Una de vaqueros
A modo de justificación o saludo, debo explicar que todo lo que aquí se comentará en estos articulillos obedece únicamente al deseo de ir eliminando la ociosidad acumulada en tantos años y especialmente en los últimos meses. Me explico. Tengo estanterías llenas de cintas de vídeo pendientes de ver y una cierta culpabilidad me invade ahora que no hay que estudiar y el Tour de Francia ya ha acabado con el resultado sabido: Sevilla maillot blanco y Kelme campeón por equipos. La heterogeneidad de lo grabado provoca lógicamente que los desvaríos vayan a ser de lo más variado. Sin duda, si este cronista pisa un cine o sufre un ataque de delirios, mantendrá informado a los lectores (a no ser que sean cosas tan espantosamente llevadas como Operación Swordfish, momento en que la amnesia entra en juego y borra todas las sensaciones acumuladas). Ni que decir tiene que esto no quiere ser un ensayo riguroso (no es ni siquiera un remedo de ensayo), sino que es más bien una charla y encantado servidor de contestaciones, añadidos, contribuciones,... Y ahora, haciendo honor al título, vamos con una peli de vaqueros.
En realidad, ni siquiera
eso, ya que por inauguración del puesto ofreceremos comentarios
(más bien divagaciones) sobre dos grandes del cine
del Oeste: Centauros del desierto y Raíces Profundas.
Comenza
mos con una ficha técnica, para
que el curioso pueda profundizar en esas películas; con carácter
general recomiendo la Internet Movie Database (http://www.imdb.com) Centauros
del desierto tiene como título original The Searchers
y es del año 1956, dirigida por John Ford. John Wayne, llamado
El Duque por su planta, es el protagonista absoluto (hablamos de
un momento donde cualquier film era éxito financiero sólo por
su presencia) en el rol de Ethan Edwards y secundado por Vera
Miles y Jeffrey Hunter, aunque la cámara quiere bastante más a
Wayne, cosas de la vida, por lo que estos quedan más apagados. Raíces
profundas es un poco anterior, de 1953, y dirigida por George
Stevens. Su título original es Shane y Alan Ladd es el
prota, secundado por la pareja Van Heflin y Jean Arthur, sí, la
misma de Berlín Occidente.
Hay
ciertos puntos en común que me gustaría comentar. El primero es
el de la fotografía, ambas películas están presididas por unos
fantásticos paisajes estupendamente retratados. De la película
de Ford vemos el típico escenario, Monument Valley, en completo
Technicolor (no en vano es definido
como uno
de los más hermosos filmes en color). En Shane no podemos
sino quedar extasiados ante las grandiosas Montañas Rocosas (en
concreto las del estado de Wyoming), presidiendo siempre los
episodios de cabalgadas. La presencia de un personaje digamos en
un plano superior a todos es también una coincidencia entre
ambas. Así, tenemos a Shane, el prototipo de pistolero
que desea dejar atrás su vida anterior entrando a trabajar para
una familia de granjeros (cuyo hijo, Joey, idolatra a este buen
muchacho); pero existe un fatum (el destino inexorable)
que lo impulsa a volver a esa vida a pesar de su resistencia,
reticencias que lo llevan incluso a pasar por un cobarde, el peor
de los pecados que pueden cometerse en el salvaje Oeste. En la
otra película tenemos el peculiar personaje de Ethan Edwards,
quizás el mayor logro del film, por sus contradicciones: odia a
los comanches, pero habla su lengua; aparentemente es un hombre
duro e inflexible, pero... (no se debe perder el final de la película)
Shane tiene una
trama más o menos única: la lucha contra el cacique de pueblo
de turno (lucha vista tanto desde el punto de vista externo como
desde el interno, la resistencia de Shane a luchar hasta que se
convence de que es su deber universal, una lucha
inevitable, pero en cierto sentido humillante, sucia, despurific
adora, que lo obliga a tomar
esa actitud final (la moral del cronista impide contar el final
de las películas salvo que sea una cosa inevitable; y como
espero que esto sirva para que la gente sea curiosa y las vea, no
voy a hacer el feo de chafarlas) Centauros del desierto es
bastante distinta en este aspecto, pues las tramas se bifurcan
desde el hecho principal del secuestro de Debbie: deseo de
venganza de Ethan; deseo de Martin de recuperar a su hermana,
deseo de Laurie de casarse con Martin,... logrando sin embargo un
mosaico bastante equilibrado. El oficio de Ford se percibe de
lejos en esa búsqueda del equilibrio. Al verla hay que fijarse
en varias cosas: en primer lugar, el toque humorístico (para
compensar la enorme carga trágica del argumento), que tantas
veces en la obra del tuerto irlandés viene de la mano del
personaje de loco o de viejo cascarrabias (pensemos, p.ej. en Río
Bravo). En segundo lugar, el cruce de perspectivas: la cámara
no es neutral, la historia se focaliza muchas veces: el episodio
de la carta nos da la visión directa de Martin, en casa de los
Jorgensen en ocasiones se verá la historia desde el punto de
vista de Laurie, el juego de oposiciones entre el fanatismo de
Ethan y la contención de Martin es constante,... El diseño del
personaje de Edwards es simplemente genial y hay que reconocer
que Wayne era un facha con mucha clase para reflejar las
contradicciones de su carácter.
Resumiendo, es totalmente absurdo pensar que las películas del Oeste son solamente de tiros, tanto de los blancos contra los indios como del blanco bueno contra el pistolero malo; unas cuantas tienen algo más y no deben ser minusvaloradas en su análisis por ser de vaqueros. Raíces profundas y Centauros del desierto son dos buenos ejemplos de la heterogeneidad que se esconde bajo esta etiqueta y de la calidad que puede agrupar. Por citar otros títulos: Río Bravo, Río Rojo, El hombre que mató a Liberty Valance, La Diligencia; y no es casualidad que en todas esas brille la estrella de John Wayne.
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