EL JARDÍN DE LAS MANDARINAS

Hace muchos, muchos años, vivió en la China Imperial un ministro mandarín, cuya hija era la muchacha más bella que habían nunca visto ojos mortales. Su padre la quería y mimaba como al mayor tesoro de su vida, y le consentía todos los caprichos.

Cuando cumplió ocho años, la niña recibió un gran regalo, un jardín entero para ella, plantado con dos filas de naranjos casi recién germinados. Con ese presente el padre quería que su hija sintiese la responsabilidad de tener que cuidarlo y mantenerlo, así que le encomendó esa tarea, a la que la muchacha se dedicó con gran entusiasmo.

A pesar de tener todo lo que deseaba, nunca dio muestras de orgullo ni de altivez para con sus súbditos ni con su padre, al que siempre obedecía en todo.

Pasó el tiempo, y la niña fue creciendo más hermosa y dulce cada año, a la par que los olorosos naranjos. Como si sintieran el amor que la joven les profesaba, crecían lozanos y fuertes, elevando sus ramas al cielo y engordando los brillantes frutos que de ellas colgaban.

El día de su decimoctavo cumpleaños, y para celebrar su mayoría de edad, el ministro decidió preparar la más grande fiesta que se hubiera visto en aquella región, para lo cual mandó llamar a los mejores cocineros, a los más finos artesanos y los más afamados reposteros, y se preparó el banquete más suculento y provisto que recuerdan los tiempos. Además mandó traer artistas, músicos, bailarines, bufones, malabaristas, equilibristas, magos... y una gran compañía de teatro que representaría una obra muy especial, la recreación de la vida de la joven, para lo cual los secretarios documentaron concienzudamente al autor de la compañía, que era además el actor principal. Este escuchaba embobado las hermosas descripciones de la joven que hacían los secretarios, y se deshacían en halagos sobre su bondad, con lo que el actor fue prendándose poco a poco de la muchacha hasta que al acabar la descripción de ésta se había enamorado perdidamente.

Cuando acabó el banquete y comenzó la representación, el joven actor cumplió lo que se esperaba de su arte, y su interpretación fue tan intensa que todos los invitados tenían los ojos poblados de lágrimas de emoción al finalizar.

Pero si alguien sentía verdadera emoción era la muchacha, que habiendo posado sus ojos por primera vez en el actor, no pudo ya apartarlos de él, y fundieron en sus miradas el amor más férreo que corazón alguno sintiera alguna vez.

Mientras ambos enamorados paseaban susurrando a las estrellas, o recorrían el hermoso jardín de naranjos, el padre de ella sentía un punzante dolor en su interior, porque aspiraba a dar a su hija una posición más elevada que un miserable trotacaminos con menos beneficio que hambre.

Así que los tres días que duró aún el banquete anduvo buscando la manera de deshacerse de aquel comediante sin hacer sufrir a su hija.

Comentó lo sucedido con el ministro de Hacienda, a la salida de una reunión con el emperador, y se lamentó de que si hasta el mismo heredero del trono había puesto los ojos en la joven, cómo podría dejarla casar con aquel autor de teatro.

-          Y además quieren anunciar su compromiso mañana, cuando el sol se lleve el último día del banquete de cumpleaños...

-          Pero hombre, para problemas de estado como el tuyo, nosotros solemos consultar a una bruja que vive en la montaña de Espuma Verde, la Bruja del Cieno, y ella por un módico precio nos resuelve las subidas de impuestos, los balances fraudulentos, y otros  menesteres, así que no tendrá inconveniente en ayudarte a solventar tu situación coyuntural contraproducente...

-          Así que el Ministro lo pensó un momento, y decidió visitar a la Bruja del Cieno, pues si tenía la solución a su problema no importaba pagar lo que fuera.

Cuando llegó a la Montaña de Espuma Verde comprendió por qué se llamaba así, puesto que una capa de lo que parecía un verde liquen se extendía por toda la superficie. Pero poco después entendió también por qué a la Bruja del cieno la llamaban así, puesto que el manto clorofilado no era tal, sino una costra de moco seco y barro que aquella horripilante mujer dejaba a su paso como rastro de caracol.

Aguantando la repugnancia que esa visión le producía, el ministro pasó al interior de la choza donde habitaba la bruja, y tras acostumbrarse a la penumbra siniestra del lugar, expuso los motivos de su visita.

-          Bien, bien- Dijo aquel ser espeso y macilento dejando resbalar las palabras por una boca como cueva de murciélagos.

Yo puedo conseguir que tu hija no vea nuca más a ese actor del que me hablas...

-          ¿Y qué quieres a cambio? Interrogó el hombre, puesto que su amigo el ministro de Hacienda no le había contado todo lo que debía saber...

-          No te preocupes, el precio es pequeño, porque hacer el mal es una afición, no mi trabajo... Sólo quiero que cumplas paso por paso todo lo que te he  de indicar para que mi hechizo de resultado, porque de no hacerlo así su efecto puede volverse contra ti...

-          De acuerdo, no tengas duda de que haré cuanto me digas...

-          Cuando llegue el momento de brindar por los novios en su compromiso - dijo la bruja, debes levantar tu copa y ensalzar su unión como si fueses el más feliz padre de la tierra, porque el ocultar los verdaderos sentimientos y acrecentar los contrarios aumenta el poder de mi embrujo. En la copa de tu yerno vierte esta poción, pero ten buen cuidado en conseguir que el chico beba de una copa bruñida, pues el cristal tallado multiplica el poder del mal. Después, haz que los novios e invitados se vayan a descansar, y  retírate tú también. Al filo de la medianoche, acércate a la habitación del actor, y para entonces ya habrá surtido efecto el hechizo. Él se habrá convertido en un ruiseñor, al cual deberás guardar en una jaula y taparlo para que no cante.

