LA VENGANZA DE DON MENDO

Una consecuencia lógica es el uso indiscriminado de
caprichosos «arcaísmos» como «yo mesmo», «follón», «agora». Hay también
ecos del teatro poético -se recuerda la fórmula de González Ruiz a propósito
de los dramas pseudo - históricos- en el desaforado jurar de los personajes:
«¡Lo juro por Belcebú!» «Mendo: ¡Vive el cielo! ¡Venga el duelo! / Pero:
¡Vive Dios! ¡Aunque sean dos!».
Tradicional ha sido hacer reír en el teatro a costa de un costumbrismo
desorbitado que presenta tipos y acentos provinciales o extranjeros. En don
Mendo hay una marquesa de Tarrasa que habla con fuerte acento y que a veces se
expresa en un catalán dudoso:
¡Qué precios, Mare de Deu!
No vi duncel más hermós
ni en Sitges, ni en Palamós,
ni en San Feliú... ni en Manlléu.
Aparecen también unos hombres de armas vizcaínos al servicio de don Nuño, con
nombres tan enrevesados como Otalaorreta y Mendingundinchía, y aquí y allá,
hay unas palabras en «latín», en italiano y en «caló», además de un
conjuro en un galimatías que pretende ser árabe.
Ni los personajes se comportan con el decoro debido a su condición, ni tampoco
se expresan en ocasiones con un lenguaje adecuado al rango de su época. La
lengua convencionalmente solemne y antañona de estos caballeros y estas damas
está salpicada de expresiones y palabras modernas, de coloquialismos y a veces
de giros vulgares que contrastan violentamente con el tono general. Doña Ramírez
piensa que «aquí se va a armar la gorda», exclama «¡A mí... plin! » y don
Mendo cae en la cuenta de que con Magdalena está «haciendo el primo», «el
oso» y «el canelo». También suele tener gran efecto el contraste entre una
palabra o una frase prosaicamente moderna y el resto del diálogo:
MONCADA: Os lo diré:
Mas por Dios tranquilizaos
MENDO: Estoy tranquilo. Sentaos.
MONCADA: Muchas gracias.
MENDO: No hay de qué.
A veces estas expresiones alcanzan un tono subido disfrazado apenas con una
palabra de sonido semejante, «¡Hacen falta más Quiñones! » o con un sinónimo,
«es más coqueta / que las clásicas gallinas».
Abundan las paronomasias: «cerca de la cerca», «sabed que menda es Don Mendo»;
la deformación intencionada de vocablos que llega hasta la ruptura voluntaria
de reglas gramaticales, siempre con fines humorísticos: «Pieces» por «pies»,
«rompido» por «roto», y la invención de neologismos derivados absurdamente:
«Gracia tan loadora y valedora». Características son también las dilogías o
equívocos: «y don Pero que es un pez / está por vos escamado», «terció y
os hizo mal tercio» .A veces el juego de palabras se hace con nombres propios:
Doña Sancha casó con don Suero pues «en aquel Suero veía un remedio»; unos
nobles asturianos, llegados desde Pravia para salvar el honor familiar,
exclaman: «Para lavar el baldón, / la mancha que nos agravia, / Conde Nuño,
henos de Pravia», y sus palabras recuerdan así un anuncio del jabón Heno de
Pravia.
También abundan las alusiones a personas, cosas o situaciones contemporáneas,
tan frecuentes en esta parodia. Merecen especial atención las de índole
taurina que tenían el éxito seguro por ser clarísimas a todo aficionado y por
referirse a la infidelidad conyugal. Un ejemplo: El rey, que es amante de
Magdalena, premia las proezas guerreras de don Pero permitiéndole que añada a
su escudo cinco banderas pequeñas («banderillas») junto a una cruz y además
el lema «No hay barreras para mí, / pues si hay barreras, las salto», por
haber tomado las plazas de Alcoló y del Olivo. En términos taurinos resulta
que el rey le pone cinco banderillas en la cruz al marido cornudo quien tomó el
olivo (se refugió en los burladeros) y, según reza su divisa, es capaz de
saltar todas las barreras que se le presentan.
La aliteración también está presente:
¿Qué incoa
mi espíritu? Lo que incoe
ya mi cerebro corroe.
¿Más qué importa que corroa
Aspid que mi pecho roe
prosigue tu insana roa...;
la anáfora: «Aquesto es, Renato, que muero de amores; / aquesto es, Renato,
que muero de celos. / Aquesto es que anhelos...»; y la repetición de una misma
palabra o de sinónimos: «y la creyó y difundió / y me ofendió y ultrajó...».
