Movilidad y expectativas sociales
Claudio Fuentes.
La Tercera, 19 de octubre, 2006.
La serie especial de La Tercera
sobre movilidad social ha colocado en la agenda pública un debate sustantivo que
merece mayor atención. Si existe un tema donde la oposición y la Concertación
coincidieron en la última campaña presidencial fue en la necesidad generar
oportunidades para el conjunto de la población. Y en efecto, la agenda del
gobierno en materia de infancia y protección social apunta precisamente en este
sentido.
Al examinar datos se demuestra que pese a existir una gran desigualdad en la
distribución de la riqueza, se ha producido cierto ascenso social debido –
fundamentalmente- a la mayor cobertura educacional y el aumento del ingreso
familiar. Asimismo, se destaca un alto nivel de expectativas de ascenso social,
principalmente asociadas al desempeño individual. La gente quiere sentirse de
una clase social superior y piensa que en dicho ascenso depende de ellos mismos.
Si los mecanismos de ascenso efectivo están bloqueados, es esperable que se
incremente explosivamente el consumo. La posesión de efectos materiales se
convierte en un mecanismo artificial de ascenso social.
Lo anterior demostraría que nuestra sociedad se asimila al “síndrome
norteamericano”; una sociedad altamente desigual en términos de la distribución
del ingreso, con poca movilidad social, pero donde las personas creen que su
esfuerzo individual sería el mejor mecanismo de movilidad. Se produce, así, una
fuerte brecha entre las “expectativas” de ascenso social que tienden ha ser muy
altas y la realidad que muestra escasas oportunidades.
En sociedades avanzadas esto no es tan problemático dado que existen mecanismos
de protección social que cuidan a los más desaventajados en situaciones de
crisis. El problema se da en sociedades como las nuestras, donde en épocas de
vulnerabilidad no contamos con mecanismos de protección social. La pregunta
central es sobre los mecanismos que existen para proteger a las personas en
situaciones de alta vulnerabilidad individual: a los desempleados pobres, los
jóvenes que abandonan la escuela, las mujeres que buscan un primer empleo y
tienen hijos, etc.
Así, la existencia de un Estado capaz de proveer servicios de buena calidad y en
forma efectiva es una variable crucial para aumentar la movilidad social. No es
casualidad que dentro de los países desarrollados, Noruega, Dinamarca y
Finlandia observen altos niveles de movilidad social y Gran Bretaña y Estados
Unidos muestren los peores resultados.
Otro elemento preocupante del caso chileno es la existencia de dos únicas rutas
de ascenso social: la universidad y el contacto familiar. En países
desarrollados, la expansión de la educación superior en la década de los 1980s
benefició desproporcionadamente a las clases más acomodadas, aumentando y no
reduciendo la brecha social. Se requieren pensar incentivos que abran nuevas
“rutas” de ascenso social incluyendo la formación técnica, el mejoramiento de la
calidad de la educación pre-escolar y primaria, y el incremento del ingreso
familiar mediante incentivos efectivos para la inserción de la mujer en el
trabajo.
Los estudios sobre movilidad social demuestran que, además de la educación y el
ingreso, las posibilidades de ascenso social dependen también de las condiciones
o el medio ambiente próximo donde se desarrolla la infancia. El sueño chileno de
“trabajar duro” para progresar podría terminar en una gran frustración
generacional si no se establecen las condiciones materiales para que aquello sea
posible.