Gunther Gerzso: una
violencia metafórica.
Cuauhtémoc Medina
Reforma Domingo
23 de Abril del 2000, p. 27C.
Gunther
Gerzso solía contar que de niño brincoteaba sobre las rodillas de
un hombre que solía visitar a su tío, un anticuario de Suiza.
“Yo no lo sabía entonces —decía disfrutando de
antemano el efecto que habría de producir en su interlocutor— pero
ese hombre tan serio y de traje era Paul Klee.”
La
anécdota reforzaba la idea de que Gerzso era un brote
transoceánico de la abstracción europea. Para muchos sus
geometrías derivaban del rigor constructivo de la Bauhaus, su
visión abstracta del paisaje era la de Mondrian y la ingravidez de sus espacios
tenía un parentesco indudable con las invenciones de Moholy Nagy o de
Lissitsky. Pero Gunther Gerzso era un caso extremo de la complejidad de los modernismos en Latinoamérica, y la
historia de intersecciones fragmentarias entre culturas, épocas y
visiones aparentemente incompatibles del arte de la región.
La
perfección asombrosa de sus pinturas tenía que ver con las obras
flamencas e italianas que su tio compraba y vendía en el periodo de
entreguerras. Su manera de pintar al óleo a partir de un dibujo
detalladísimo de todas las formas en blanco y negro, que progresivamente
iba cubriendo de capas delgadísimas de pintura, lograba recrear la luz
interior de los cuadros de Jan Van Eyck. Pero la iridiscencia mineral de sus superficies le recordaba el
engobe de la cerámica de Tlatilco o el pulido de las hachas de jadeita
de los Olmecas.
La
desolación interior de sus “paisajes” era ciertamente
afín al espíritu de Ives Tanguy o a Roberto Matta, pero
frecuentemente el punto de partida de esos cuadros de paisaje/figura de Gerzso
había sido la simplicidad de un torso prehispánico de Nayarit o
la sucesión de taludes y frisos de la arquitectura maya de la zona Puuc.
Su
meticulosidad, sentido del orden y hasta sus maneras personales eran aquellas
de un micro-cirujano. No obstante, las imágenes que creó
despiertan asociaciones de violencia metafórica, enceguecimiento y una
convulsión interna que ha llevado a algunos a pensar en Sade.
No es por nada
que se ha dicho que Gerzso era un artista inclasificable.
Quizá
por haber creado una obra tan seductora como lacerante y hermética,
Gunther Gerzso solía provocar textos críticos excepcionalmente
diáfanos. John Golding sostuvo que Gerzso inauguraba una nueva
categoría del surrealismo, que afirmaba la habilidad del arte abstracto
para transtornar nuestra percepción de lo real. Octavio Paz diagnósticó
en un ensayo titulado “La centella glacial” que las
“superficies desgarradas, laceradas, hendidas por un frío
ojo-cuchillo” de sus cuadros, sugerían la intención de
“ir más allá de la imagen,” que también era la
obsesión del sadismo. Por su parte
Luis Cardoza y Aragón decía que había que ver cada
cuadro de Gerzso con la misma la sencillez con que se contempla un cielo
estrellado: “Quien no sienta su tensión, escribió Cardoza,
tampoco sentirá la sencillez del ágata o del fuego.”
No es un
secreto que para varias generaciones de pintores y públicos ir a ver los
Gerzos del Museo Carrillo Gil era
refugiarse con la mejor pintura moderna en México. Hoy que Gerzso ha
muerto sin duda le harán homenajes, pero eso no debe ocultar que
desperdiciaron la oportunidad de haberlo coleccionado dignamente.