El Diario Financiero - Desde la academia
Fecha : 10/2/2006
Claudia Heiss, Ciencia Política, New School for Social Research


El juego de la democracia

¿Por qué en algunos países la democracia surge y se consolida, y en otros no? El impresionante volumen “Economic Origins of Dictatorship and Democracy” (Cambridge University Press, 2005)—cuyo título hace referencia al clásico de 1966 del sociólogo Barrington Moore— ofrece una explicación en clave de “teoría de juegos” a este dilema.

Los economistas Daron Acemoglu (MIT) y James A. Robinson (Harvard) ofrecen una explicación a partir de las negociaciones estratégicas entre una elite que intenta conservar el poder y un pueblo capaz de movilizarse esporádicamente para plantear sus demandas. La amenaza de desorden social fuerza a las elites a institucionalizar concesiones por medio de la extensión del sufragio y la creación de sistemas políticos más participativos. Con modelos matemáticos emanados de la teoría económica, el libro reduce el problema a la interacción de dos actores: elite y pueblo, los que en forma racional y estratégica deciden sus movidas considerando cómo reaccionará el otro.

El texto considera los casos de Gran Bretaña, Argentina, Singapur y Sudáfrica para ilustrar la aplicabilidad de esta forma general de entender la democratización. El objetivo no es profundizar en la condiciones políticas, sociales o históricas de estos países, sino probar que el modo de análisis funciona. Pero, ¿funciona realmente? Por un lado, hay algo intuitivo en la idea de grupos dominantes y dominados con objetivos contrapuestos, que intentan maximizar sus respectivos intereses por medio de amenazas y compromisos creíbles. Por otro, esta sobresimplificación parece dejar demasiadas cosas fuera.

La idea de los modelos formales es explicar mucho a partir de muy poco. Sin embargo, reducir relaciones políticas a un modelo formal parece más difícil que hacer lo propio con relaciones económicas. Pueblo y elite, en el modelo de Acemoglu y Robinson, actúan en forma monolítica, sin considerar las luchas y divisiones internas de cada grupo. Sus decisiones estratégicas se consideran racionales en tanto buscan maximizar el bienestar material, lo que deja fuera aspectos idológicos que no necesariamente coinciden con los intereses económicos. Por último, el modelo no se plantea qué tipo de democracia surge de estas interacciones, sino que toma la consolidación de este sistema como un único “outcome”.

Es interesante constatar la preocupación de los economistas por aplicar sus técnicas al desarrollo de instituciones y procesos políticos, una tendencia que ya la ciencia política viene experimentando desde hace décadas, para alarma de quienes promueven estudios de casos, investigación empírica y técnicas cualitativas. Sin desmerecer el interés que esta obra sin duda generará, vale tener presente la gran distancia que separa los modelos formales de la realidad política, y el limitado poder explicativo que tienen estas elegantes abstracciones cuando se enfrentan a la desordenada y compleja realidad social.

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