CRÓNICA LA KEDADA SEGÚN MUAD

Calle Princesa abajo. Calor flotante. En manos de una impaciencia infinita y con media hora de retraso negativo. O más. Ralentizo. Miro un escaparate donde dos ejércitos de soldaditos de plomo están a punto de embestirse. En otras circunstancias hubiera esperado el resultado de la batalla. Al menos lo habría hecho durante no menos de media hora. Pero ahora me importa un pepino. Todo mi pensamiento está ocupado por un ejército de interrogantes, también de plomo.
Por un instante miro mi reflejo. “¿ Estoy bien?” “¡ Puaj!” “Da lo mismo.” Ya es demasiado tarde. ( En otras circunstancias quizás me hubiese acicalado el sobaquillo, ordenado algún pelín, criticado mi mirada, pero la entrada-estancia-salida de mi hotelillo fue tan meteórica que, horas más tarde, me costaba recordar su nombre.)
La calle pasa bajo mis pies, sin ofrecer distracción alguna. Para cuando quiero darme cuenta estoy prácticamente en el punto G. Perdón. En el punto Q. Y faltan ¡23 minutos y 18 segundos! Con la inercia paso de largo. Vuelvo. Paro. Vacilo. Nadie. Entro. Como pisando huevos. Nadie a la izquierda, no…sí…ah… una muchacha menuda, morena, de amarillo con cara de no se sabe qué. No. Esa no es. (Pero era que si…era Silviana.) Me infiltro en el territorio. Busco dónde sentarme. A duras penas aterrizo en un huequillo por el que entro a penas no menos duras. (El hueco es talla 38; más allá de esa talla es imposible sentarse.) Giro la cabeza. 360 grados, como la endemoniada del exorcista. Nada. Entra gente. Unos muchachotes. (Que también eran que sí…) Nada de la de rojo. Solo han pasado tres minutillos miserables. Ante mí un mantelín de colorines y cubiertos de juguete. Una tabla vertical de menús. La cojo. Tiro al suelo un cuchillo y un tenedor que suenan como bombas atómicas. Los cojo sin prisa pero sin pausa.
El de la pajarita me mira como a un bicho raro. Yo le miro como a un mono con smokin. Nos miramos retadoramente. A una señal imperceptible, una camarera se me acerca. Pido una manzanilla. Echo otro vistazo, ahora de tan solo 203 grados. Hay una muchacha con pantalón rojo y carita de poetisa hambrienta. Pero no lleva cartelito. La manzanilla abrasa. Hago con el papel de la cuenta un barquito de idem, y lo dejo encima de la mesa a la deriva. Miro otra vez. Pago. Me levanto. Salgo a la calle. Doy unos 17 paseos de unos 20 metros en torno a la cafetería. Sin saber por qué, observo con suma atención la ventana del sexto piso del edificio de enfrente.
Una chica de rojo riguroso sale del hotel contiguo pero…no…no lleva cartelito. Va sobre altísimos tacones. Entra. ¡¡Plom!! Se pega con la puerta de cristal. Nada grave. Pensé “¡malditos limpiacristales!” Me doy cuenta de que en el transcurso de los paseos “se me han colado” un montón. Hay unos cuantos y unas cuantas sentados muy cerca de la puerta. Me acerco. Entro y les miro con cara de besugo interrogativo. Me miran con cara de decir “vaya besugo.” Enarco las cejas hasta el cogote. Salgo. “Juraría…” Entro.
“¿Sois vosotros los del chat de terra?” “Sïíí.” “Joéé.” ”Jajajajaja.” ”Soy Tyfani.” “Y yo Dulcinea.” “¡Dulcinea!!” “¿Y tú quién eres?” “A ver, adivina…” “Nada.” “No adivino.” “Soy Muad.” “¡Muad!” “Muá y muá, y yo… muá y muá. Y veo a la de rojo. “ Y tú eres Antía.” Veo el dichoso cartelito que asoma con timidez inusitada por debajo de su cabellera rubia. “Joé, vaya miniatura de cartelito.” “Jijijí.” “Jajajá.”
Todos empiezan a asomar. En el interior hay más. Identifico a Orel. Es inconfundible. Aunque con la barba ya canosa, lo que le da unos aires de patriarca bastante potables. Una gran humanidad en todos los sentidos. “Soy Escorpio.” “Ah, hola escorpio.” “Yo soy nacho 15.” ¿Quince años o quince metros? ¡Vaya chicarrón! Ante tanto trajín y alboroto, el de la pajarita se pone histérico y nos propone con indisimulada urgencia el sótano, (piso inferior según él.) Nos hundimos en las profundidades del sótano y nos adueñamos de él.
Apenas nos hemos acomodado lo más incómodamente posible, y oigo “¡Yopasa!” ¡La mismísima Yopasa! Con su cara de niña buena, de esas que rompen un plato y no te lo crees. Besos a granel, risas en cantidades industriales…”¡Hola Yopasa!” “¿Quién eres?” “Jajaja, soy Muad.” “¡¿Muad?!” “Muá muá.”
