El Diario Financiero - Fecha : 12/2/2005

Moisés Naím, editor jefe de Foreign Policy
Desigualdad: no tiene un salto tan grande como la atención que se le presta

Claudia Heiss
Cientista Política

Siempre polémico, este ex director ejecutivo del Banco Mundial considera “medieval” la selección de líderes del organismo, fustiga al gobierno argentino por el ALCA y rechaza el discurso contra la desigualdad en América Latina.

Moisés Naím se declara defensor de la globalización, aunque su último libro “Illicit” advierte los peligros que trae aparejada. De paso por Santiago, conversó con Diario Financiero sobre los nuevos desafíos de la apertura comercial chilena, la polémica que desató su crítica a la lucha anti-corrupción en América Latina, sus reparos a la reciente reunión del ALCA y su visión de los organismos internacionales.

-Chile aspira a convertirse en una plataforma de negocios para América Latina y acaba de firmar un acuerdo de libre comercio con China, el principal productor de artículos falsificados en el mundo. ¿Cómo combatir todos esos males que usted describe en su libro “Illicit” como efectos negativos de la globalización?

-La pregunta es cómo protegerse de una explosión del mercado internacional de ilícitos, que incluye desde drogas hasta gente, y desde carteras Prada falsificadas hasta Viagra, repuestos de aviones y lavado de dinero. La ambición no puede ser controlarlo todo. Lo importante para un país como Chile es entender que estos mercados negros, que han existido siempre, hoy son mucho más globales, manejan volúmenes de dinero muy importantes, están en todas partes y se han politizado rápidamente. Estos contrabandistas han adoptado las mejores estrategias del sector privado, que consisten en diversificarse, politizarse y legitimarse. Parte de sus ganancias, que son enormes, las invierten en el sector privado legítimo, creando un área gris entre lo criminal y lo legal. Al igual que todas las empresas reguladas, invierten en influir sobre los gobiernos. Y al igual que las grandes compañías, invierten en actividades de legitimación social y filantropía. Eso está ocurriendo a escala planetaria y está transformando el mundo. Los dos peligros más grandes son: ser muy complaciente y decir “bueno, eso ha pasado siempre, seguirá pasando, no es tan grave”, y pensar que eso ocurre en China, Rusia y Nigeria, pero jamás pasaría en Chile.

-¿Pero usted propone más o menos regulación?

-Yo no estoy en favor del libre mercado cuando se trata del comercio internacional de niños raptados, ni estoy en favor del comercio internacional de materias primas para armas de destrucción masiva. Pero sí estoy por la desregulación de productos menos nocivos, cuya prohibición distrae recursos que podrían ser destinados a los mercados y a los productos más graves y amenazantes.

-Usted ha señalado que la obsesión por el combate a la corrupción perjudica a la democracia, porque genera inestabilidad e impide realizar reformas económicas...

-Yo no dije que no había que combatir la corrupción. Yo dije “la corrupción es como un cáncer”.

-El título de su artículo, “La guerra contra la corrupción perjudica al mundo”, era bastante chocante...

-Lo más chocante es el daño que se ha hecho al desestabilizar las democracias por intentar combatir la corrupción. No estoy diciendo que hay que ser tolerantes con la corrupción o que la corrupción es buena. La corrupción es como un cáncer. El problema es que las medicinas que hemos utilizado han debilitado a los pacientes, y no hay ni un solo caso en el cual hayan curado a nadie. En los años 90 hubo una explosión de campañas anti-corrupción, con escándalos y desestabilizaciones gubernamentales –a veces muy válidas porque eran gobiernos ladrones— pero no tenemos evidencia que hayan dado ningún resultado. Mi punto no es decir que no importa. La corrupción importa y nos está matando. Pero tenemos que ser mucho más severos respecto de los remedios que utilizamos. Lo que llamaba la atención de ese artículo, y creo que fue la razón de que tuviera tanta difusión, es que no hay en el mundo ningún ejemplo concreto de victorias sistemáticas contra ese cáncer.

-El tema preocupa en Chile, que tiene una de las tasas de corrupción más bajas de la región. Usted dice en su libro que éste es un efecto negativo de la apertura comercial

-De ninguna manera yo estoy en contra de la apertura, de la globalización o del libre mercado. Lo que estoy mostrando son algunos efectos colaterales negativos. Es como discutir la fuerza de gravedad: la globalización existe, aunque a alguien no le guste. Lo mejor es tratar de ver cómo se aprovecha al máximo y se disminuyen los costos, porque los tiene. Pero creo que entre los costos y los beneficios, el saldo neto es positivo. Un país mejor y más integrado con el mundo va a tener más chances de progresar y ofrecer oportunidades a su población. Un país más abierto al mercado va a tener más potencial de crecimiento. Así que yo estoy a favor de la integración, pero simplemente en mi libro muestro lo importante que es entender estos efectos colaterales negativos. Negarlos puede ser muy peligroso.

-Un informe de CEPAL dice que entre 1980 y 2003 la pobreza aumentó de 40% a 43% en América Latina. También parece que la desigualdad estuviera aumentando. ¿Es posible que la globalización concentre la riqueza y no ayude a aliviar la pobreza?

