América Latina y el Mejor Compañero
Revista Mensaje (Santiago), Julio 2005
por Claudio Fuentes
Cuesta pensar e imaginar la convulsión que vive América Latina desde el
promisorio lugar que ocupa Chile en la actualidad. Sin embargo, nos es necesario
entender los factores que explican el estado de crisis que viven varias naciones
de la región, para así establecer un vínculo de nuevo tipo con América Latina.
Mientras en Chile se produjo una impresionante reducción de la pobreza en los
últimos quince años, los indicadores para el resto de la región muestran un no
menor incremento del número de pobres en términos absolutos y relativos. Hoy más
del 40 % de los latinoamericanos vive bajo la línea de pobreza. Por otra parte,
en pocos lugares como en Chile se han efectuado relevantes reformas al Estado
para garantizar mayor eficiencia, transparencia y rendimiento de cuentas. Pese a
que en Chile se observan importantes desafíos relativos a la equidad y la
justicia social, los indicadores de desarrollo humano para el período 1975-2002
advierten de una creciente brecha entre países que mantienen un ritmo de
desarrollo humano alto (Chile, México y Costa Rica), aquellos donde se han
producido avances menos significativos, producto de una contracción en los
últimos años (Argentina, Uruguay, Perú) y otros donde su ritmo de crecimiento
tiende a ser marginal (Haití, Bolivia, Honduras y Nicaragua).
Los éxitos de Chile reflejados en los ranking
internacionales tienden a obnubilarnos y a llevarnos a —tal como el Financial
Times lo describía— que Chile es “una buena casa en un mal barrio”. Re-emerge
entonces esta antigua tradición de sentirnos los ingleses de América Latina, es
decir, seríamos algo así como una excepción a la regla. El principal problema es
que seamos o no la excepción, el actual contexto de interdependencia nos hace
cada vez más dependientes de lo que suceda en nuestro vecindario.
Tampoco hacemos muchos esfuerzos por entender la
naturaleza de estos conflictos y por reflexionar seriamente si nos corresponde
jugar algún papel en este contexto. Los discursos anuncian que América Latina es
una prioridad y que nuestro espacio natural de desarrollo se encuentra en la
región y, sin embargo, parece no existir mucha claridad sobre cómo hacer
efectiva esta voluntad de involucrarnos con y en la región. Más importante que
demostrar si somos buenos alumnos, debemos esforzarnos por ser mejores
compañeros.
Se plantea así una paradoja: el modelo de
desarrollo económico y de política exterior están fuertemente determinados por
una creciente interdependencia con la región, pero seguimos anclados en una
visión unilateral o, en el mejor de los casos, bilateral. Requerimos entonces
entender qué está pasando en el barrio para, de ahí, aventurarnos a establecer
un vínculo de nuevo tipo con América Latina.
Los conflictos principales de la región no han
variado significativamente. Lo que ha cambiado es la forma en que dichos
conflictos son resueltos. Cuando nos detenemos a observar las más recientes
crisis en Ecuador y Bolivia, existe una recurrente constatación de factores
explicativos comunes: el problema de las condiciones de vida, la legitimidad de
las instituciones y la forma en que se canalizan las demandas sociales.
Condiciones de vida y percepción de injusticia
El problema de la pobreza estructural es sin duda el primer catalizador de
conflictos sociales en América Latina. Existe una fuerte correlación entre altos
niveles de pobreza e inestabilidad política y social, siendo los mejores
ejemplos los casos de Haití, Bolivia, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. La
situación más dramática es por cierto Haití donde la expectativa de vida de la
población no supera los 50 años de edad. El resto de los países mencionados ha
manifestado avances en su política social incrementando los niveles de educación
y condiciones de salud de la población, pero todavía el producto geográfico
bruto es relativamente bajo.
A la constatación objetiva de las condiciones de
vida de la población debe agregársele un segundo aspecto y que tiene que ver con
la percepción de la población sobre las posibilidades de acceder a una mejor
calidad de vida. En muchos de los países de la región predomina una percepción
mayoritaria de la población de que el sistema económico predominante no la
beneficia directamente. Entonces, aunque en algunos países incluso se observen
mejoras objetivas en sus niveles de vida, la percepción de la población sobre la
distribución desigual de las ganancias del sistema provoca altos niveles de
frustración.
