El Diario Financiero - Desde
la academia
Fecha : 1/7/2005
Claudia Heiss, Political Science Department, New School University
Esta semana, dos ruandeses fueron condenados en Bélgica y uno en Canadá por crímenes perpetrados durante el genocidio de 1994 donde, en 100 días, fueron cruelmente asesinadas unas 800 mil personas. Por ese entonces el juicio a O. J. Simpson acaparaba la atención del mundo. Bill Clinton afirma no haber tenido noticias de la masacre que se preparaba en el país centroafricano y su secretaria de estado Madeleine Albright califica el episodio como el punto negro de su gestión, en su libro “Madam Secretary”, comentado aquí el 21/11/03.
En un intento por documentar lo que ocurrió y por exorcizar su propia frustración, el oficial canadiense a cargo de la misión de la ONU en Ruanda (UNAMIR), general Romeo Dallaire, publicó la memoria “Shake Hands With the Devil: The Failure of Humanity in Rwanda” (Carroll & Graf, 2004). Uno de los puntos más impresionantes del libro es el componente de racismo que atribuye al desdén que mostró el occidente frente a la campaña de exterminio de tutsis y hutus moderados.
Dallaire, para muchos un héroe que dio todo por salvar vidas inocentes, sufrió una fuerte depresión post-trauma e intentó dos veces quitarse la vida. De su angustioso relato, sobresale la incapacidad del mundo occidental para empatizar con las víctimas del genocidio ¿De qué otra forma explicar que, lo que en Yugoslavia se considera “limpieza étnica” en Ruanda se califique de “lucha tribal”?
El general culpa a los extremistas hutus de planificar por años el genocidio tutsi, reuniendo machetes y entrenando milicias juveniles. También responsabiliza a Francia y Estados Unidos de boicotear el trabajo de UNAMIR en el Consejo de Seguridad de la ONU. Francia había entrenado y otorgado ayuda militar a los hutus en el pasado, y ayudó a perpetradores del genocidio a refugiarse en países vecinos tras su derrota ante el Frente Patriótico Ruandés, dominado por los tutsis. Sin embargo, no ha sufrido grandes sanciones de la opinión pública por su compromiso en la masacre. Por último, Dallaire culpa a la ONU por no proveer el equipamiento necesario para evitar el derramamiento de sangre, y a Bélgica por retirar sus tropas de la misión tras la muerte de 10 de sus soldados.
UNAMIR estaba originalmente destinada a supervisar un acuerdo de paz entre hutus y tutsis. Sin embargo, tras el atentado aéreo que terminó con la vida del presidente se inició una guerra civil que derivó en genocidio. La misión no pudo adaptarse a las nuevas circunstancias, que exigían una intervención destinada a proteger civiles. Mientras poblados completos eran brutalmente aniquilados, el mundo occidental fue incapaz de considerar a las víctimas ruandesas como iguales. Su condena, dice Dallaire, fue no sólo ser negros, sino ser centroafricanos.