El Diario Financiero - Internacional - Fecha : 11/11/2005

La exclusión económica y la marginación cultural están en la raíz de la violencia que azota estos días a Francia. Un análisis de Claudia Heiss.

Arde París

Francia no enfrentaba una situación como ésta desde las protestas de Mayo del 68. Las imágenes de París en llamas impactan a los televidentes de todo el mundo. Sin embargo, lo más sorprendente no es la violencia que se ha desatado por las calles. Lo verdaderamente increíble es que todo este movimiento no ha causado, hasta el momento, más que una víctima fatal. No estamos hablando de los ataques terroristas de Londres o Madrid. Ni siquiera de las revueltas de una década atrás en Los Angeles. Los protagonistas de estos desórdenes son una masa de muchachos adolescentes, en su mayoría de nacionalidad francesa, hijos o nietos de inmigrantes árabes y africanos. Víctimas de un racismo solapado, son frecuentemente sometidos a humillantes chequeos policiales. Viven en precarias viviendas sociales, situadas en barrios periféricos donde el desempleo, del orden del 10% a nivel nacional, asciende a cerca del 50%.

¿Por qué arde, realmente, París? ¿Es éste un signo de la lucha de clases o de un choque de civilizaciones? La respuesta, al parecer, no la tienen ni Karl Marx ni Samuel Huntington. El problema del reconocimiento de grupos étnicos, religiosos y culturales en Francia es desde hace tiempo un tema de discusión en círculos académicos. Un hito de ese debate fue la prohibición, el año pasado, a las estudiantes musulmanas de escuelas públicas de cubrir su cabeza con un pañuelo. Bajo la promesa de la igualdad republicana de todos sus ciudadanos -valor fuertemente arraigado en la tradicción política desde la Revolución Francesa- el país ha optado por medir a todos los franceses con la misma vara. Pero por más loable que esto sea en principio, es evidente que no ha dado resultados en términos de integración social. Por el contrario, si algo ha conseguido la retórica de la igualdad es acrecentar la frustración de quienes se ven enfrentados día a día a una realidad muy distinta de discriminación y marginalidad.

¿Redistribución o reconocimiento?

Como ha señalado la teórica política Nancy Fraser, las demandas por justicia social en el mundo de hoy parecen dividirse en dos categorías: redistribución y reconocimiento. La primera se refiere al acceso equitativo de todas las personas a ciertos bienes y recursos. La segunda, al derecho que tienen los seres humanos a que su identidad étnica y su cultura sean reconocidos por la sociedad en que viven como dignos de estima y respeto. Mientras la una se basa en la igualdad, la otra pone el acento en la diferencia. El estado francés ha intentado mantener un modelo igualitario de redistribución que hoy se ve amenazado por el creciente multiculturalismo de su población.

El filósofo canadiense Charles Taylor ha impulsado en décadas recientes un modelo de multiculturalismo que considera el reconocimiento de la diversidad como primordial para la justicia social, al proporcionar a los seres humanos las bases de su autoestima. Una persona incapaz de articular su propia identidad, o con una identidad que continuamente es degradada por la sociedad circundante, es incapaz de vivir una vida plena y desarrollarse en igualdad de condiciones. El objetivo central es, entonces, un mundo que acoja la diferencia, y donde la asimilación a la mayoría o a la cultura dominante no sea el precio a pagar por el respeto social.

Lo que existe hoy en las calles de Francia no es, como han señalado algunos alarmados columnistas, el comienzo de una nueva Intifada o un signo de la guerra contra el infiel. Los muchachos que protestan son franceses que no han recibido el trato justo y las oportunidades prometidas. La violencia responde más a explosiones espontáneas de rabia por la exclusión económica, simbolizada en los automóviles, que a movimientos organizados con una visión ideológica. Pero esa marginación está, al mismo tiempo, asociada a un estigma social por el color de la piel, la religión de los padres o el prefijo de un número telefónico que delata un ghetto de inmigrantes.

La tesis del “choque de civilizaciones” desarrollado por Huntington no explica la violencia. Como señalaba esta semana el experto en movimientos Islámicos Olivier Roy, los desórdenes están enraizados en un fuerte sentimiento de identidad local, de pertenecer a un barrio, y no en una afiliación étnica o religiosa. Segunda generación de inmigrantes, estos chicos de ciudadanía francesa se identifican más con la subcultura urbana del mundo occidental contemporáneo que con una herencia árabe o africana. Pero aunque las protestas no están motivadas por el Islam, la mayor parte de sus protagonistas pertenecen a familias musulmanas. Francia posee hoy la población musulmana más numerosa de Europa occidental. Este descontento surgido del racismo, la exclusión y el desempleo podría fácilmente ser capitalizado por grupos radicales basados en elementos culturales y religiosos. La incumplida promesa de igualdad de la República francesa es un caldo de cultivo para el extremismo islámico.

Estudios recientes sobre el New Deal estadounidense han mostrado que el estado de bienestar en ese país incrementó, en la década del 40, la desigualdad entre blancos y negros, en lugar de reducirla. Las políticas sociales del presidente Roosevelt no llegaron a los trabajadores del campo y al servicio doméstico, casi todo formado por afro-americanos, añadiendo un agravio más a siglos de esclavitud y segregación. Análogamente, el estado francés está mostrando hoy ser incapaz de reducir la brecha entre los franceses blancos y los hijos de inmigrantes árabes y africanos con sus políticas sociales. Los valores igualitarios de la Ilustración no han ayudado, hasta hoy, a resolver los urgentes desafíos del multiculturalismo en Francia. Poner fin a la falsa dicotomía entre igualdad y diferencia, entre redistribución y reconocimiento, parece la única forma de resolver injusticias que son tanto económicas como culturales. Un enfoque que integre estos dos aspectos es esencial para avanzar hacia niveles de justicia que hagan factible la anhelada paz social.

Claudia Heiss
New School for Social Research
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