MI PRIMER MUFLÓN.

 

            Eran las cuatro de la tarde de un sábado cualquiera, después de una buena comida y del café con la tertulia consiguiente, recogí los bártulos y los metí en el maletero del coche, me despedí de mi mujer, y le dije que llegaría a tiempo para cenar.

            Arranque el coche y me dirigí hacia el cazadero, en menos de una hora ya estaba en mi puesto, es la pequeña ventaja de los que no vivimos en las grandes ciudades, que en una misma tarde podemos ir, intentar cazar y después volver para cenar con nuestras esposas, cumpliendo así con nuestra afición y nuestra devoción, que tiene que ser nuestra familia.

            Bueno, a lo que vamos, completamente camuflado, monte una flecha en mi arco, y me dispuse a esperar, como otras tantas tardes.

            El puesto, algo sencillito, nada complicado, una coscoja que habían en un margen de unos bancales de almendros situados entre un bosque y unos sembrados, donde se veían claramente las rutas y querencias de muflones y jabalíes que descendían a los girasoles y a nuestros cebaderos para alimentarse.

            A la coscoja le había realizado una limpieza varios días antes, para que pudiera montar mi arco sin riesgo a tocar ninguna rama, ni a producir ningún ruido imprevisto.

            Pasaron un par de horas, y disfruté comprobando la efectividad del camuflaje de los arqueros, ya que delante de mí, en el cebadero preparado comían torcaces y perdices, así como algún conejo que parecía venir a visitarme, como sabiendo que en esta ocasión la cosa no iba con ellos, sino que buscaba algo de mayor tamaño.

            Escuche un sonido en la parte posterior de mi puesto, en el bancal de bajo, achacándolo a alguna carrera de los juguetones conejos, que estaba viendo por el rabillo del ojo, pero cual fue mi sorpresa cuando, de repente, vi a un precioso ejemplar de muflón, de unos siete años de edad que subía desde el bancal inferior al mío, pero en vez de subir por el paso habitual, caprichosa naturaleza, subía justo por donde yo estaba, unos doce metros antes de dicho paso.

            Me sobresalte por la repentina aparición de semejante ejemplar, levantando instintivamente mi arco, pero el animal percibió el movimiento, quedándose petrificado a una distancia de menos de metro y medio de donde yo estaba, lo tenia tan cerca, que pude ver los bigotes negros que salían de la blanca mascara de su bozal, oía su respiración y vi perfectamente la maravillosa cuerna del ejemplar, por lo cual pude realizar el calculo aproximado de su edad.

            Pero claro, cuando un animal salvaje llega a dicha edad, es por que no es tonto precisamente, por lo que sin saber exactamente lo que sucedía, ya que si hubiera asimilado la sensación extraña que sentía a un ser humano, habría salido al galope, dio un salto al bancal inferior y se quedo tenso y en alerta mirando hacia mi posición.

            Estuvo mirándome cerca de unos minutos o una eternidad, no sabría decirlo, intente montar mi arco en un momento en el que vi que bajaba la guardia, pero al tensar el arco, salto al otro bancal inferior, mirando con fijeza hacia aquel árbol que tenia vida propia.

Lo tenia en el punto de mira de mi arco, pero, estaba mirándome fijamente, en ese mismo instante, me vino a la memoria las frases de mi instructor en el curso de capacitación "si os esta mirando la pieza, no lancéis la flecha, por que lo más probable es que la esquive y a partir de ese momento recele de cualquier cosa, o peor, que al intentar esquivar la flecha, quede herido el animal, no cumpliendo la consigna de "una flecha, una vida", mientras que si lo dejáis marchar, tendréis vuestra oportunidad otro día".

            Desde mi interior le repetía una y otra vez, "deja de mirarme y dame tu flanco", creo que se lo dije con tanta fuerza, que, tozudo él, no me hizo ni caso, y pasada una eternidad, con otro grácil salto hacia el bancal inferior, se perdió entre los altos girasoles del sembrado.

            Empece a destensar mi arco, dándome cuenta que me temblaban las piernas, tarde varios minutos en tranquilizarme, pero estaba tan nervioso que decidí guardar los trastos y volver a casa, ya estaba bien de emociones para esa jornada.

            Al llegar, le comente a mi mujer la experiencia que me había sucedido, y también la pregunta que me empezaba a torturar, ¿debía de haber lanzado la flecha o hice lo correcto?. Acto seguido, cogí el teléfono y llame a mi amigo y cazador arquero, José Luis, contándole con todo lujo de detalles el lance de esa tarde, y preguntándole su opinión sobre la duda que me estaba atormentando, contestándome que estuviera tranquilo, que había hecho lo correcto, respetando las normas y comportándome como lo que era, un cazador arquero, y que si bien no pude cobrar la pieza, guardara ese lance en mi memoria como  mi primer muflón, por que los pasos seguidos por mí eran los correctos, y conseguí lo difícil, estar a menos de dos metros de un animal salvaje en una finca abierta, y no ser visto por él.

            La verdad, es que tanto con mi rifle como con mi escopeta, he cobrado algunas piezas de caza mayor, pero aquella primera experiencia con ese muflón, me dejo con una satisfacción que en ninguno de los lances anteriores había conseguido, haciendo que me sintiera orgulloso de ser un cazador arquero y dándome fuerzas y moral para seguir en la brecha.

            Y en cuanto al muflón, lo volví a ver, pero eso es otra historia.

Buena caza.

 

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