Violencia y sublimidad: la reapertura del Carrillo Gil.
Cuauhtémoc
Medina
Reforma. Miércoles 22 de agosto 2001. p. 4 c.
—Daniel Martínez: Coyote,
quiero a México y México me quiere” o Simplemente otro
mexicano muerto (hasta
el 28 Octubre), Artemio Narro: Rambo 2001:
Artemio’s cut (hasta el 23 de Septiembre) Zonas de alteridad: obra
sobre papel en la Colección Carrillo Gil (hasta febrero 11 2002) y Sala de
Recuperación, Museo Carrillo Gil, INBA. Avenida
Revolución y Altavista, San Ángel.
En 1985 Ronald
Reagan dijo que Rambo II le había enseñado
cómo había que tratar a los iraníes y libaneses si
volvían a desafiar a los Estados Unidos. Pero John Rambo no sólo
articuló las grandes fantasías del machismo de guerra fría,
sino que profetizó la psicología antigubernamental de Waco y
Timothy MacVeigh. En Rambo: First Blood (1982) —la
primera película de la serie— Sylvester Stallone interpreta a un
perturbado veterano de Vietnam que trae la guerra a casa para combatir a un
sheriff y 200 policías que lo persiguen por los bosques de Oregon. Esta
última es la película que el artista Artemio Narro (1976)
retomó para crear Rambo 2001: Artemio’s cut, que se
exhibe en el Carrillo Gil entre sacos de arena y muros pintados con camuflaje.

Narro
expurgó de Rambo todas las escenas donde ocurre
violencia física o verbal. Más allá del beneficio nada
despreciable de haber reducido la película de 96 a tan sólo 15 minutos, el Corte
de Artemio revela la otra cara de la subjetividad del film. La secuencia
muestra a un aterrorizado viajero que se tira desde lo alto de unos
acantilados, zurce sus heridas y es devorado por las ratas antes de caer en los
brazos de un desconocido que, a pesar de llevar un uniforme militar, bien
pudiera haber sido el jefe de una patrulla de Scouts. Por
debajo de su montaña de músculos, Sylvester Stallone se vuelve un
intérprete de la torpeza y debilidad humanas. Es como si Narro hubiera
desenterrado la vulnerabilidad de un imperio que no acaba de resignarse al
trauma de su victoria en la guerra fría.
Ya
antes Narro se dedicó a reeditar subrepticiamente videocassetes de
varios videoclubes de la ciudad de México con la finalidad de cortar las
escenas donde se mata a los padres de Bambi, el Rey
León y Dumbo. Aunque
su trabajo guarda afinidades con la obra de artistas como Juan Nascimento y
Daniela Lovera (quienes hace poco intervinieron las películas que se
exhiben en los autobuses de pasajeros en Venezuela) o de Douglas Gordon (que en
1995 adaptó Psycho para alargarlo a 24 horas) el Rambo
de Artemio se inserta por méritos propios en la tendencia
de corroer conceptualmente el imaginario del cine comercial, que finalmente es
el espacio fundamental del mito en la sociedad postmoderna.
Por lo
demás, la concurrida reapertura del Museo Carrillo Gil bajo la nueva
dirección de Patricia Sloane fue realmente notable. La relectura de la
obra en papel de la Colección Carrillo Gil que ofrece el filósofo
José Luis Barrios tiene un elemento de afinidad con el Rambo de
Artemio: aunque el procedimiento es quizá un tanto demasiado escolar,
presenta en pequeñas ilustraciones un análisis de los discursos
reprimidos del “otro” (indígenas, mujeres, proletarios,
etc.) localizados en los bordes de la iconografía del muralismo
mexicano. En el otro extremo, los jóvenes curadores del Museo decidieron
crear un espacio alfombrado que llaman Sala de recuperación donde
se proponen exhibir obras de artistas contemporáneos sin ningún
pretexto temático o argumental. Ciertamente, en esta primera muestra
priva una sana frescura que alterna artistas jóvenes del D. F.,
Monterrey y Guadalajara, levemente seleccionados en contrapuntos. Yoshua
Okón exhibe fotos donde varios empleados de seguridad de Los
Ángeles posan en flor de loto como si fueran Parking Budas, mientras
que Daniela Edburg presenta un par
de fotografías teatralizadas quizá demasiado herederas de Cindy
Sherman que satirizan, por ejemplo, La muerte de Marat. Aldo
Chaparro expone unas repisas que están a mitad de camino de un mueble
“hágalo usted mismo” y una construcción postminimal,
que hacen un divertido contraste con los objetos con que Gabriel Acevedo
dialoga con el diseño de las consolas de automóvil y equipos
electrónicos. Galia Eibenschutz proyecta una secuencia hecha con un
dispositivo que filma la cara de un actor mientras recorre las calles
aledañas al Metro Insurgentes, mientras que en un video muy logrado
donde Rubén Gutiérrez sigue el camino de una Pelota aleatoria que se
mueve interminablemente por los rincones de una casa con un piso de duela
irregular. Es probable que esta “Sala de recuperación” sea
el marco apropiado para mostrar la enorme cantidad de obras que no tienen
necesariamente una construcción ambiciosa de largo plazo. Sin embargo,
me quedé con la impresión de que la sala no deja de ser
más que un mini “Salón de arte joven” aunque muy
estilizado. Detrás de la retórica de ofrecer un espacio relajado
y hospitalario al público, se esconde cierta tentación a evadir
la complejidad intelectual de la función curatorial.
Indudablemente,
el plato fuerte de la noche corrió a cargo del artista chicano Daniel
Joseph Martínez, quién tras curar la sección de
“Mexamérica” de Cinco continentes y una ciudad en 1999,
tiene su primera presentación individual en México.
Martínez es bien conocido por haber sido uno de los artistas
metodológica y políticamente más radicales del breve
apogeo del arte político de principios de los años 90 en los
Estados Unidos. La exposición de Martínez aborda la sublime
brutalidad de la democracia capitalista contemporánea: paisajes donde
flores artificiales tienen de fondo cárceles, cuarteles y complejos
militares/industriales; hermosísimos retratos de presos adolescentes que
nos hablan del limbo sin escapatoria donde norteamérica destierra a sus
marginales; vistas donde el artista se retrata con una máscara con su
propia cara que registran el proceso interminable de barrios demolidos por la
especulación inmobiliaria o la devastación industrial, y
finalmente un conjunto de aparentes tableau vivants que
hablan de castigo corporal, lobotomía, mutilación y tortura,
derivados de la gran tradición pictórica y fotográfica. La
amplitud de las referencias que Martínez pone en juego en sus fotografías
es alucinante: en una imagen funde
la toma donde Eddie Adams capturó al jefe de policia de Saigón,
Nguyen Ngoc Loan, ejecutando de un balazo en la sien a un sospechoso de
pertenecer al Vietcong, con la no menos famosa fotografía
ostroboscópica de una bala atravesando una manzana del científico
y fotógrafo Doc Edgerton. Todo ello hecho con una fastidiosa
pasión artesanal donde cada foto ha sido escenificada sin intermedio de
la computadora.
No es
casual que en las fotos de Martínez resuenen los argumentos de los
situacionistas, la tradición de la novela gótica y el pensamiento
de Foucault y Nietzsche: en él despunta una rabia filosófica que
contempla con la serenidad de un patólogo el avance monstruoso de los
mecanismos de control tecnológico y políticos. En la obra de
Martínez despunta una concepción de lo
estético/político que ha superado por completo la ilusión
del adoctrinamiento, para apostar (en cambio) por restaurar la autonomía
de conciencia en toda su complejidad.
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