El manuscrito de La venganza y el de El pendón de don Fruela muestran que su
autor escribía con facilidad y dejándose llevar por el ritmo de los versos que
salían de su pluma, sin detenerse a considerar, en ocasiones, mezcladas
quintillas de diverso tipo, si entre ellas se escapaba alguna redondilla, o si
en una tirada de trisílabos aparecía un verso de seis... Sirvió
primordialmente del octosílabo que usó en forma de romance, de quintillas,
cuartetas y redondillas. Le siguen los versos de once sílabas, combinados por
lo general con los de siete, sueltos, a la manera de silvas. Hay también
dodecasílabos, polirítmicos aquí, divididos en dos hemistiquios de seis sílabas
cada uno.
Aparte de aquellas ocasiones en que usa específicamente cuartetas y
redondillas, o quintillas de rima varia, éstas aparecen también con profusión
en las tiradas de octosílabos rimados libremente, así como los tercetos, los
pareados y, en ocasiones, alguna sextilla. Lo mismo ocurre en las «silvas» con
la caprichosa combinación de heptasílabos y endecasílabos. Tanto en ellas
como en las tiradas octosilábicas son muy frecuentes los versos monorrimos. Tan
sólo una vez aparecen el romance dodecasílabo, y el romancillo hexasílabo, la
octava real y dos ovillejos. Esta riqueza métrica no tiene tan sólo por fin la
variedad y es primordialmente de orden semántico pues a cada situación
corresponde un tipo de versificación adecuada.
La venganza es una obra polimétrica que compendia los metros y combinaciones más
usados en el teatro por los románticos y luego por los modernistas, y hay en
ella claros ecos paródicos del estilo de otros autores y de otras obras. No es
difícil reconocer el barroco calderoniano en aquellos versos en los que el
protagonista llama a su amada:
Ave, rosa, luz, espejo,
rayo, linfa, luna, fuente,
ángel, joya, vida, cielo...
ni el recuerdo del romancero en la historia de «Los cuatro hermanos Quiñones»,
recitada por Bertoldino y en la de «Don Lindo García» que cuenta el
pretendido Renato. La entrevista de don Nuño con su hija [«¿Y con quién mi
boda, padre, has concertado?»] evoca, métricamente, la de los padres de Leonor
y Diego [«Don Pedro Segura, seáis bien venido...»] en Los amantes de Teruel.
Reconocibles son también los famosos ovillejos del Tenorio en el duelo verbal
que sostienen don Mendo y don Pero, en casos como éste, el delicado lirismo
zorrillesco,
Y entre estos peñascos romos ,
en este lugar perdido,
que semeja un bello nido ,
de ninfas, hadas y gnomos;
en esta penumbra grata,
bajo esta bóveda oscura,
y oyendo como murmura
la limpia fuente de plata...
De índole modernista son los dodecasílabos que recita Azofaifa [«¿Por qué
me engañaste? ¿Por qué me dijiste...»] o la tírada de heptasílabos y
tetrasílabos agudos de la jornada III:
Magdalena: Trovador, soñador
(a Don Mendo) un favor
Mendo: ¿Es a mí?
Magdalena: Sí, señor.
Al pasar por aquí
a la luz del albor
he perdido una flor.
Mendo: ¿Un flor de rubí?
En este nivel métrico aparecen también, y profusamente, los recursos
degradatorios. Así, los versos esdrújulos que usan palabras extravagantes y
que siempre fueron curso de gran efecto cómico:
MENDO
Mora en otro tiempo atlética
y hoy enfermiza y escuálida,
a quien la pasión frenética
trocó de hermosa crisálida
en mariposa sintética... ;
La respuesta de Don Mendo al acoso amoroso de la mora Azofaifa, propicia una de
las escenas más populares de la obra:
"¡ Mora de la morería !...
¡ Mora que a mi lado moras !...
¡ Mora que ligó sus horas
a la triste suerte mía !...
¡ Mora que a mis plantas lloras
porque a tu pecho desgarro !...
¡ Alma de temple bizarro !...
¡ Corazón de cimitarra !...
¡ Flor más bella del Darro
y orgullo de la Alpujarra !...
¡ Mora en otro tiempo atlética
y hoy enfermiza y escuálida,
a quien la pasión frenética
trocó de hermosa crisálida
en mariposa sintética !...
¡ Mora digna de mi amor
pero a quien no puedo amar,
porque un hálito traidor
heló en mi pecho la flor
aun antes de perfumar !...
Deja de estar en hinojos.
Cese tu amarga congoja,
seca tus rasgados ojos
y déjame que te acoja
en mis brazos, sin enojos.
No celes, que no es razón
celar, del que por su suerte
en una triste ocasión
por escapar de la muerte
dejó en prenda el corazón.
