. Mientras
que los grabados y acuarelas de Wols podrían ser vistos como un simple
documento de la desesperación de mediados de siglo, sus
fotografías registran desapasionadamente colisiones entre objetos y
espacios que tienen una gran afinidad con el gusto contemporáneo. Al
reproducir en close-up
cadáveres despellejados de animales, muros con posters creando
composiciones aleatorias o documentar objetos callejeros que parecen formar
instalaciones, esas fotografías sugieren que las preocupaciones
estéticas actuales ya existían (si bien reprimidas) en el
inconsciente óptico del modernismo de hace medio siglo.
En
cualquier caso, no se puede pretender que la museografía de la muestra
de Wols es una"curaduría." Por el contrario, la extraña
decisión sobre el montaje de las obras dde Wols sugiere que la directiva
del MAM no comprende la diversidad de actitudes estéticas y
epistemológicas del arte moderno.
Por desgracia, un artista que usó medios diversos con actitudes
incompatibles se le querido homogenizar bajo la anticuada noción de
"estilo."
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