-Una de las ideas más peligrosas que se están popularizando en América Latina es que la desigualdad ha aumentado y que es producto de la globalización. Pero no hay evidencias de que haya aumentado significativamente. Si uno analiza las discusiones de los medios de comunicación social, discursos políticos, informes de organismos multilaterales y la atención que se presta al tema de la desigualdad hoy, y lo compara con lo que era hace 10 ó 15 años, uno diría que la desigualdad debe haber aumentado muchísimo. Sin embargo, estadísticamente no es así. Lo que ha habido es una disminución de la tolerancia hacia la desigualdad. La desigualdad no ha tenido un salto tan grande como la atención que se le presta. Es un problema muy importante, y hay que dedicar esfuerzos y conciencia a erradicarlo. Sin embargo, es muy fácil adoptar políticas que parecen conducentes al alivio de la desigualdad pero que terminan aumentándola. Y en nuestros países tenemos una larga historia de esas políticas que, implementadas en nombre de los pobres, terminan siendo un boomerang que los perjudica. Sobre la pobreza, simplemente quiero decir que cuando yo me gradué de la universidad, el 30% de la humanidad ganaba menos de un dólar al día. Hoy, 30 años después, el 5% gana menos de un dólar.

-¿Cómo evalúa la última reunión del ALCA en Mar del Plata?

-Como un desastre y también una oportunidad, especialmente para José Miguel Insulza. Un desastre porque estuvo en manos incompetentes. El gobierno argentino dio una muestra de ser campeones mundiales en no tener idea de cómo se organiza una cumbre. Se permitió que una minoría vociferante liderada por el Presidente Kirchner y el Presidente Chávez aplastara los deseos de una gran mayoría de los países –del Caribe, de Centroamérica, Chile, Colombia, Perú, hasta el propio Brasil, con ambivalencias— que no tenía una visión tan negativa, estridente y anti-americana como la que salió de la reunión. También es una oportunidad porque el nuevo Secretario General de la OEA, José Miguel Insulza, podría capitalizar la frustración de todos estos presidentes, movilizar este apetito que hay por lograr que el continente se mueva en una dirección de progreso y no de denuncia por la simple denuncia, y crear una coalición en favor de las ideas que la gran mayoría de los presidentes ahí sentados representaban, pero que fueron apabulladas por la estridencia vociferante de los más gritones.

-Usted ha sido crítico del nombramiento de Paul Wolfowitz al Banco Mundial. Como ex director ejecutivo, ¿qué objeciones le hace hoy a ese organismo?

-Yo no he criticado a Paul Wolfowitz, sino la manera como son seleccionados los dirigentes de los organismos multilaterales. Tanto el FMI como el Banco Mundial propugnan la meritocracia, la transparencia, la democracia, pero a la hora de escoger a sus líderes máximos se comportan de manera medieval. Hay unos acuerdos no firmados, no formales, no transparentes, que simplemente le dan el FMI a los europeos y el Banco Mundial a los americanos. Entonces organismos que en teoría representan a la humanidad realmente están excluyendo a una gran mayoría a la hora de escoger a su principal líder. Esa es la crítica más concreta, que no es directamente contra Wolfowitz. La hice con él y la hago con quien sea. Es un llamado a reformar la manera como estos organismos escogen a sus líderes.

-¿Pueden las instituciones de Bretton Woods contribuir a la gobernabilidad de la globalización?

-Son indispensables. Si no existieran habría que inventarlas. No debe haber ninguna actividad humana más ineficiente que tratar de que los países funcionen juntos a nivel multilateral, y por eso es muy fácil criticarlas. Sin embargo, mientras más los problemas del mundo se hacen imposibles de atacar por un país actuando a solas, más indispensables son organismos como el Banco Mundial, el FMI, el BID, la OEA y las Naciones Unidas.

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El libro de Samuel Huntington

En marzo del 2004 la portada de Foreign Policy (FP) mostraba a un hombre moreno frente a una flameante bandera estadounidense. Bajo el título “José, Can You See?”, referencia al himno de ese país, invitaba a leer una explicación de Samuel Huntington sobre cómo los inmigrantes hispanos amenazan la identidad, los valores y la forma de vida estadounidense, en adelanto a su libro “Who We Are”.

-¿Cómo recibió usted ese artículo y las fuertes críticas que generó, como editor de FP y también como venezolano viviendo en Washington?

-Soy amigo de Huntington, él fue el fundador de FP. Me contó que estaba escribiendo ese libro, nos lo mandó y de allí escogimos un capítulo. El libro es sobre mucho más que los hispanos, es sobre la identidad nacional de los Estados Unidos. Incluye un capítulo sobre los hispanos y decidí publicarlo. Estoy en desacuerdo absoluto con esa idea, sus conclusiones y sus recomendaciones. Pero esa es mi opinión personal. Como editor, le debo a mis lectores... es la razón por la cual FP es la revista de mayor crecimiento en su campo en el mundo. Porque le damos a los lectores las ideas y debates más importantes de nuestros tiempos, en las voces de sus autores. Si alguien tiene una idea potente que va a tener mucho eco, que está siendo discutida seriamente, y es una persona que tiene un reconocimiento, nosotros lo vamos a publicar. Y por eso es muy difícil ponerle una ideología a la revista. Hemos publicado la extrema derecha y la extrema izquierda; el norte, el sur, y más allá; artículos en favor de la globalización y absolutamente en contra. Y es que mi deber como editor es sorprender a los lectores. Uno de los problemas con los medios de comunicación ideológicos es que le hablan solamente a los miembros de su club y les dicen lo que ellos quieren oír. Los miembros del club de FP quieren oír qué están hablando en otros clubes. Mis lectores nunca saben con qué los voy a sorprender. Lo único que pueden estar seguros es que va a ser una idea muy provocativa, que los va a hacer pensar, y que va estar escrita de una manera amena, legible, y no va a ser un ladrillo insoportablemente fastidioso.

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