Van(id)art
Cuauhtémoc
Medina
Reforma. Miércoles 26 de abril del 2000, p.
4 C.
En
Lista de conceptos, (futuro) (2000)
Stephan
Bruggemann enumera las características acarameladas de un
pseudo-conceptualismo del porvenir: “Entretenimiento
intelectual,” “Unconceptual”, “repetitivo
históricamente”, “atemporal”, “servicio/no
servicio,” etc. Este “billboard para interiores” (impreso en
letras blancas sobre un fondo rosa chillante) sugiere una especie de internacionalismo de Polanco o Las
Lomas eminentemente superficial y autocomplaciente, que en México se
vería como cosmopolitismo mientras se vendería como lengua
deformada “creole” para el público global. Con cierta
astucia, Bruggemann ha venido encarnando la pesadilla de ser el representante
de lo que Monsiváis solía llamar “la primera
generación de norteamericanos nacidos en México.” Remedando
en dudoso inglés obras/texto a lo Holzer o Wiener, Bruggeman no comercializa ideas sino el
dudoso erotismo de un snobismo metacultural.
Estos y otros ejemplos de lo que cínicamente me
gustaría llamar “conceptualismo/retiniano”, hechos por
Bruggemann, Edgard Orlaineta,
Ulises Mora y Terence Gower, se presentan en la muestra PROMO, en la galería con mayor
tradición local, la Galería de Arte Mexicano. Esta es la segunda
ocasión en que algunos de estos artistas toman la galería que
desde los años 40 hasta los 80 tuvo la indiscutible hegemonía en
México. La idea de PROMO
es confundir obras pseudo-publicitarias con ejercicios cínicos de
autopromoción de los artistas.
Terence Gower retrata varias botellas de shampoo marca Vanart como si fueran una familia de
dos padres y tres hijos, haciendo un juego humorístico entre la
erotización de un producto de venta masiva y un juego de palabras con la
marca Vanart: el arte/vanidad. Pero salvo el caso de otro anuncio
espectacular donde Bruggemann trata de vender un Cutlass 92 con una imagen
vagamente erótica de una chica bonita, en esta ocasión la
intervención no resulta tan seductora como los artistas quisieran.
En una obra
que no tiene ni la perversión ni el corte sociológico de otras de
sus obras, Orlaineta vende el “concepto” de un modelo de submarino
de juguete “Modely” bajo el lema sarcástico de
“acciones profundas para pensamientos profundos.” El humor de la
pieza me pareció involuntario. Casi como fungiendo como líder del
grupo, Ulises Mora presenta dos
obras en que pretende comercializar a los cuatro artistas de la
exposición como un grupo artístico empaquetado por la
Galería. La idea de asaltar cínicamente el mercado del arte
promocionando a un grupo de chavos sexys desde la GAM me pareció totalmente
inverosímil. A diferencia
de una pieza notable de 1998 en que Ulises colgó riesgosamente del techo
la colección histórica de la galería, esta vez no
pensó que el peso muerto de la tradición de la GAM no permite
hacerla funcionar como una maquinaria publicitaria postmoderna.
Quizá PROMO
peca de una
ingenuidad fundamental: malinterpreta dónde está el poder
simbólico del arte contemporáneo. Tras el encumbramiento de Jeff
Koons y la banal auto-mercantilización de Kostabi, la simulación
de la tecnología de mercadotecnia cultural ya no es en absoluto una
novedad postmoderna. Estetizar la inflación de valores artísticos
ya no arroja luz sobre la naturaleza del capitalismo contemporáneo, pues
no reacciona directamente contra el comercialismo del arte de los años
80. En un mundo global donde lo que vale es la intervención del curador
internacional, el balance entre identidad e internacionalismo, el control del discurso y del flujo de
información, tratar de saquear el escaso poder simbólico de una
galería como la GAM tiene el mismo efecto iconoclasta que desecrar
tumbas etruscas.
Doblez...
Y
sin embargo, podría uno decir que no hay nada más
anacrónico que el poder cultural. Un buen día alguna eminencia
gris del servicio exterior mexicano se aburrió de mirar la pared de su
oficina y tuvo la brillante idea de crear una Colección de Arte
Contemporáneo para
decorar nuestras misiones
extranjeras y las agencias de pasaportes. ¿Tramitó un fondo de
adquisiciones y contrató un curador para comisionar obra? Por supuesto
que no. Nuestro hipotético funcionario no pensó más, tomó el auricular y
empezó a telefonear a todos los artistas que supuestamente le “debían
favores” a nuestra Cancillería. Si alguien había ido con
una exposición a Togo, tenía que dejar a cambio un par de
cuadros, si le habían pagado un pasaje clase turista a Nicaragua de 700
dólares para una Bienal, tenía que decorar algún vestibulo
de Tlatelolco con unas cuantas obritas que en total valdrían 5000.
Luego, qué más sencillo que telefonear al INBA y exigir, en
nombre de favores pasados, una sala del Museo de Arte Moderno. Esta es la
manera en que colecciona el Estado Mexicano desde que en los años 1950
decidió que ya no se iba a meter en problemas y dejó de comprar
arte. En mis clases de historia llamábamos a este sistema
“tributo.”
Valdría
la pena que la Canciller consultara a sus agregados culturales para averiguar
si este es internacionalmente considerado un escándalo.
Es
por esta clase de “política de adquisiciones” que usted y yo
jamás podremos ir a una institución en este país que posea
obras de arte relevantes.
—PROMO.
Galería
de Arte Mexicano. Rafael Rebollar 43. Hasta Mayo 20.
—Apuntes
para una colección del siglo XXI. Museo de Arte Moderno. Reforma y Gandhi. Hasta Mayo 21.