Y en menos que canta un berébere nos damos cuenta de que se nos han esfumado dos horas, dos cortísimas horas, jolín! Pido una prórroga mental, pero no hay nada que hacer. El tiempo, casi sin conocernos, va matando nuestras posibilidades, va cercándonos y nos empuja hacia nuestra separación. Desecho furioso tales pensamientos.
Salimos torpemente. Noche cálida. Suda hasta el asfalto, esperamos un ratillo, hasta que aparece la jefa; ha jubilado el vestido rojo rutilante y luce otro café con leche con floripondios granate, más discretito. Da la orden a la tropa. Con marcado acento. Gallega hasta los tuétanos. Empezamos a movernos como cuando arranca un tren de vapor: despacio y haciendo ruido.
“Y tú quién eres?” Sigue el carrusel de preguntas. “Pues tú no me suenas.” “Es que chateo a las cuatro de la mañana, por el trabajo ¿sabes?” “¡Joé! ¿Y cómo está el canal a esas horas?” “Bastante interesante…a veces. Otras hay un silencio (demoledor.)” Él usó otro adjetivo que no recuerdo. Doblamos una esquina. Unas escaleritas. El restaurante. Bajamos. Saludos cordiales de los camareros que nos esperan con las banderas…con las servilletas desplegadas y los sacacorchos en ristre. Ristras de ajos y techos estucados y estanterías típicas y artilugios de adorno culinarios…todo muy típico. Entramos en el sancta sanctorum. Una mesa kilométrica. Mantel blanco. Servilletas rosas. Vino… de Rioja. Pensé “¿qué raro que no ponen ribeiro?”
Nos vamos sentando. Llegan más, dos canarias.
Qué cantidad de potencial poético reunido en apenas cuarenta metros cuadrados. Cuánta sensibilidad concentrada en las miradas. Da la impresión de que la cena no importa gran cosa. Enseguida, Orel saca de no se sabe dónde un cuadernucho y comienza a escribir un poemilla para la jefa. Oigo crujir su maquinaria mental: es un poeta ahogándose en su propia salsa.
A un lado Nacho15, (qué chaval más majo!!!) Al otro Rosalía. Frente a mí, el frente canario: mi tierna Yopasa y una amiga de Rosalía guapa como un poema de esos que hace Dulcinea de vez en cuando; algo escorado Miguel36, que empieza a apabullarnos con un diluvio de chistes. Nos empapamos de carcajadas.
Le digo a Orel que me enseñe el poema que está haciendo. Tiene una maldita letra endiablada que no hay quien la entienda, letra de médico con prisas. Con su ayuda, (ni él la entiende a ratos,) consigo descifrarla.
“¡Clinc clinc clinc clinc!” Orel de pie, imponente, con el cuadernucho ante su vista, recita su poema para la jefa. Antía no deja de sonreír. Termina. Aplausos entusiastas. “Te la pasaré a limpio.” (Menos mal…)
Empanada gallega y pulpo a la…¡oh!…gallega…¡Claro! Y vino de Rioja, de Navarrete. Buen pueblo y buen vino.
Más rápido de lo que quisiera, el tiempo se nos va yendo. ¡Qué majos son todos! “¿Carne o pescado?” Bah! ¿Qué más da? “Clinc clinc clinc clinc…” Se lee un mensaje de Bordao, últimamente Nimetokes, mensaje sentido, hondo, con gotitas de coña y humor torero, rezumando nostalgia y ansias de hacerse presente, entrañable y mil veces entrañable Nimetokes…
Todo empieza a vaporizarse y el tiempo adquiere otra velocidad, el espíritu etílico envuelve las conversaciones en tenue sopor; hay más voces, más risas, más…”Clinc clinc clinc!” Veo a Tyfani sobre una silla, como una diosa con sus rizos jaspeados. Pide silencio y se lo damos. Su poema dispara sin misericordia contra el corazón de la buena de Yopasa, (que protesta pero no le vale de nada.) Recitado suave pero con fuerza, serio, emotivo. Apenas respiramos. Termina. Salva de aplausos. Yopasa: “¡No hay derecho! ¡Esto es demasiado!” “Tú te lo has buscado Yopasa: Si fueses un chinche como yo no te pasaría eso…¡jajaja!” Pero Yopasa tiene un corazón como el Santiago Bernabeu, y sentir cariño por ella es algo natural. Surge espontáneamente. Cuando me entero que se ha gastado sus ahorros por venir…¡ufff!…entonces es cuando ya me desarma totalmente, Yopasa, mi querida Yopasa. Me juro a mí mismo que a la próxima irá aunque haya que pagarle el viaje. ¡Vaya que sí!


