El Diario Financiero - Desde la academia
Fecha : 01/12/2006
Claudia Heiss, Ciencia Política, New School for Social Research


¿Ser o tener?

El recién lanzado "The Trouble With Diversity: How We Learned to Love Identity and Ignore Inequality" (Metropolitan Books, 2006) es un provocador ataque a las políticas del multiculturalismo que han proliferado en décadas recientes en EE.UU. y Europa. Para el profesor de la Universidad de Illinois en Chicago Walter Benn Michaels, el elogio de la diversidad étnica, racial o cultural no es más que una manera de eludir la injusticia socioeconómica.

"El asunto con la diversidad -escribe- no es sólo que no podrá resolver el problema de la desigualdad económica; es que nos dificulta incluso ver ese problema". Con elocuencia y fuerte apoyo estadístico, afirma que las políticas pro-diversidad en las universidades estadounidenses no han mejorado el acceso de personas de distintos niveles socioeconómicos a la educación superior, sino que se han encargado de que los hijos de familias ricas "de los colores adecuados" puedan ingresar. Agrega que asociar clase con pertenencia étnica es un error cuando el 46% de los pobres en EE.UU. son blancos.

El autor apela a la biología para desestimar categorías como "raza" y "etnia" -todos los seres humanos tenemos el mismo ADN-y rechaza la construcción de identidades culturales basadas en diferencias físicas o religiosas. Para ilustrar su punto, recurre a la glamorosa imagen de los ricos que presenta F. Scott Fitzgerald en "El Gran Gatsby", donde lo que las personas son parece independiente de lo que poseen. En la novela, no importa cuán rico llegue a ser el personaje, no logrará pertenecer a la clase alta. "Los ricos son diferentes a nosotros", se supone que le dijo una vez Fitzgerald a Hemingway. A lo que Hemingway respondió: "sí, tienen más dinero".

Michaels busca poner en el centro del debate la desigualdad por lo que se tiene, en reemplazo de las nociones que identifican la desigualdad con lo que se es. Si bien esta mirada plantea un cuestionamiento válido a las políticas que defienden la diversidad, parece demasiado simple intentar reemplazar el problema de las identidades por el choque entre clase sociales. Más fructíferos parecen los esfuerzos de la teórica política Nancy Fraser por conciliar el debate sobre el reconocimiento de identidades con el problema de la justicia redistributiva. Intentar negar el papel de las identidades parece, a estas alturas, un ingenuo esfuerzo por revivir modelos antiguos e insuficientes de justicia social.

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