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ORIENTACIONES DEL PRESIDENTE IKEDA | |
MI MADRE
Por DAISAKU IKEDA
Mi madre fue una mujer sencilla japonesa como muchas mujeres nacidas a finales del siglo XIX. Ella se devocionó a su a veces difícil esposo, y a hacer crecer a sus ocho hijos, siete varones y una hembra. Yo era el quinto hijo. Habían además dos hijos adoptados, para un total de diez. Su vida no era fácil desde ningún punto de vista. Mi padre, quien murió en 1956, era tan cabeza dura y obstinado que se le conocía en el vecindario como el "viejo duro de matar". Yo sé que mi madre necesitó de una enorme paciencia para poder congeniar con él hasta el final de sus días.
Mi madre también ayudó a la familia con el negocio de algas marinas. Producir algas marinas toma muchísimo tiempo y es un trabajo muy duro.
Durante la temporada de cosecha, ella se iba todos los días en un pequeño bote desde tempranas horas de la mañana y metía sus manos en la congelada agua del mar para alcanzar las algas. Sus manos siempre estaban resquebrajadas y adoloridas y sus tareas primordiales eran la cocina y el cuidado de los niños.
Aun así, ella mantenía la casa limpia, totalmente libre de polvo, barriendo y limpiando cuidadosamente cada tatami (esteras) con un paño húmedo. Igualmente cargaba a un niño en sus espaldas mientras lavaba la ropa a mano, recogiéndola y ordenándola tarde en la noche.
Nunca la vi tomar un descanso o una siesta. Asumo que estaba muy ocupada para detenerse y pensar para qué vivía. Pero hizo lo mejor como ama de casa. Ella no hubiera hecho posiblemente tal cantidad de trabajo hogareño: mantenernos alimentados y vestirnos con ropa limpia sin no hubiese sido una mujer bien organizada y metódica. Era tan eficiente que su trabajo parecía artístico. No había un movimiento desperdiciado y nada estaba ubicado sin sentido o propósito. Ella de ningún modo era excepcional, pero la considero una gran mujer.
La vida era difícil para las mujeres en esos días. El hombre dominaba la sociedad, permitiendo pocas oportunidades a la mujer. De todos modos, ella extraía su fuerza interior y siempre daba de sí por bien de su familia en un ambiente extremadamente duro. Ella usualmente nos llamaba los "campeones de la pobreza", y siempre se mantenía alegre, nunca se quejaba. En cualquier cosa que me sucediera su presencia me inspiraba esperanza y coraje.
Las palabras de mi madre están permanentemente grabadas en mi corazón. A veces parecen resplandecer como la brillante luz de un diamante. Aún puedo sentir su voz cálida y cariñosa dentro de mí; me sanaba mental y físicamente. Me proporciona coraje para hacer las cosas correctas y me ayuda a distinguir entre el bien y el mal. Las palabras que más recuerdo no son extraordinarias. "Nunca hagas algo que cause problemas a otros" y "No mientas". Cuando comenzamos en el colegio añadía: "Una vez que decidas hacer algo, asume tu responsabilidad por ello y llévalo a cabo".
Aprendí también de sus acciones. A pesar de tantos niños con los que tenía que lidiar en todo, hasta dividir la comida para evitar peleas, siempre mostró equidad e imparcialidad. De hecho, ella era una adiestrada juez y árbitro.
Recuerdo una vez cuando cortábamos una sandía y la compartíamos. Uno de los muchachos, que había terminado su porción, le dijo a mi madre: "Yo sé que a ti no te gusta la sandía, ¿puedo tomar tu parte?". A lo cual mi madre respondió: "De pronto me gusta la sandía", y apartó una porción para uno de los niños que estaba ausente. Tengo muy vívido en mi memoria la voz y expresión de mi madre en ese momento. Se ha mantenido en mí hasta estos días y recuerdo haberme conmovido por la equidad de su amor. Incluso como adulto, ella nunca olvidó cuán importante son esas pequeñas cosas para los niños.
Un incidente durante la guerra me mostró su gran fuerza interior. En marzo de 1945, a medida que los bombardeos se intensificaban en Tokio, fuimos ordenados a evacuar la vivienda donde había crecido. La casa debía ser demolida para hacer una barricada. Tan pronto como habían trasladado la mudanza de las pertenencias de la familia a casa de mi tía y preparados para mudarnos nosotros, una incursión aérea invadió el vecindario, las llamas crecían a nuestro alrededor. La casa de mi tía recibió un impacto directo y se incendió totalmente. La única cosa que mi hermano menor y yo pudimos rescatar de las llamas fue un viejo baúl.
En las suaves luces de la siguiente mañana, abrimos el baúl, nuestra única posesión.
Dentro de él había una sombrilla y una gran muñeca decorativa, usualmente un emblema en Japón en los días del Festival de Niñas, el 3 de Marzo. Eso fue lo único que sobrevivió al fuego. Nos encontrábamos tan desilusionados. A pesar de que ella debía compartir con nosotros esa profunda frustración, mi madre se rehusó a rendirse: "Estoy segura de que viviremos en una casa donde podremos acomodar esa muñeca apropiadamente, estoy segura de ello..." Sus palabras provocaron una sonrisa y luego risas. En esas risas encontramos esperanza.
Otro incidente de la guerra se grabó en mi memoria: Recuerdo un B-29 norteamericano que había sido alcanzado por el fuego antiaéreo. Permanecí paralizado, al tiempo que el joven piloto caía en paracaídas a tierra. Cuando cayó a tierra, fue atacado por una turba que se había formado, luego fue arrastrado por la policía. Yo corrí a casa y le dije a mi madre lo que había visto. Con sentimiento genuino ella replicó: "Qué terrible, su madre debe estar muy preocupada por él". Era irrelevante para ella si el piloto era enemigo o no. Esa respuesta me impresionó profundamente.
Mi madre era una persona común que parecía tener la capacidad de vivir contenta y tranquila en su pequeño rincón del mundo. Y sin embargo, desde su sencillez, yo aprendí muchas cosas importantes sobre la vida. A través de su ejemplo, puedo sentir que no hay razón para que una madre se sienta débil o piense mal de sí misma porque no tenga un alto nivel educativo. Una mujer que intenta aprender de todo y tiene la confianza de usar totalmente la sabiduría que ha ganado en su vida diaria, puede dar un ejemplo irremplazable a sus hijos.
Mi madre tuvo la capacidad de decirme, apenas una semana antes de morir: "Yo he ganado en la vida". ¿Cuántas personas pueden decir esto con seguridad?