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ORIENTACIONES DEL PRESIDENTE IKEDA | |
EL ARTE DE ENSEÑAR
Por DAISAKU IKEDA
Creo firmemente en el poder que tiene cada joven en su interior para cambiar el mundo y que ese es el papel de aquellos que enseñan: creer en ese poder, incentivarlo y liberarlo.
Recuerdo cómo se elaboró un proyecto en unas vacaciones de verano durante la escuela primaria. Teníamos una tarea para entregar en el próximo período. Por ser torpe, no pude hacer nada y retorné a la escuela avergonzado y con las manos vacías.
Cuando me preguntaron qué pasó con mi proyecto, yo respondí, tartamudo y titubeante, que se me había olvidado en casa. Para mi horror, el maestro me dijo que regresara a casa y lo trajera enseguida conmigo. Yo regresé sintiéndome desesperado. Buscando por ahí, vi un estante para libros que mi hermano mayor había hecho y se lo presenté a mi maestro quien elogió mi trabajo y me dio una buena calificación. Pero mirando al pasado, estoy seguro de que él sabía cuál era la verdadera historia.
Desde una perspectiva, se diría que este maestro me estaba gratificando por mentir, pero ese no es mi punto de vista. A través de una manera cálida y un gran corazón, él me abrazó y me comunicó un sentimiento muy concreto de ser creído, justo lo que necesitaba en ese momento. Y por supuesto, yo me sentí profundamente avergonzado, y prometí no dejar nunca que algo así ocurriera de nuevo.
Yo creo que la educación es lo que permanece después de que el contenido específico de cada lección enseñada ha sido olvidado. La esencia de la educación es la formación del carácter, enseñando a la gente joven cómo vivir en sociedad y animándolos a pensar independientemente. Estudiar es mucho más que simplemente absorber los conocimientos y técnicas, y la habilidad para memorizar y razonar no es nada comparada con la sabiduría, riqueza emocional y creatividad que existe dentro de cada ser humano.
La educación que no enseña el sentido de los valores convierte a la gente en meros robots, llenos de información pero sin ninguna comprensión de para qué sirve. Este tipo de enseñanza tan competitiva y sin corazón les extrae a los niños exitosos la arrogancia a la vez que los menos brillantes académicamente quedan con menos auto confianza y un profundo temor a fallar.
Tristemente, la educación se utiliza a menudo para cultivar personas que son útiles sólo en el área en la que encajan en la sociedad. Los sistemas escolares en Japón y en muchos otros países, de hecho, impiden a los niños desarrollar su máximo potencial.
En la carrera por ascender la escalera del prestigio y status escolar, fácilmente podemos perder de vista la pregunta más importante de todas: ¿Cuál es el propósito de aprender?
Yo creo que la meta genuina de la educación debe ser la felicidad duradera de aquellos que aprenden. La educación nunca debe estar subordinada a las demandas del sistema o a la búsqueda de empleados generadores de ganancias por parte de las corporaciones. Los seres humanos, la felicidad humana, será siempre el objetivo y la meta.
Mi propio maestro, Josei Toda, solía decir que el más grande error del humanismo moderno es que confunde el conocimiento con la sabiduría. El conocimiento en sí mismo es una herramienta neutral que puede ser usado para bien o para mal. Así como la historia tristemente lo prueba, monstruos educados pueden sembrar más horror que sus hermanos sin educación formal. Cuando menos siete de los participantes de la conferencia Wannsee, donde los nazis planearon la "solución final" para exterminar el "problema judío", tenían grados doctorales. Es difícil imaginar una perversión más grande que la educación sin valores.
La sabiduría, en contraste, siempre nos lleva hacia la felicidad. La labor de la educación debe ser estimular y liberar la sabiduría que permanece latente en la vida de todos los jóvenes. Esto no es un proceso forzado, como presionar algo dentro de un molde preestablecido, sino más bien extrayendo el potencial que existe dentro de las personas.
Yo creo firmemente en el poder que tiene cada joven en su interior para cambiar el mundo y que ése es el papel de aquellos que enseñan: el creer en ese poder, incentivarlo y liberarlo.
La relación entre maestro y discípulo puede ser una unión vital a través de la cual se abren nuevos horizontes y la vida se desarrolla. Para mí, la esencia de la educación es este proceso del carácter de una persona inspirando a otra. Cuando los maestros se convierten en compañeros en el proceso de descubrir, ardiendo de pasión por la verdad, el deseo por aprender se encenderá de forma natural en el corazón de sus alumnos. Y una vez que los niños sienten que sus maestros están realmente preocupados por su bienestar individual, comenzarán a abrirse y a confiar en ellos.
Me entristece que ahora este vínculo vital entre maestro y discípulo parece haberse debilitado por la desconfianza y la incomprensión. Los maestros en todas partes luchan con problemas de control y disciplina, y los alumnos resienten el hecho de que ellos deben abarrotar sus cabezas de conocimientos que fallan en responderles sus interrogantes sobre la vida, la verdadera relación entre el mundo y los seres humanos.
Maestros que no entienden ni se preocupan por sus alumnos, y que dan respuestas estereotipadas, de ninguna manera podrán satisfacer las mentes curiosas y sensitivas de los niños. Nunca debe olvidarse que la gente más importante de una escuela son sus alumnos.
Una vez escuché sobre un profesor japonés de una escuela primaria quien se irritó a causa de una niña en su clase que no podía mantenerse atenta. Él se dio por vencido tratando de ayudarla después de que un colega le dijo: "Los seres humanos son como las frutas; del veinte al treinta por ciento no tiene valor y no hay nada que puedas hacer al respecto." Entonces, un día durante el receso, notó que ella estaba jugando con un rompecabezas tratando de juntar piezas plásticas de tal forma que encajasen en una caja. Finalmente ella lo logró y gritó: "¡lo tengo!", su cara relucía de satisfacción como él nunca había visto antes. El maestro de pronto sintió remordimiento, ¿cómo fui capaz de darme por vencido con ella?, ¿no es acaso mi trabajo el asegurarme que cada niño salga de su salón de clases con la confianza de que pueden hacer cualquier cosa si realmente lo intentan?
Descubrió que los padres de la niña, ambos graduados en universidades reconocidas, estaban constantemente llamándola "estúpida". El maestro resolvió elogiarla cada día por cada pequeño logro, para erradicar la sombra de crítica que había en su corazón.
Después de un año, la niña se transformó. Procediendo a su propio paso, logró experimentar el placer de aprender. La clave fue el darse cuenta de que si ella hacía un esfuerzo para lograr algo, lo lograba.
Esta historia muestra cómo la más mínima falla puede destruir la confianza de un niño y el más mínimo catalizador puede disparar su crecimiento. Es vital que los educadores crean en el potencial de cada niño y se preocupen por su felicidad como seres humanos.