"Mi pueblo, una vida entera de recuerdos" por Laura BM (Freedom21)

Hasta los 16 años viví en Madrid, en la ciudad,
rodeada de ruido y contaminación, de gente y de coches. Cada fin de semana,
cada Semana Santa, cada Navidad y cada verano, tenía la suerte de poder
aislarme de todo ello porque, desde que nací, cada vez que mi familia y yo teníamos
un poco de tiempo libre nos íbamos a Los Molinos, el pueblo que me ha visto
crecer.
Mi pueblo (a estas alturas ya es parte de mi alma) se encuentra situado en el
valle del río Guadarrama, y mi casa, la que tengo desde hace once años está
rodeada de naturaleza. Entre mi casa y la de mi vecino hay un sendero por el que
siempre me escapaba a la hora de la siesta, en verano, cuando aún no me dejaban
meterme en la piscina porque tenía que hacer la digestión, con mi mochila (sólo
llevaba mi cuaderno y mi bolígrafo, amigos de tantas aventuras acumuladas que
mis dedos vanos relataban como podían) y escalaba las rocas que habrían de
llevarme hasta mi escondite. Allí, sentada en mi piedra con forma de sofá ponía
todo el empeño posible en escribir mis cuentos, mis poemas, mis paisajes, mis
sentimientos.
Aquellos días me sentía libre como un pececillo de colores que
discurría por el río de agua limpia y cristalina. Divisaba la Peñota, la
montaña más grande de todas, la madre de los Siete Picos y del Montón de
Trigo. La hermana de La Bola del Mundo, y la confidente de aquel monte, cuyo
nombre nunca supe, formado por picos y laderas con que trazaban magistralmente
la figura de una mujer, tal vez la mujer que deseaba ser yo cuando abandonara
aquel cuerpecito de niña que no tenía problemas y pasaba los días deslizándose
por el arco iris de sus sueños.
Todos aquellos sonidos eran música para mis oídos, y cuando podía me escondía
tras las zarzamoras para oír el mugir de las vacas, cada cual más alto que,
junto al trinar de los pájaros, el relinchar de los caballos y el balar de las
ovejas, parecía que me dedicaban una canción. Los grillos me confiaban sus
secretos y las mariquitas echaban a volar para hacer realidad mis sueños como
agradecimiento cuando me las colocaba en la mano y les susurraba al oído, liberándolas
de la prisión donde mi primo las tenía encerradas. Cientos de animalitos
condenados a un frasco de mermelada vacío con dos hojas de laurel como máximo
entretenimiento, y un minúsculo agujero en la tapa para respirar.
Por la noche, sentada en una hamaca en el jardín, cuando el viento
empezaba a soplar y los abetos se unían a mi canción, el cielo empezaba a
quemar las montañas y su color anaranjado se filtraba entre mis pupilas para
velar por mis sueños, justo antes de contar todas las estrellas del cielo e
irme a dormir con una sonrisa incrustada en el rostro.
Ahora ya he crecido y vuelvo a vivir entre contaminación y ruido acústico. El
calor es pegajoso. Los coches lamen el asfalto y los colores y las sensaciones
se repiten como un patrón inacabable de monotonía.
Pero, cada vez que tengo un hueco, cojo el tren de la melancolía y vuelvo a
convertirme en un escurridizo pececillo de colores.
Freedom21
* Autor/a de la foto: Freedom21
Paisaje: "La Peñota" (Sierra Norte de Madrid)