No celes del desgraciado
que sin merecer reproche
fue vilmente traicionado
y cambióse en medianoche
por no ser emparedado.
Ni a tí ni a nadie he de amar.
Déjame a solas pensar
sentado en aqueste ripio,
sin querer participar
del dolor que participio.
Déjame con mi revés:
Si quieres besarme, bésame,
consiento por esta vez,
pero déjame después.
Déjame, Azofaifa, déjame."
la frecuencia de la rima en agudo como «zumbón» y «gorrón», «trajín» y
« ¡A mí... plín! », para aumentar la sensación de ripio; las enumeraciones
rápidas y burlescas: «temblorosa, cautelosa, recelosa»; numerosísimas rimas
en eco del estilo de «que dura porque perdura» y «son dignas del estro
vuestro»; o encabalgamientos voluntariamente torpes, entre los que destaca
aquella joya de «pues muy pronto, amigo fiel, / habré de hundírmelo en el /
quinto espacio intercostal». Muñoz Seca, en fin, llevó al virtuosismo en su
don Mendo el cultivo del ripio, de la rima forzada y del verso malo, todo en
aras de la parodia. Abundan en él rimas tan intencionadamente extravagantes
como la de «Sigüenza» con «sinvergüenza», «¡Qué risa!» con «prisa»,
«mereces» con «pieces» [«pies»], «R.I.P.» con «fe» y, a punto de
concluir la obra, la risa de don Mendo, loco forma todo un verso «Ja, ja,, ja,
ja, ja, já» que rima con «La razón perdido ha».
La venganza de Don Mendo, ayer y hoy
La venganza de don Mendo se estrenó en el teatro de la Comedia, en Madrid, la
noche del 20 de Diciembre de 1918. Era el de la Comedia un prestigioso teatro
inaugurado en 1875 y a cargo entonces de don Tirso Escudero, que fue su
empresario por muchos años. Contaba con una gran compañía y entre los
consagrados y noveles que estrenaron La venganza aquella noche figuraban actores
muy conocidos hoy. Adela Carboné, «depurada artista», hizo de Azofaifa y, «vestida
de mora con largo pantalón bombacho y túnica de crespón morado»; Aurora
Redondo, jovencísima entonces, que fue llamada a escena dos veces por el «delicioso
acento catalán» de su marquesa de Tarrasa; Juan Bonafé (Don Mendo); Juan
Espantaleón (Don Nuño); y un Mariano Asqueríno tan novel que tuvo a su cargo
los papeles secundarios de Bertoldino y Froilán. Todos ellos fueron muy
alabados en la representación de sus papeles.
La empresa no escatimó gastos al montar la parodia y Eduardo Haro representaba
bien el sentir de la prensa contemporánea cuando escribía: «La escena fue
servida de todo momento de un modo suntuoso. El decorado, espléndido; los
trajes, ricos y artísticos, debidos a bellos figurines hechos por el notable
D'Hoy; el atrezzo, todo, en fin, fue magnífico». El decorado se debía a los
escenógrafos de la Comedia, Blancas y Amorós. Al éxito contribuyó también
un juvenil Federico Moreno Torroba con la «primorosa» danza oriental del
tercer acto.
Según opinión unánime de quienes lo reseñaron, el estreno fue «sencillamente
arrollador», «aplaudido con estrépito por un auditorio selectísimo», el público
estaba «encantado», «se rió constantemente y aplaudió mucho», y se
interrumpieron «muchas escenas con espontáneas ovaciones». Es más, ante la
insistencia del «respetable», Pedro Muñoz Seca tuvo que salir a escena varias
veces al final de cada jornada.
Los reparos fueron escasos. Hubo quienes vieron en La venganza una falta de
respeto a nuestros clásicos o un desacato a los románticos, otros lamentaban
el exceso de ripios o el que una simple parodia alcanzase la extensión de
cuatro actos, y no faltó quien juzgara intolerables por su procacidad algunos
chistes y juegos de palabras aunque, al parecer, los espectadores los acogieron
con entusiasmo.
Muñoz Seca dominaba la dinámica teatral y tenía muchos años de oficio.
Escribió Don Mendo sirviéndose de los mismos recursos que se usaban para hacer
los dramas históricos, escogió un tema peligrosamente parecido a los propios
de aquellos dramas, lo desarrolló y logró una obra de acción bien planeada,
que divierte y llega a interesarnos. Al tiempo que nacía esta parodia,
progresaban una refundición suya de Las famosas asturianas de Lope de Vega, y
La verdad de la mentira. Parece que don Pedro escribía con la misma facilidad
en verso y en prosa aquí se advierten su soltura para versificar y una
capacidad para remediar estilos ajenos que revela unos conocimientos literarios
bastante amplios y bien asimilados. La venganza de don Mendo presentaba una Edad
Media antiheroica y prosaica y unos personajes deshonestos, brutales o simples,
y el público tomó esta obra como una parodia para reírse, que es lo que
pretendía ser. No faltaron, sin embargo, algunos ingenuos que lamentaron el «desperdicio»
que hacía Muñoz Seca de un argumento y de unos versos que, con un poco de
arreglo, podrían haber alcanzado alto nivel dramático.