El caso de Bolivia es paradigmático. Durante gran
parte de la década de los 90, el vecino país manifestó altos niveles de
crecimiento económico, responsabilidad en el manejo de las arcas fiscales y
bajísimos niveles de inflación. Sin embargo, los niveles de conflictividad
social aumentaron en la medida en que existía una percepción generalizada de que
los beneficios del modelo de libre mercado sólo llegaban a “unos pocos”.
Legitimidad de las instituciones
Lo anterior nos lleva a un segundo factor explicativo de las crisis: el rol de
las instituciones y en particular del Estado. Uno de los argumentos más
recurrentes sobre el actual estado de convulsión en América Latina es crisis del
Estado. Las agencias internacionales y estados de países desarrollados,
entonces, han invertido altas sumas de dinero en tratar de fortalecer los
estados nacionales en temas vinculados a reforma judicial, reforma de las
policías y de distintas reparticiones estatales.
Sin embargo, tiendo a entender la crisis del Estado
más como un efecto que como una causa. Pero al mismo tiempo, parece ser que en
América Latina el problema no es la debilidad del Estado sino su legitimidad
—esto es, el grado de adhesión consensuada que una comunidad tiene respecto de
las instituciones que los representan.
En los casos de Ecuador y Bolivia se dan crisis recurrentes porque un importante
y mayoritario segmento de la población considera que el Estado representa a un
grupo de poder que no es exrpesivo de sus intereses. Los campesinos e indígenas
bolivianos, por ejemplo, tienen como agenda principal la refundación del Estado
por cuanto consideran que es fruto de un pacto oligárquico del cual un vasto
segmento de la población fue excluido.
De esta forma, el problema que se plantea allí no
es la debilidad del Estado sino más bien su ilegitimidad. El llamado a una
“asamblea constituyente” es precisamente la demanda por refundar las bases del
estado nacional a partir de un pacto social inclusivo y no excluyente.
En la variante de Argentina, existió en la crisis
del 2000-2001 un fuerte llamado a “que se vayan todos”. En este caso, la
población percibía que si bien el pacto de origen estaba bien constituido a
partir de la Constitución de 1994, la clase política había utilizado al Estado
para su propio beneficio. En este caso, se trata del control de la legalidad de
las acciones de los políticos. La rutinización de prácticas corrupción en
instancias del Estado como la policía, el sistema judicial, empresas del estado
y los propios ministerios, plantean un serio dilema a las sociedades
latinoamericanas dado que tales prácticas ilegales podrían llegar a convertirse
en una norma informal aceptada incluso por la ciudadanía y las autoridades.
Cuando las empresas aceptan como un hecho de la causa el tener que pagar coimas
para acceder a mercados o cuando un automovilista tiene la expectativa cierta de
que tendrá que pagarle al policía que lo detenga, se genera una acelerada
transición desde lo ilegal a lo ilegítimo.
El sentido de la impunidad por parte de los que se encuentran en la cima del
poder los lleva a rutinizar prácticas de corrupción y clientelismo. Sin embargo,
la particularidad de la actual coyuntura latinoamericana es que la sociedad se
encuentra más sensible frente a actos de corrupción. En Argentina, Ecuador,
Bolivia, Perú y Chile la opinión pública y los medios de comunicaciones están
más alertas frente a los abusos de poder por parte de la autoridad. En Ecuador,
la clase media de Quito salió en masa a protestar contra los reiterados abusos
de poder cometidos por la elite gobernante, demandando la salida de todos.
Canalización de demandas sociales
Un tercer factor que explica la recurrencia de crisis y que se relaciona con el
anterior punto es el progresivo deterioro de los partidos políticos como
articuladores de demandas sociales. Argentina avanza a un sistema unipartidista
con divisiones internas dentro del justicialismo; en Bolivia se fragmenta el
sistema político en más de 19 agrupaciones que tampoco llegan a representar al
conjunto de intereses sociales presentes en dicha sociedad; en Venezuela la
oposición no se convierte en un legítimo contrapeso al movimiento encabezado por
el presidente Chávez; en Colombia, el presidente Uribe establece relaciones
directas con las distintas localidades del país y tampoco los partidos articulan
demandas sociales; en Perú, el colapso de los partidos tradicionales en la
década de los 90 genera condiciones de gobernabilidad muy precarias y donde un
presidente electo puede perder el apoyo institucional rápidamente.