Al despuntar el alba despierta a tu hija y dile con grandes signos de pesar que la troupe de artistas ha tenido que partir inesperadamente, y que él no la quiso despertar, pero que volvería pronto, y que le dejó el ave para que la espera no se le hiciera insoportable. Dale el ruiseñor y tu hija, si es como imagino, se consolará cuidando del pájaro, y con el tiempo se olvidará de su amado...

Cuando llegó al palacio pensó que no era una tarea demasiado difícil la que le exigía la malvada mujer, y por ese precio bien podía probar si su sortilegio funcionaba. En su cabeza se fueron extinguiendo como la luz del día las últimas palabras de la bruja: "no dejes de cumplir ni un solo detalle de lo que te he dicho, porque la magia puede volverse contra ti con efectos inesperados..."

Al día siguiente todo parecía alegría en el palacio del ministro, y la servidumbre, los invitados y los artistas se afanaban en preparar el compromiso oficial como si fuera el suyo propio, pues tal era el cariño que profesaban a la feliz pareja. Hasta el padre, que siempre se había mostrado reticente, destilaba buen humor y derrochaba sonrisas para todos, en una interpretación que superaría al mejor de los protagonistas de la Ópera de Pekín.

El tiempo se arrastró hasta ver caer la noche, y por fin llegó el  momento de hacer oficial el compromiso. El ministro lo tenía todo preparado, menos una cosa: como se despreocupó de las recomendaciones de la bruja regodeándose en su actuación, no dispuso que la copa del joven fuera de cristal tallado, y cuando se aprestaban a brindar y cayó en la cuenta, fue demasiado tarde. A pesar de ello, vertió todo el líquido en la copa, restando importancia al hecho de que fuera un recipiente liso:

-          Al fin y al cabo, sirven para lo mismo - se dijo.

Una vez quedó el compromiso cerrado alentó a los convidados a dejar que la pareja descansara, y todos se retiraron. El padre esperó a la media noche, y entró sigiloso en la habitación del muchacho. Allí, sobre las sábanas, un pequeño ruiseñor trataba de incorporarse aturdido. El ministro lo cogió y lo introdujo en la jaula que ya tenía preparada, mientras se reía en voz baja:

-          Parece que la pócima ha producido su efecto, y esta bruja es tan mala como aparenta, y sin la copa bruñida... Mira, pobre pajarillo, vas a conseguir lo que deseabas, estar con mi hija, pero detrás de unos barrotes que os separarán hasta que ella se canse o tú mueras...

El joven comprendió lo que había sucedido, pero era incapaz de escapar, y la tela que cubrió la jaula tapó sus pensamientos aún más.

Al amanecer el ministro consolaba a su hija argumentando que él volvería pronto, aunque no era de fiar un hombre que abandona así a su prometida. La chica miró la jaula, y conteniendo otro sollozo, salió precipitadamente de la habitación. A su padre se le formó un nudo en el corazón, pero ya no tenía remedio, y durante semanas después procuraba evitar a su hija para que los remordimientos no le delataran.

Ella cuidaba aquella criatura alada paseando por los naranjos que fueron cómplices de su amor, y derramaba lágrima tras lágrima.

Cierto día, el pequeño río salado que corría por sus mejillas alcanzó al ruiseñor, y la joven se quedó muda al comprobar que los cantos del ave parecían convertirse en palabras, y que éstas se le hacían comprensibles por momentos.

-          Mi amada princesa, llegó a entender. ¡Soy yo tu prometido, y no me fui nunca de tu lado! Fue tu padre el que quiso separarnos, y recurriendo a un hechizo me convirtió en pájaro para siempre. Pero algo debió salir mal, porque ahora puedo hacer que entiendas lo que digo...

Con tal dolor en el corazón que no pudo decir nada, la chica abrió la jaula, como solía hacer, y acarició a su actor hechizado. Después separó las manos y dijo:

-          ¡Ya que no puedo devolverte a tu estado, te doy al menos la libertad! Y alzando los brazos impulsó al ruiseñor hacia el cielo, y éste voló elevándose hacia el cielo.

El semblante oscuro del ministro no vio lo que sucedía a unos metros de él, en el jardín de su hija, y acariciando un halcón que entrenaba para cazar, quitó su caperuza y lo dejó suelto para que mostrara lo que había aprendido.

El terror se apoderó del alma de la joven cuando las garras de la rapaz se tiñeron de sangre al apresar aquel cuerpo pequeño y suave que había dejado marchar.

Como nacen los ríos en primavera, los ojos de la bella muchacha desprendieron un tranquilo torrente de lágrimas, que se prolongó sin ruido hasta inundar el jardín. Cuando todo aquel llanto salado regó la base de los naranjos, estos dejaron de enviar su savia a las doradas frutas que colgaban de sus ramas, y expresando así el dolor que sentían por su ama, las grandes naranjas se encogieron, y el dulzor de sus gajos se transformó en ácido sabor, en recuerdo de aquel amor malogrado.

El silencio de la joven fue el castigo más terrible que su padre pudo tener, pues nunca más volvió a decir nada, ni un reproche, ni una sonrisa.

Y la bruja se cobró con creces el encargo que se le hizo, pues el mal se extendió como el rayo que rasga el cielo.

Desde entonces, a las pequeñas frutas que dan ese sabor agridulce y ácido se las llama mandarinas, recordando que una vez fueron el orgullo de la hija de un ministro mandarín

 

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