La venganza de don Mendo se estrenó hace sesenta y seis años y, entre España
y América, se habrá representado muchos cientos de veces, quizá miles. Todavía
las gentes maduras hoy recuerdan versos y frases suyas; se sabían de memoria
largas tiradas del Don Mendo y del Tenorio, y se divertían aplicando frases de
ambos a situaciones que le parecían oportunas. Esta fidelidad del público
contrasta, con la opinión de la crítica por los mismos años que va
considerando más y más el astracán como un género relegado por su falta de
interés y de calidad literaria. Defendió el astracán Manuel Machado, Torrente
Ballester le atribuyó una «comicidad situacional», y González Ruiz, quien
juzgaba La venganza una «parodia francamente graciosa», hacía notar su
influencia sobre ciertas obras de Jardiel Poncela.
Un vistazo de las ediciones de esta parodia publicadas desde su estreno hasta
hoy mostrará que dejando aparte las Obras completas y las impresiones
americanas, hubo dos ediciones de La venganza de Don Mendo poco después de su
estreno, tres en los años 20 y ninguna durante los de la República y de la
Guerra Civil. En cambio hay seis de los años 40 que indicarían una
revalorización de Muñoz Seca, posiblemente por seguir todavía el teatro
derroteros algo semejantes a los de los años 30, y quizás por razones de índole
política. Tres ediciones en los 50, dos en los 60 y otras dos en los 70 marcan
el progresivo despego de unas generaciones nuevas que tienen otros intereses y
otro sentido del humor.
Sin embargo, La venganza de Don Mendo sigue viva: Afrodisio Aguado continúa
reimprimiendo una edición con prólogo de Benavente y graciosos dibujos de
Enrique Herreros; se representó hace tres años en Buenos Aires con gran
entusiasmo del público, al decir de quienes la vieron; y hace dos se dio, también
con éxito, en Madrid. Don Mendo parece haberse convertido por derecho propio en
una tradición, en una especie de «obra clásica» popular a la manera que lo
son el Tenorio o La verbena de 1a Paloma, de esas que siempre cuentan con un público
fiel. La venganza se ha seguido representando en las últimas décadas, en 1981
se volvió a representar por el centenario del nacimiento del autor, en el mismo
lugar donde se estrenó, el Teatro de la Comedia.
Fragmento de La venganza de Don Mendo
(Jornada I)
NUÑO
¿Y a qué subísteis?
MENDO
Señor...
NUÑO
No acabo de imaginar.
¿Fue el amor?...
MENDO
No fue el amor
NUÑO
Entonces...
MENDO
Subí a robar
(Asombro en todos.)
NUÑO
¡Miserable!... ¡Presto a él!
MENDO
¡Quietos!... Infeliz de aquel
que intentare, ¡ay, Dios!, llegar
a don Mendo Salazar
y Bernáldez de Montiel
(Se desemboza)
NUÑO
¿Ladrón vos, Don Mendo? ¿Vos?
RAMÍREZ
(Aparte a MAGDALENA)
Por salvarnos a las dos
ya ves, su infortunio labra
MENDO
(De salvarla di palabra
y la cumplo, vive Dios)
NUÑO
Un Marqués cual vos, ¡qué afrenta!
¿Cuándo viose acción tan doble?
MENDO
Nunca ha de faltar un noble
que robe más de la cuenta.
NUÑO
¿Pero vos?...
MENDO
Y a fuer de honrado,
antes de rendir la espada
que mi delito ha manchado,
quiero confesar, que nada
de amor hame aquí arrastrado.
PERO
¡No! ¡No!... ¡Nunca lo creeré!
LORENZANA
Ni yo.
MAGDALENA
¿Qué decís?
PERO
¡No sé!
Permitid que en creerlo luche.
MAGDALENA
(Recogiendo el suelo el estuche que tiró don Mendo)
NUÑO
El de tu collar
MAGDALENA
¡Sí!
PERO
¿eh?
MENDO
Como tan poco valía
no lo quise para mí
NUÑO
Pero...¿ y el collar?
MENDO
(Enseñándolo)
¡Aquí!
PERO
¡Era verdad!
NUÑO
¡Lo tenía!
MENDO
Tomadlo, y perdón, señora,
si os lo quise arrebatar
(Le da el collar).
FIN