En la mayoría de los casos se genera lo que
Guillermo O’Donnell denominó “democracias delegativas”, esto es, un sistema
político donde el presidente gobierna basado en redes clientelares y con fuertes
alianzas a nivel local dirigidas por funcionarios públicos que distribuyen
beneficios entre los actores sociales. La combinación de un Ejecutivo fuerte, un
poder legislativo debilitado y redes clientelares temporales marcan la impronta
de un sistema político que basa su éxito en su capacidad de anticipar y
controlar conflictos.
Nuevas soluciones: democracias de baja calidad
Los problemas de redistribución, pobreza, ilegitimidad del Estado y clientelismo
han sido parte de la historia de América Latina. En el pasado, en muchos de los
países de la región la solución a los conflictos de poder se daba por el uso de
la fuerza militar para mediar cambios de alianzas o detener eventuales cambios
en las reglas del juego. En Bolivia, la elite política estableció una alianza
estratégica con los militares para detener estallidos sociales. En Argentina, la
solución al conflicto entre terratenientes, industrialistas y obreros se basó en
alianzas circunstanciales con los militares. El contexto de la guerra fría
estructuró el debate en torno al dilema capitalismo versus socialismo comunista,
lo que ideologizó aún más a los actores políticos.
Finalizada la guerra fría y declarada la victoria de la democracia, en la casi
totalidad de los países de América Latina se establecieron democracias de baja
calidad, pero democracias al fin. Las mediciones de calidad de la democracia en
la región advierten de un general respeto de los derechos políticos (elecciones
regulares y limpias) pero un muy bajo respeto de las libertades o derechos
civiles (libertad de prensa, asociación, etc.). La buena noticia para la región
es que pese a las serias crisis económicas y convulsiones políticas, las fuerzas
armadas y la policía se retiraron del escenario político y no son consideradas
como una salida al conflicto.
Así, uno de los hechos más notables de las crisis de Perú, Argentina, Ecuador y
Bolivia ha sido el reducido número de muertos en enfrentamientos en las calles.
En otro contexto, estas crisis seguramente hubiesen derivado en gran número de
víctimas fatales.
Regionalización de los problemas
En el actual contexto de interdependencia no podemos escapar a los problemas de
la región. Si durante la década de los 90 los grandes problemas de política
exterior eran bilaterales (la controversia limítrofe con Argentina, las
diferencias con Bolivia, los problemas con Perú), en la próxima década los
grandes problemas de Chile tendrán una dimensión esencialmente regional. La
crisis energética requiere del concurso de Brasil, Argentina, Perú, Venezuela y
Bolivia; el aumento del consumo de drogas, una mirada integral al Plan Colombia
y a lo que sucede en Perú y Bolivia; las presiones migratorias hacia Chile
implican una mirada conjunta con los países vecinos; el aumento de la violencia
delictiva requiere de una mirada comprehensiva del tráfico internacional de
armas livianas; los problemas del medio ambiente, de una mirada hemisférica y
global; el justo acceso a mercados implica una influencia colectiva en la
Organización Mundial de Comercio.
Asistimos a una acelerada regionalización y, en algunos casos, globalización de la agenda de política exterior. Pocos serán los temas que podrán resolverse bilateralmente. Esta circunstancia implica necesariamente tener que renovar nuestras forma de mirar a nuestro entorno: primero, Chile necesita fortalecer los organismos internacionales para desde allí establecer un pacto de gobernabilidad regional. Segundo, nuestro país requiere profundizar un diálogo horizontal con actores de la sociedad civil (empresarios, académicos, medios de comunicación) en los países vecinos con el fin conocer y producir medidas de confianza social. Finalmente, urge una iniciativa de transparencia en torno a adquisiciones militares en Sudamérica para reducir la percepción de amenaza en un medio ambiente de alta inestabilidad. El alumno aplicado debe demostrar que no sólo es un buen alumno, sino que por sobre todo es un buen compañero.