La democracia chilena en la UTI
Por Claudio Fuentes
La Tercera, 16 de diciembre, 2004
Nuestra democracia padece de una seria enfermedad y
es muy poco probable que la elite política que nos gobierna se decida a evitar
esta crisis. Hace pocos días, un grupo de diputados decidió no apoyar la
iniciativa de hacer automática la inscripción en los registros electorales,
condenando a nuestro sistema político a representar cada vez menos los intereses
de la sociedad.
Los dos grandes bloques con representación en el Congreso gobiernan para menos
del 60 por ciento del país. ¿Por qué sucede ello? De los 10,6 millones de
personas en edad de votar, un 23 por ciento no está inscrito, un 10 por ciento
se abstiene de votar y cerca de un 10 por ciento apoya a la izquierda
extraparlamentaria. Dado que el sistema de inscripción electoral es engorroso,
de mantenerse esta situación es probable que en dos elecciones más las
coaliciones de la Concertación y la Alianza representen menos del 50 por ciento
de la población adulta de Chile.
El tema va mucho más allá de una discusión sobre el tipo de inscripción
electoral que debiera tener el país. Nuestra sociedad no escapa a la tendencia
generalizada de la región de una actitud ciudadana de desprecio hacia los
partidos políticos y desconfianza hacia las instituciones democráticas. Se trata
de un quiebre fundamental entre la sociedad y las instituciones políticas. En
muchos países esto se ha traducido en inestabilidad política, debilitamiento de
las instituciones democráticas y la emergencia de líderes populistas o
personalistas.
No es casualidad que los países más estables de la región -Uruguay, Chile y
Costa Rica- presenten una larga tradición de partidos políticos fuertes e
instituciones estatales que permiten darle continuidad al sistema político. El
éxito de Chile no sólo depende de la disciplina estatal, la capacidad
empresarial y el modelo de exportación, sino que también de la capacidad de los
partidos políticos de traducir las demandas sociales en opciones de política
pública.
Sin embargo, en el caso chileno aquella característica parece estar
transformándose al evidenciarse una profunda brecha entre la sociedad y la clase
política. Desde el restablecimiento de la democracia ha aumentado fuertemente la
desconfianza hacia las instituciones y se ha reducido la participación
electoral. Como la estabilidad del sistema político depende de su capacidad para
expresar los intereses del conjunto de la sociedad, el gran desafío de Chile es
generar las condiciones para que ello suceda.
Es evidente que el sistema de inscripción electoral voluntario tiene una gran
cuota de responsabilidad en este distanciamiento entre la ciudadanía y las
instituciones, por cuanto los candidatos incorporan en sus agendas políticas
sólo las preocupaciones de aquellos que están inscritos. Hoy, los intereses y
aspiraciones de más de un 80 por ciento de los jóvenes menores de 29 años de
edad que no están inscritos en los registros no se expresan políticamente.
Ante la negativa de la oposición de incorporar 2,6 millones de potenciales
electores al sistema, el gobierno debiera impulsar una serie de iniciativas
para, al menos, generar las condiciones para que en el año 2005 más chilenos y
chilenas puedan votar. Primero, se debiera aprobar una reforma para facilitar la
inscripción electoral, ya sea mediante el uso de tecnologías (inscripción
electoral en línea) o mediante la ampliación de las horas de atención al
público. Segundo, se debiera aprobar una reforma para permitir la inscripción
electoral hasta 30 días antes de la elección. Finalmente, se debiera aprobar una
reforma que diese facilidades para que los discapacitados del país puedan
ejercer su derecho a sufragio. Bajo el actual sistema se está violando
flagrantemente el derecho constitucional de las personas con discapacidades
físicas para ejercer su derecho a voto. En los hechos, la discriminación en
Chile está instalada desde el simple acto de votar.