Antía saca los trastos. Es la hora de la queimada. Cuencos tripodencos, cazo de arcilla rancia, tacillas de asa de garfio, y una garrafa de combustible suficiente como para quemar medio Madrid. “¡Un extintor..!” Antía plantea el rito entre chanzas y carcajadas.” ¡Carallo!”
Todo listo. El monaguillo declamador busca acomodo para el velo blanco. De bufanda. No. De bozal. No. De turbante. No. De velo. Tampoco. De burka. Hum…por fin…¡sí! Sobre el burka se coloca unas gafas de sol. Está realmente goloso.
La atmósfera del comedor se satura de jajajás. Cucharilla. Mechero. La mágica llama surge de entre un silencio quebrado. Luego es deslizada lentamente sobre el cuenco, iniciando una danza de hilos azules que escapan y se van adonde nadie sabe…
El monaguillo de Antía declama el conjuro en un gallego problemático, disléxico y trabalenguado. Afortunadamente el reverendo padre Orel alterna la traducción con voz potente, segura y rotunda. El retorcido conjuro se mezcla con las piruetas hipnóticamente sutiles de las llamas, que caen sobre el brebaje hundiéndose en el fondo de los cuencos.
Oímos sin escuchar. Soñamos sin estar dormidos. Estamos allí, pero allí no hay nadie. “¡ Más azúcar! ¡Que se queme bien!”
El líquido es mareado hasta la náusea alcohólica. Ya mengua. Las llamas languidecen y su azul fantasmagórico se diluye en pura transparencia.
La hora de los valientes ha llegado. El bebedizo está aún ardiente. Antía toma una tacilla, (taciña,) la llena… “¡glup!” y “¡Khaaaaaagggghhh!” Todos, ya con cara de susto.
El monaguillo, sin escape posible, toma de manos de Antía la bomba etílica. La huele. El olor le penetra y le sacude un latigazo en la pituitaria. Sorbe. Traga. Se quema hasta los hígados. “¡Khaaaagghh…aaaaaahggg..!”
Las tacillas de orujo a punto de caramelo, pasan de mano en mano. Nachete, a mi lado, en medio de un mar de vacilaciones, moja sus labios y prueba. “¿Fuertecillo eh?” Yo a duras penas consigo esnifarlo. “Si me tomo una de esas me tendréis que llevar a la UVI.”
Cada palo aguanta su vela, así que el orujo, mengua. Aparecen unos paquetitos. ¡Regalos! Abro. Una bruja “preciosa” con un fantasma sobre el hombro, remueve unas asadurillas (supongo) en un puchero gigante. “Es clavadita a ti, Antía, tú misma en tres dimensiones…la pondré sobre la mesa de mi ordenador.” Mirada asesina.
Quería hacer fotos y fotos pero hacía tiempo que el carrete había reculado. Aunque hubiese tenido cinco carretes más, no habrían sido suficientes.
Salimos al corazón de la noche algo aturdidos, despacio, con el lastre de la pitanza.
“¿ A dónde vamos...?” Calle abajo. Más calle abajo. Calle arriba. Otra vez calle abajo. “¿Por qué no vamos a..?” Ahora nos escoramos a babor. Luego a estribor. “¿Estará abierto..?” “Podríamos ir a…” Los madrileños toman la iniciativa y por fin parece que vamos a alguna parte.
Bordeamos un parque silencioso y sombrío. Dulcinea me pasa el móvil. “Toma. Es Nimetokes.” “¡Joé! ¡Hola muchacho! ¿¡Qué taaal!?” Por primera vez oía su voz ronca, deslizante, irónica, “con cuatro güiskis…” y lo sentí ahí mismo, a nuestro lado, subiendo la calle con nosotros. “¡La próxima en Sevilla. Joder!” “¡ Donde haga falta..!” Sí…donde haga falta.
Y el tiempo se detiene. Es un nirvana pasajero, una burbuja de eternidad, un “ya basta” momentáneo y fascinante, el momento que se aferra a tu memoria y no se despega de ella jamás.
Desembocamos en unas escaleras que bajan a un jardín iluminado por lámparas de neón de colorines, que dibujan la entrada de una especie de discoteca-terraza-bar tan vacía como nos hubiese gustado.
Entramos. “¿Puede entrar ésta?” le pregunto al portero señalando a la pequeña bruja. “Si, si…ja,ja.” Ambiente penumbroso, fresquillo.
En la barra, larga como la frontera entre Chile y Argentina, largos gusanitos de luz. Intento situarme. Busco los polos y los meridianos. Suena una música de usar y tirar. Música con marcapasos. “¡Pum pum pum putupum!”
Ruido bailable. Para agitar las obsesiones y amordazar los pensamientos, para triturar la creatividad y paralizar las neuronas, en definitiva, para renunciar a la libertad de programar nuestros propios movimientos, y aceptar servilmente la tiranía de un ritmo robotizado a cuyo son todos deben moverse. Quien verdaderamente sabe bailar, lo hace sumido en el silencio. “¿Dónde estoy?”
Hacemos corrillo algunos. Balanceos de cadera. Yopasa no se resiste y se lanza. Otros también. “¡Vengaaaa..!” “¡Chunta chunta chunta…!” No sé… no acabo de ver a los poetas muy “bailaores…”
Yopasa me saca. Pegamos tres o cuatro pases toreros…¡Ufff! No…No es lo mío. Ha habido mucha gente que ha intentado que yo bailara algo medianamente coherente, y han fracasado. Me esfumo del corrillo. Los más pertinaces continúan.
Salgo a la magnífica terraza. A sus pies una mancha sombría y oscura salpicada de esqueléticas farolas. El horizonte perfila un Madrid lejano, luminoso, casi irreal. Miro al cielo. Las escasas estrellas muestran un brillo apagado, tosco, estático, no apto para soñadores.
Me uno a Hesse y Vahalla en torno a una mesita de pitiminí. Nos ponemos a arreglar el mundo…”Hay que ser adefesio para…” “La energía atómica…” “La próxima quedada en Valencia. Mar y paella.” “Yo creo que…” “Hace falta ser…” “Bla bla bla.” Vienen más. “Bla bla bla bla.”
Llega Orel. El blablablá se dispara. Surge el gran tema. “Yo creo que la poesía…”Llega Dulcinea. Antía viene y va. Fluye la comunicación. Nos empapamos unos de otros.
Es ahora cuando empezamos a conocernos, a dar lo mejor de nosotros, a poner en juego lo que se cuece en nuestro interior. Y en el mejor momento, ( “ Oh Murphy, cuánta razón tienes...!”) cuando mejor estábamos…¡zas! Enmudece el marcapasos. Silencio.
Se respiran algunos murmullos mientras vamos saliendo, algo pensativos.. sabemos que esto toca a su fin. Yo lo sé. Y no me gusta. Subimos las escalerillas estudiando cada peldaño. Les acompañaría hasta su hotel…pero no…es mejor hacerlo ahora.
“Me voy a dormir.” “Orel, muchacho, ha sido un placer conocerte…” Chocamos las manos. Por alguna extraña razón tengo el presentimiento de que nos volveremos a ver. “Tyfani…” “Adiós Muad…” “Muá muá,” mi querida Tyfani…”Dulcinea, cielo…” me da dos besazos tremebundos. “Yopasa chiquilla…” “Muad…” Nos abrazamos.
Yo estoy ya a punto de romperme, y aunque no suelo llorar, no puedo evitar dos lagrimones como puños. Voy a despedirme de Antía, pero decido cortar por lo sano y salir por piernas…”Adiós muchachos, adiós…”
Lo que más odio en este mundo son los puerros cocidos y… las despedidas!

