Por tercera vez en ocho años,
Ecuador vivió el colapso de su sistema político y
la salida de un presidente antes de cumplir su
mandato constitucional. Esta vez, no fueron
disciplinados militares los que en nombre de la
estabilidad se abogaron para sí el poder político,
más bien, se trató de un fenómeno social
antisistema que de forma preocupante se viene
repitiendo en varios países de la región.
Lo sucedido en Ecuador el día
miércoles no sólo nos recuerda que Argentina,
Bolivia, Venezuela y Perú han experimentado
situaciones similares durante los últimos años.
Nos habla más bien, que en nuestras democracias
los ciudadanos están cada vez más dispuestos a
exigir de sus políticos un comportamiento de
acuerdo con lo que Weber llamó ética de la
responsabilidad.
El origen del conflicto es
claro. Gutiérrez, en diciembre pasado, tomó el
control de la Corte Suprema en un intento por
evitar el juzgamiento de dos ex presidentes
acusados de corrupción, cuestión que permitió a
Bucaram regresar al país el 2 de abril de su
exilio en Panamá. Desde ese momento, las protestas
se fueron sucediendo cada vez con mayor fuerza, y
la reacción del pueblo demostró que el abuso de
poder institucional no es algo que estén
dispuestos a tolerar más. A los ecuatorianos no
les bastará ver a Lucio Gutiérrez fuera del
palacio de gobierno, querrán, sobre todo, que se
haga justicia con una ya larga lista de ex
presidentes sacados de forma anticipada de su
cargo por ir más allá de sus atribuciones
constitucionales.
El grave problema que
enfrenta Ecuador ahora es que el movimiento
antisistema no ofrece una alternativa de
gobernabilidad y el cansancio de la gente con los
partidos políticos de élite que gobiernan de
espaldas a la población es algo que permea a
muchas naciones del continente.
Positivamente las Fuerzas
Armadas y de orden público han actuado de forma
diferente a la que nos tenían acostumbrados en la
década de los 70. Los niveles de tensión social
han sido altísimos y, sin embargo, no hay el
número de heridos y muertos que se podría esperar
en una situación como esta. El director de la
Policía ecuatoriana renunció un día antes de la
caída de Gutiérrez, porque no estaba dispuesto a
asumir el costo político de reprimir a la gente en
las calles. El jefe de las Fuerzas Armadas hizo lo
mismo, argumentando que no dispararía contra el
pueblo.
¿Qué debemos aprender de lo
sucedido en Ecuador? Básicamente que se trata de
crisis de gobernabilidad desatadas por la
frustración ciudadana frente a la existencia de
muy pocos “ganadores” y demasiados “perdedores”
del sistema. La ciudadanía percibe que los
políticos gobiernan en beneficio propio y que las
medidas redistributivas no existen. La esperanza
que los ecuatorianos colocaron en Lucio Gutiérrez
se vinculaba precisamente a ese punto. La
frustración se desencadenó cuando se observó que
el presidente no llevaba a cabo su programa y
promovía el beneficio de los intereses de la
minoría por sobre los de la mayoría. Si a esto le
sumamos la falta de representación de las etnias,
la pobreza extrema, condiciones de vida
paupérrimas para vastos sectores de la población y
una profunda inequidad social, nos daremos cuenta
de que son problemas comunes a toda la región y
que nuestros sistemas políticos se deben
solucionar con urgencia si no quieren correr
destinos similares.
Por lo pronto, la caída de
Gutiérrez plantea un serio dilema a la comunidad
internacional. Instituciones regionales como la
OEA deben asumir la responsabilidad de actuar
anticipadamente en la prevención de este tipo de
crisis. El tema de la gobernabilidad ha sido
ampliamente expuesto por José M. Insulza en su
candidatura a la Organización, y más allá de quien
resulte ganador, lo sucedido en Ecuador demuestra
que el tema debiera convertirse en el eje de la
discusión en torno a la elección de mayo y en una
preocupación fundamental durante el ejercicio de
la Secretaría General. La gran pregunta será si la
OEA continuará asumiendo un rol pasivo-declarativo
cuando estas crisis la golpean en la cara o, más
bien, invertiremos en mecanismos de resolución de
conflictos proactivos que tengan por objetivo
prevenir crisis institucionales.
¿Se trata entonces del fin de
la democracia en América Latina? Ciertamente no.
Lo sucedido en Ecuador demuestra que la población
está dispuesta a exigir en las calles que los
políticos que ellos mismos pusieron en el poder
respeten incondicionalmente las reglas del juego y
los derechos ciudadanos, cuestión que sólo una
buena democracia está en condiciones de
garantizar.
* Claudio Fuentes: Director
de Flacso-Chile. David Álvarez, Investigador de
Flacso-Chile y Editor de Revista Fuerzas Armadas y
Sociedad
(www.fasoc.cl)