El Diario Financiero - Desde
la academia
Fecha : 12/8/2005
Claudia Heiss, Ciencia Política, New School University
¿Igualdad o diferencia?
Si todas las cosas que nos parecen buenas fueran compatibles entre sí, probablemente no existiría la teoría política. Un reciente debate sobre el choque entre bienes a promover es el que se ha dado entre el feminismo y el multiculturalismo. La discusión tomó vuelo con un extenso artículo que la cientista política de Stanford Susan Moller Okin publicó en la Boston Review en noviembre de 1997. Ese artículo y las reacciones de 15 destacados teóricos contemporáneos se convirtieron en el influyente libro “Is Multiculturalism Bad for Women?” (Princeton University Press, 1999).
El breve volumen –menos de 150 páginas— se convirtió rápidamente en lectura obligatoria tanto para quienes estudian asuntos de género como de identidad y derechos culturales. El debate sacó a relucir las tensiones y al mismo tiempo los puntos de convergencia de estas dos aproximaciones a la igualdad y la diferencia.
En el texto que abre la discusión, Okin sostiene que, a pesar de que la agenda progresista promueve tanto la igualdad de género como la diversidad cultural, existe una profunda y creciente tensión entre feminismo y multiculturalismo. La mayor parte de las culturas ancestrales, dice, están organizadas en torno al control de la mujer por el hombre. Sociedades liberales multiculturales no pueden, entonces, proteger al mismo tiempo la preservación de estas culturas y los derechos de niñas y mujeres a ejercer igual nivel de autonomía que sus niños y hombres.
Okin argumenta en contra de otorgar derechos grupales a minorías que oprimen a sus mujeres. Más allá del debate teórico, la defensa de derechos grupales termina en los tribunales de justicia. Y según la autora, el multiculturalismo podría llevar a que sociedades liberales toleren, en nombre de la diversidad, prácticas como la cliterectomía, la poligamia o el matrimonio forzado de menores y de mujeres violadas con sus violadores.
Aunque varios de los artículos que responden a Okin concuerdan con su planteamiento general, otros la critican por simplificar el problema reduciéndolo a estereotipos, o por generar una falsa dicotomía entre dos movimientos que comparten la defensa de los derechos de personas oprimidas.
Algunos rechazan de plano su posición, argumentando que no es posible identificar una moral universal más allá de diferencias culturales. Otros señalan que no se pueden descartar los derechos grupales, pero hay que ser cuidadosos y aceptar sólo aquellos que sean compatibles con los derechos fundamentales de las personas. Al final del libro, Okin produce una respuesta a sus comentaristas donde afina y revisa algunos puntos de su planteamiento inicial. La discusión, lejos de quedar zanjada, es una sugerente invitación a analizar un tema complejo y de creciente relevancia política.