EPILOGUILLO

Han sido horas experimentadas como segundos. Y segundos vividos con intensa densidad emocional. Yo no me iba solo. Algo les había robado y…¡ay!…algo me habían robado ellos a mí. Todos serán añadidos al mundo de mis nostalgias, al devenir de mis sueños y…al objeto de mi cariño.
Esta crónica no es más que una ínfima parte de lo que sucedió. Mejor dicho, de todo lo que me sucedió. Cualquiera de los que estuvieron podrían contar cosas mucho más interesantes que las que yo he narrado. Sé de buena tinta que otros componentes de la quedada vivieron momentos intensísimos y muy emocionantes, pero creo que no me corresponde a mí darlos a conocer.
La gran artífice de esta quedada fue la sin par Antía que ha puesto en juego algo más que ilusión y trabajo. Sin ella y Dulcinea no estoy seguro de que esto hubiese sido posible. Mi gratitud y mi reconocimiento serán eternos, si es que la eternidad existe. ( Aparte las despedidas del chat…)
Sentí un montón no haberme despedido de Antía, pero, por ocultar mis lagrimones, salí a toda pastilla. “Eres bobo,” me dije…

OBSERVACION RESIDUAL

Camino del hotel y con la cabeza como una batidora, me pasé casi cinco manzanas, di media vuelta, volví a pasarme, esta vez sólo dos. A la tercera llegué, y, muerto de cansancio y emociones, caí sobre la cama. Tal cual.

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