El Diario Financiero - Desde
la academia
Fecha : 07/07/2006
Claudia Heiss, Ciencia Política, New School for Social Research
Una guerra sin ganadores
Si se pudiera clasificar a los historiadores estadounidenses en autoflagelantes y autocomplacientes-como se ha hecho con ciertos políticos e intelectuales nacionales-los autores que participan en este volumen claramente pertenecerían al primer grupo. El denominador común detrás de los artículos que constituyen "Cold War Triumphalism: The Misuse of History After the Fall of Communism" (The New Press, 2004) es una fuerte crítica a la política exterior de EEUU, a través de una revisión histórica del periodo de la guerra fría.
Editado por Ellen Schrecker, doctora en historia por la U. de Harvard y profesora de la Yeshiva University de Nueva York, el libro se compone de diez artículos que intentan desmitificar desde distintos ángulos el triunfo del capitalismo norteamericano sobre el comunismo de Europa del Este. Nada podría ser más radicalmente opuesto a la famosa tesis desarrollada por Francis Fukuyama en "El fin de la historia y el último hombre".
Contra la asentada visión de que el capitalismo occidental derrotó al Este en la guerra fría, poniendo de paso fin a las ideologías del pasado, estos autores ponen en duda no sólo el triunfo económico de EE.UU., sino también su supuesta superioridad moral. Atacan lo que califican como "triunfalismo" norteamericano, y el voluntarismo de quienes promueven políticas internacionales destinadas a exportar el modelo norteamericano, como los neoconservadores de la administración Bush. También revisan aspectos específicos como el bloqueo a Berlín a comienzos del periodo, y el nefasto legado de la guerra de Viet Nam, entre otros.
Uno de los capítulos vincula el legado de la guerra fría al surgimiento del unilateralismo, en desmedro de una política exterior tradicionalmente mucho más proclive a la integración internacional. Otro discute la relación entre los atentados del 11 de septiembre de 2001 y el término de la guerra fría.
A pesar de que los autores comparten un sesgo ideológico que puede generar escepticismo en el lector, parece importante contrarrestar la frecuente glorificación del papel de EE.UU. en el fin de la guerra fría. Es cierto que el libro tiende a opacar, tal vez injustamente, el verdadero papel de la potencia del norte en la defensa de las libertades individuales, los derechos humanos y la libertad económica. Pero también es indudable que en la destrucción del imperio soviético fue menos determinante la mano poderosa de Ronald Reagan que la propia disidencia interna y la severa crisis económica.